lunes, 28 de mayo de 2012

CRIMEN Y CASTIGO de Naty Cabrera





Sonó el teléfono y a través de él escuché:
-Mi padre sufrió una caída y murió-
Cuando llegué a casa de mis primas, las encontré rotas de dolor. Poco después, a solas con una amiga en la cocina, ésta me comentó:
-Lo peor está por llegar.  No se cayó; lo mataron.
Y así fue cómo me enteré de aquel horrible crimen, antes que sus propias hijas.
Lo mató su mejor amigo, no sé de cuántos hachazos.  El hacha la encontraron en posesión del homicida que lo único que decía es que había pasado el día con su amigo.  El resto sólo lo conoce él pues dice recordar sólo una parte de la historia y como se trata de alguien de avanzada edad, todo quedó ahí, mientras que la familia del muerto sigue sufriendo por la ausencia de su ser querido y por todo lo que tuvieron que pasar a raíz de este trágico suceso.
No todo crimen tiene su castigo.

LA FOTO de Ana R. Benítez




Me desperté en un baño de sudor y con tal grado de agitación que notaba como el corazón me golpeaba en el pecho.  Sin embargo, pronto me sentí aliviada al comprobar que no seguía soñando.  Mi mente intentaba recordar qué me había provocado tal estado…  Había soñado con mi padre, fallecido unos meses atrás y en el sueño, él estaba muy enfadado conmigo por no haber retirado una fotografía suya que yo aún conservaba sobre la cómoda de mi habitación.  Esa fotografía nunca le gustó porque aparecía muy deteriorado, pues fue sacada en los últimos meses de su vida.  Con insistentes reproches, mi padre insistía en preguntarme por qué no me había deshecho de ella.
Mi mirada se volvió gélida al dirigirla hacia la fotografía y ver que ésta se encontraba colocada boca abajo.

EL SECRETO DE RAQUEL de Naty Cabrera





Al encontrarse con aquel precipicio, el cuerpo de Raquel empezó a temblar. ¿Qué hacía allí? ¿Cómo había llegado?. En medio de tantas preguntas y pensamientos, de pronto recordó que era el día de su boda. ¡Qué cobarde era!.  Javier  estaría esperando en la iglesia.  Al pensar en eso, el miedo se apoderó de ella. ¿¡Cómo había podido tenerlo engañado más de ocho años!? pero… ¿cómo hablarle de aquel terrible secreto? ¿cómo contarle que había participado en aquel atraco?.  Jamás se enteraría.  En medio de aquella convicción, Raquel escuchó una voz familiar a sus espaldas que le decía:
-Raquel, vamos que llegarás tarde a tu boda…

jueves, 24 de mayo de 2012

LA TARDE EN QUE CANTARON LAS MARIPOSAS de Ana R. Benítez





Penélope tenía un sueño que se iba cumplir: viajar al mundo vecino de La Tierra, a Felicidadniápolis.  Eran tantas las cosas asombrosas que le habían contado que ahora, por fin, iba a ser testigo de ello.
 No daba crédito a lo que iba descubriendo: había palabras que no existían en su diccionario, palabras como guerra, hambre, despotismo, corrupción, delito, egoísmo, avaricia…; y en cambio, vocablos que la La Tierra habían desaparecido y que allí eran indispensables para sobrevivir, como si del oxígeno se tratara.  Estos eran: el sentido común, acompañado de la honestidad, la humildad, la lealtad, el compromiso, la amistad…  Hacía tanto tiempo que no las oía que Penélope había olvidado su significado.
Todas estas palabras eran declamadas bajo un cielo nítido y puro, desde el que se avistaba una gran llanura llena de amapolas y girasoles de todos los colores del arcoíris.  Con suaves movimientos, giraban de un lado para otro, como si bailaran al son de una melodía que Penélope no sabía de dónde venía.  Esa tarde, en esa llanura, no veía a nadie, sólo una banda de mariposas que revoloteaban alrededor de las flores.  Fue cuando se dio cuenta de que en aquel mundo de paz y sosiego hasta las mariposas podían cantar.

