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martes, 18 de marzo de 2014

LORO de Zuleima Reyes





Como de costumbre, tanteé el camino hacia el aseo; remojé mis aún cerrados ojos en el agua fresca y noté, por primera vez, la pesadez de mi cuerpo.  Seguí mi rutina y, con más torpeza de la habitual, conseguí servirme el desayuno. ¡Qué tonto me había levantado esa mañana!.  En un intento de desperezarme, recorrí toda la habitación.  Cuanto más caminaba, más pesado se volvía mi cuerpo.  Estaba a punto de desfallecer, cuando conseguí ver mi reflejo en el espejo.  No podía creer lo que estaba viendo y, por segunda vez, en un ensayo por despertarme de aquella pesadilla, me propuse repetir las palabras que… ¡tan bien!... había aprendido.  Intento fallido porque, bien es sabido que las tortugas no son loros.



lunes, 21 de octubre de 2013

CULPABLES de Zuleima Reyes


Recorrían el camino de la perdición, acercándose cada vez más a la locura. Su paciencia se terminaba al trazar aquellas curvas tan complicadas; aquellos altibajos y aquellos recónditos lugares jamás vistos.

La mejor de las sonrisas iluminó su mirada cuando el estrecho recorrido llegaba a su fin; se hacía evidente que los únicos culpables de ese acelerar de los latidos eran… aquellos besos.


jueves, 7 de marzo de 2013

AZAR de Zuleima Reyes





Pasé semanas frente al espejo; no podía creer que aquel fuera mi reflejo.  Sólo podía ver la sombra de lo que fui algún día y, sin aparentemente saber por qué, dibujé once líneas en su mano, decidiendo contar una historia.  Uno a uno, mis hijos fueron sellados con su propio destino y yo volví a concentrarme en aquel reflejo, sin conseguir descifrar mi camino.  Visto lo visto, mi azar estaba en todas las manos selladas.  Descubrí, por fin, que yo no era otra que…¡la vida misma!.





martes, 12 de febrero de 2013

CUESTIÓN DE NÚMEROS de Zuleima Reyes




Once encuentros  fueron los que hicieron falta para un beso.
Once, los meses que tardaste en pedirme matrimonio.
Once, los días que pasamos de luna de miel.
Once de tus palabras, derretirían cualquier iceberg.
Once, las contracciones para recibir a nuestro primer hijo.
Once, las noches que llegaste tarde.
Once, las disculpas mal dadas.
Once, los golpes que recibí de tu mano, mano que me había amado
Once, los días que soporté después de tu último error.
Once, las veces que mi cuchillo atravesó tu cuerpo desterrándolo de mi para    siempre.
Fue un día 11, por cierto.

jueves, 7 de febrero de 2013

MONÓLOGO de Zuleima Reyes




-         Han pasado los años y, a pesar de ello, aún te ríes.  Eres tan cobarde que te conformas con una mirada, un gesto o simplemente con que esté cerca de ti.  Ahora bien, sabes que se irá y tardará mucho en volver, tal y como antaño.  Volverás a mantener la boca cerrada, la mente reprimida por inútiles estereotipos sociales y la conciencia revuelta por obstaculizar a la verdad.  ¿Sabes sentir?

Él sacudió la cabeza en un gesto que asentía a su pequeña emisora, frágil y fuerte a un mismo tiempo, mientras ésta seguía sin detenerse.

-         Pues no lo parece.  Si sintieras algo, un ápice del dolor que yo siento, del amor que genero, de la felicidad que busco, sabrías que las cosas no son tan fáciles, que todo requiere un esfuerzo.
Tú ni siquiera te molestas en aparentar.  Las cosas no pueden seguir así porque el amor no dura lo que crees, un beso no lo arregla todo, ni tampoco destruye problemas.  Somos nosotros los que lo hacemos difícil.  Amar sin ser amado es duro pero amar para ser aparentemente correspondido, es terriblemente peor, ¿no crees?


