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jueves, 10 de abril de 2014

MARTINA de Lourdes






Y entonces, a través de la ventana, creía como la “asquerosa lluvia” mojaba sus recién “limpiados” cristales.
Miró a la alacena y allí, sobre la repisa, buscó el retrato del rostro que siempre estaba serio, y que ahora se partía de risa. Había sido ella, lo tenía claro. Mala baba tenía ese rostro, que desde la niñez la controlaba. Pero hasta ahí, decidió que llegaba su  último otoño en la casa.
En una bolsa de basura metió esa ropa de mojigata que se suponía obligada, y por las que ella no ligaba nada, esas faldas de paño tan holgadas, esos abrigos de lana que tanto picaban y esos zapatos de charol brillante que tanto odiaba. Cogió la cartilla del banco heredada y mostró al rostro el saldo que había, se lo pasó por delante de las narices, que ya estaban bastante cabreadas.
Entonces, guapa y ataviada con su bolsa negra cargada, salió a la calle que tornaba luminosa, muy dispuesta a renovar todo el armario.
-         Sí, 1950 euros, cargue toda la ropa a esta cuenta y por favor deshágase de esta.
-          

Ya, de vuelta a casa, atravesando el parque, del bolsillo de su chaqueta brotó un humo negro. Asustada, sacó su contenido, era el  retrato de su madre que del cabreo estaba ardiendo en llamas. Fue tal el susto que, de un salto, se puso en el borde de la fuente y lanzó el rostro de su madre al agua. Al perro que bebía en ese momento del agua, le aconsejó que lo dejara, pues el agua a partir de ese momento estaba envenenada.


miércoles, 26 de marzo de 2014

RESUELTA de Lourdes



¡Llegué al pasado tan dispuesta y con las ideas tan claras para cambiarlo todo!: todo lo que a lo largo de los años me había envenenado, todo lo que me había molestado, todo lo que me había enfurecido o hecho daño.  Pero, cuando me vi cara a cara conmigo misma, me di cuenta de lo resuelta que era para solucionar yo misma mis propios problemas, así que, lo dejé todo como estaba.




jueves, 20 de marzo de 2014

UN DESEO de Lourdes



En los dos últimos días, me tuve que desintoxicar de tantas peticiones, me refugié en la más estricta intimidad, sobre todo mis pensamientos y, a las pocas horas y cinco copas de vino más tarde, caí en la conclusión de que había una palabra que resumía todos los deseos: felicidad; iba a desear felicidad para todos.  Un deseo, sólo uno y era la felicidad.
Llegó el gran día.  No había dormido en toda la noche, ni la anterior tampoco.  Había un asunto acerca de mi deseo que me tenía preocupada: ¿y si alguien para ser feliz tenía que hacer daño a otro?  No sé, un asesino en serie, un dirigente sin escrúpulos…  Tres horas más tarde, antes del momento más importante de mi vida, tenía esas grandes dudas.
Miles de personas se agolpaban para ver mi veredicto.  Era increíble.  El coche apenas podía pasar entre la multitud.  Cuatro pantallas gigantes circundaban la plaza donde la gente vería mi decisión en directo; el acto era televisado a nivel mundial y no era para menos.
Subí los dos escalones tranquila aunque algo inquieta por tanta expectación y di los buenos días al tribunal.  Un minuto más tarde, formalmente, me pidieron que me pronunciara.  Empecé resumiendo el tormento que había pasado estos días.  Lo fatigoso que era pensar en todo el mundo, lo que me dolía la cabeza de analizar todas y cada una de las palabras que había oído durante esos días.

-Señores, hasta estos últimos momentos no lo tenía claro y como no lo tengo claro, tribunal, ¡deseo tener otros diez deseos!



miércoles, 19 de marzo de 2014

VOCES de Lourdes


Le tomó dos días subir la montaña más alta para pescar los mejores atunes; con una rama fina en forma de mujer y un cordón hizo una caña que lanzó al mar de sus memorias.
-¡Dios mío!, pero que harta me tienes.
Los atunes rosados brotaban del agua salada, una vez que el botón de su camisa, a modo de anzuelo, tocaba el agua: ya tenía quinientos atunes de trescientos kilos, saltando sobre la fresca hierba de esos parajes montañosos.
-¿Por qué me haces esto? ¡Dime!
Con tan tremendo cargamento, pidió ayuda a una caravana de camellos que, de entre la nieve, apareció.  Un ángel negro con alas doradas era el líder que, en un abrir y cerrar de ojos, cargó cada uno de los peces, a cambio de su espectacular caña.
-Desde luego, contigo siempre lo mismo.
En cinco minutos, llegaron;  Tokio era la mejor ciudad para vender ese atún de río.  Se iba a forrar, pensaba frotándose las manos.  La cabeza le dolía, pues una y otra vez, las voces le decían lo inútil que era, pero esta vez iba a triunfar.
-No me puedo creer que sigas y sigas.  Un día te encontramos muerto en la calle, ahogado en tu propio vómito.
Una vez que se callaron las voces, negoció hasta conseguir dos millones de yenes.  Con el dinero le compró a su mujer un palacio en Oriente y unos zapatos de cristal y esmeraldas.
Llegó, a su quinto sin ascensor, entusiasmado y feliz, pero cuando tocó la puerta, oyó las voces todavía más cerca y, un cubo de agua fría, le dio la bienvenida.
-Un día de estos te dejo, ¡te lo promete! Y cuando no me veas, ¡ya me extrañarás!
Y allí, bajo el agua del grifo de la bañera y vestido de arriba abajo, le volvió a prometer a su mujer que no volvería a beber.




miércoles, 12 de marzo de 2014

EQUIVOCARSE de Lourdes


Ahora fue cuando lo vio todo claro, todos los avisos que, en su momento, ignoró uno a uno.
A los doce años, dejaba que llegara a casa a las once de la noche; él, mientras, veía la tele.
A los trece, rondaba con lo peor del barrio; él pensaba que eso lo espabilaba.
A los catorce, tuvo su primera borrachera; nada que él no hubiera hecho antes.
A los quince, llegaba con los ojos rojos como cerezas; él recordó que esa vez sí se preocupó, pero veía la tele.
A los dieciséis, llegaba a las dos de la mañana y quería trabajar; él se recordó agobiado, pero no hizo nada.
A los diecisiete, bajó de peso drásticamente; él trabajaba mucho y estaba cansado.
A los dieciocho, desapareció nueve meses, pero como llamaba todos los viernes, él siguió viendo la tele.
A los diecinueve, volvió hecho un adefesio; él pensó que la juventud no se da cuenta.
A los veinte, lo echaron de su primer trabajo; él le dijo que era una mierda.
A los veintiuno, por primera vez le pidió ayuda; él le dio un dinero para que se fuera una temporada.
A los veintidós, le presentó a su hijo de cuatro años; él le preguntó de dónde había salido la yonki de madre.
A los veintitrés, se sentó a su lado y le dijo que quería cambiar por su hijo, que quería luchar por él, que quería verlo crecer sano y salvo.  Él, sorprendido, no dijo nada.

Ahora, a los veinticuatro años, después de tirar un puñado de tierra sobre la caja que contiene el cuerpo de su hijo, cae desplomado pidiendo a los presentes un momento de soledad, a partir de este momento él lo ve todo claro; no volverá a equivocarse.