LA INTRUSA de Lilia Martín Abreu



En una calurosa noche de verano, don Manuel y doña Gertrudis dormían plácidamente cuando, de pronto, él despertó dando unos alaridos aterradores que sobresaltaron y preocuparon a doña Gertrudis que, insistente, repetía:
-Pero, ¿qué te pasa? hombre, ¿qué es lo que tienes? por favor, no me asustes, Manuel.
Él sólo chillaba como un endemoniado con las manos en la cabeza.
Con semejante escándalo, se despertaron los vecinos que llegaron en su auxilio, llevando a don Manuel a Urgencias.  Él no dejó de berrear por todo el camino.
Pasadas unas horas, doña Gertrudis, ya había rezado dos rosarios con sus respectivas letanías para salvar el alma de Manuel, porque seguro que un espíritu maligno había tomado posesión de ella.
Cuando salió don Manuel por la puerta de Urgencias, con una calma y serenidad aplastante, portando en las manos un frasquito, al verlo con tal entereza, doña Gertrudis pensó que habían sido los rosarios más efectivos que había rezado en toda su vida.
Los vecinos, que esperaban interesados, preguntaron extrañados qué había pasado y don Manuel mostró el frasquito como quien muestra un trofeo, al tiempo que les decía:
-Todo fue culpa de esta intrusa, esta maldita chiripa

MIGUEL PESCA ILUSIONES de Maruca Zamora





Sentado en la terraza de su casa, Miguel contemplaba el mar donde solía ir con sus amigos a pescar.  Estaba indeciso pero, aunque el mar estaba picado, la fuerza de la costumbre le hizo decidirse; cogió la caña y salió rumbo al mar.
Se sentó en una roca que le era conocida y caña en mano, se dispuso a esperar que un pez picara.  Así permaneció mirando fijamente al mar, como hipnotizado.  Meditaba que si pudiera se iría a otro pueblo, se compraría un coche para llevar a Rosita, su esposa, a pasear por la ciudad, le compraría ropa bonita, la llevaría al cine, a fiestas, bailaría, se reirían.  Pensaba lo bonito que sería irse lejos, viajar a otros países en un trasatlántico o en avión, conocer otras costumbres, otras formas de vida. Miguel se llenaba de ilusión de sólo pensarlo y de pronto, se encontró en una calle muy larga, llena de luces, jardines de flores multicolores, escaparates de tiendas de ropa, zapatos, comida, gente que caminaba por todos lados.  Iba con Rosita de la mano y le asombraba todo lo que veía, sentía estar en otro mundo.  Vio a lo lejos una iglesia que siempre había soñado ver de cerca y una plaza muy grande llena de miles de personas que estaban oyendo misa.  Miguel se detuvo y pensó en la ilusión tan grande que sentía escuchando hablar al Santo Padre.  Por fin, había ido a Roma y en plena emoción, el sueño se esfumó. 
Un pez había picado y al moverse, la caña lo sacó de su ensoñación.  Miguel seguía cerca de su pueblo, sentado sobre una roca, a la orilla del mar, con su caña en la mano, pescando ilusiones.

REENCUENTRO de Esther Morales




Blanca comienza a leer un libro de relatos que le regalaron sus amigas por su cumpleaños.  Va en el tren camino a su trabajo.  De pronto, le sorprende ver entrar al vagón a un hombre con gabardina y sombrero negros.  Se parece a Pedro Navajas, el de la canción, piensa pero, no, no era él.  Era un viejo amigo que conoció en su juventud.
Muchos años habían pasado sin verse pero no pudieron dejar de recordar la primera vez que se conocieron.  Ella era una niña asustadiza que nunca había hablado con una persona de color y al verlo, sin siquiera dirigirle una palabra, pegó una carrera hacia su casa con el corazón galopando de miedo. Y es que el gusto de Pablo era vestirse de negro  de pies a cabeza.  Eso unido a su color tostado, le hacía parecer un cuervo.
Pasados los años, aquel reencuentro en el tren, les llena de alegría y recuerdan aquel primer encuentro como una anécdota divertida.  Blanca no tiene inconveniente, esta vez, de llenar de besos y abrazos a aquel cuervo fiel a sus gustos por lo negro y oscuro que era Pablo.



FANTASMAS de Clotilde Torres





La luna entraba por la ventana. Al poco tiempo, los perros comenzaron sus ladridos; aullidos que hacían temblar de miedo.
Él, arrellanado en su butaca, junto a la chimenea donde el fuego chisporroteaba calentando aquella lúgubre estancia, no pensaba en otra cosa que en terminar aquel libro que estaba leyendo.  De vez en cuando, mojaba sus labios con maravilloso licor que tenía sobre una mesita cercana.
De pronto, oyó aquel ruido infernal que hacían sus perros  y tiró del cordel de la campana.  Inmediatamente, apareció el mayordomo; un hombre enjuto, frío y con una vestimenta horrible que daba tanto miedo como el ladrido de los perros.
-¿Qué les pasa a los perros?
-Señor, presienten la muerte, la angustia que está viviendo su padre en su lecho de muerte.
-¿Cómo va a ser eso, si mi padre falleció hace treinta años?
De pronto, se le cayó el libro de las manos.  Fue suficiente para despertarle.  Todo había sido un sueño.



