Y ahora toca ducha. ¡Qué bien! Lo cierto es
que lo necesitaba; me hará sentir como nuevo después de un día duro de trabajo,
en el que he tenido que cavar no sé ni cuantas zanjas bajo un solajero infernal. Y encima me tocó con
un compañero nada hablador. Intenté unas palabras con él y no logré sacarle
nada. Entiendo que no está permitido y que hay ojos y oídos por todos lados,
pero ¡hombre!, algún comentario de vez
en cuando por lo bajo, escaparía seguro. En cambio, la semana pasada me
pusieron a uno que no paraba de parlotear, lo que provocó que le llamaran la
atención. Espero que mañana me toque uno igual de atrevido y precavido que yo,
que seguro los habrá entre tanta gente, y si no, pues nada; acabaré adaptándome
al silencio; no me quedará otro remedio.
Tras
estos pensamientos, unos hombres con
mascarillas echaron gas desde arriba.