EL INTRUSO de Águeda Hernández





En una noche veraniega, en una reunión de amigos, se termina hablando del pasado. Es como una tradición.  Esta vez fue Linda quien contaba lo siguiente:
“Tenía yo doce años cuando perdí a mi amiga, mi primerísima mejor amiga.  La perdí y nunca más la encontré.  Lucy era una niña especial.  Buena parte del tiempo que compartimos, lo pasamos en el huerto trasero de mi casa, donde había un columpio perfecto; alto, grande y muy bien afianzado al suelo, como que era artesanal, claro, hecho por las manos de algún abuelo.  Desde muy temprano, nos turnábamos: una empujaba, la otra se mecía, más y más alto y así sin parar.
En una ocasión, ya era casi de noche cuando la mamá de Lucy le gritó que volviera a casa de inmediato para ver lo que su padre le había traído.
-Mamá, está bien, ya voy- le respondió
Caminamos juntas y cuando al fin llegó a la puerta de su casa, se volvió sonriendo, me hizo una seña con el pulgar hacia arriba, como hacen los campeones, entró, cerró la puerta de malla, ¡zas!.  Aquel fue el último día que jugué con Lucy.
Iba a buscarla todos los días a su casa y era su madre quien salía siempre para decirme que Lucy no podía salir, que estaba muy ocupada para jugar.  ¿Qué cosas podían separar a tan buenas amigas?.  Era imposible.  Su pulgar me había confirmado que todo estaba bien.  Lloré y lloré.
Quizá nunca hubiera sabido lo que ocurrió, si una mañana después no hubiera oído a mi madre hacer un comentario a mi padre:
-Tal vez la niña se consuele de la ausencia de Lucy, si adquiriéramos también un televisor…
-¡¿Un qué…?!- exclamé yo
¿Qué rayos era un televisor?.  Yo era tan lista que, inmediatamente, deduje que el padre de Lucy había llevado a su casa al intruso, ese intruso llamado televisor.  Fue así como supe la causa de la ausencia de mi amiga.  El intruso televisor se la había comido.  Debía haber sido terrible y mis padres querían comprarme uno. Asustada, llena de miedo, pensaba que de seguro ellos ignoraban lo que el televisor era capaz de hacer.
-El televisor se come a la gente- les advertí-.  El intruso no se irá de nuestra casa.
-No, Linda- me respondió mi madre riendo- ¡No se come a la gente!, te va a encantar tener uno, igual que a Lucy.
Pasado un mes de esto, al llegar a casa después de jugar sola en el columpio, vi una caja vacía en el piso del salón. Al levantar la cabeza, justo frente de mi, lo ví. ¿Qué ven mis ojos?. Sí, el intruso instalado en mi casa.
Traté de huir y me encontré a mi madre que estaba riéndose de mi reacción:
-¿Ves?-me dijo-.  La televisión no se come a la gente.
-Quizá no, pero la cambia- le dije. 
A nuestra familia sí la transformó para siempre.  Dejamos de cenar en el comedor cuando mamá descubrió las bandejitas individuales, idóneas para comer frente al televisor.  Ya no conversábamos, el televisor tenía la palabra. Ni al acostarme por las noches, escuchaba a mis padres hablar juntos en su dormitorio, ni sus voces me arrullaban hasta quedarme dormida.  Con doce años yo podía haber estado trepando a los árboles, montando en bici o seguir esperando a que mi amiga volviera a jugar conmigo en el columpio, pero desde que llegó a nuestra casa el intruso, la vida giraba alrededor de de una caja de 19 pulgadas.
Y sí, de mi amiga Lucy no volví a saber nada.


jueves, 17 de mayo de 2012

NOCTURNO de Angélica Camerino







Esta oscuridad es agradable.  Entro en un bar, un barraquito, por favor.  Para cuando salgo, ya la noche es dueña y señora de la ciudad.  Ella me protege, con su manto negro, de las desacertadas intromisiones; me oculta.  Cuando llega con su total plenitud, sé que es el momento de empezar mi trabajo.  Me deslizo por las calles silentes y nadie puede intuir mi presencia.  Por fin encuentro, con éxito –como siempre– lo que busco: todo apagado, ni un alma.  Ya debe estar por llegar a su casa, desprevenida…