El padre de aquella pequeña Emily de entonces entró en su habitación con lágrimas en los ojos recitando la frase “soy un cobarde”,  después de lo cual se largó para desaparecer hasta esta tarde.  Han pasado años, sí, pero aún lo recuerdo.



miércoles, 23 de enero de 2013

ENCUENTRO de Zuleima Reyes




Habíamos quedado en la playa al atardecer.  Luis llevaría puesto un brillante collar rojo.  Me encantaba que se le ciñera al cuello porque… si se portaba mal, podía castigarlo tan solo tirando de él…, sabéis a lo que me refiero, ¿no?.  Luego, más tarde, él sabía que estaría completamente libre de ataduras, corriendo con su melena al viento, mientras yo esperaba con ansia sus besos, recorriéndome desde los pies hasta la comisura de los labios…, aquellos besos con sabor a … él.  Yo acariciaba tiernamente su cabello y librándome de sus húmedas caricias, esperaba a que me devolviera la pelota que le acababa de lanzar, como un buen perro.

EN LAS NUBES de Zuleima Reyes




María, a través de sus cartas, presumía de estar siempre en las nubes.  Álvaro creía que ella hablaba de estar siempre despistada, pues últimamente la notaba distante.  Sin embargo, cuando fue a visitarla, constató que, de lo que ella hablaba era de que sus sueños eran menos profundos, lo que impedía buscar en ellos cosas que contar por carta a su otro yo. Álvaro seguiría esperando por materia narrativa.

jueves, 17 de enero de 2013

DESCONOCIDO de Zuleima Reyes




La brisa de la noche besaba mis mejillas, rociándolas con finas capas de lluvia que recorrieron cada fibra de mi ser, haciéndome sentir útil, libre e increíblemente bien.  Pero esa ensoñación poco dura si, ante un cambio inesperado, toda mi atmósfera se altera y, bajo el embrujo de un paraguas, ese desconocido al que estaba a punto de besar, se marcha, como la lluvia en verano o, como lo que es; un sueño inesperado.

¡QUÉ CASUALIDAD! de Zuleima Reyes





Tan feliz estaba yo que casi no me di cuenta de que mis pies habían despegado del suelo. Como si de un chiste se tratara,  de mi boca comenzaron a salir unas estruendosas carcajadas que me dejaban sin aliento, por momentos.  Al cabo de un rato de extraña felicidad, quise ajustar mi vestido, pero fue ahí cuando me di cuenta de que esa sensación de estar volando, no era un sueño; mi paraguas cargaba con mi peso y, mis alentadoras ganas de llegar al que fuera mi destino, aumentaban en relación al tiempo que pasaba allí arriba.  Y es que… ¿quién me iba a decir a mí que yo sería esa tal Mery Poppins?



jueves, 10 de enero de 2013

UN BUCHE CAFÉ de Zuleima Reyes




Cada tarde sucedía lo mismo.  La rutina me devoraba y yo sin poder hacer nada.  Le contaba a él, mi fiel confidente, todos los detalles de mis maravillosos movimientos y es que, el trabajo que ahora me traigo entre manos, necesita estar cuidadosamente planificado, de lo contrario mi cabeza podría rodar por los suelos.   La tarde en la que todo cobraría vida, no tardó en llegar y mi oscuro compañero, como de costumbre, esperaba humeante a que el pan saliera, tal y como habíamos planeado.  El individuo cruzó el marco de la puerta y una sonrisa enorme asomó en su rostro.  Supongo que el brillante vestido vintage había cumplido su cometido.  Tras darme dos eternos besos en las mejillas, se atrevió a comentar el nombre de mi perfume, sin éxito, así que, como estaba planeado, pasamos al gran salón de la mesa, aquel donde mi peculiar amigo esperaba pacientemente.  Sin más preámbulos, él cumplió su misión, y es que en cuanto aquel hombre sorbió un buche de café, su cuerpo cayó en redondo al suelo, sin una sola gota de vida en sus ojos.  El plan había salido a la perfección, después de lo cual, recogí el desastre y seguí con mi monótona vida.  Iba a prepararme un café, al que contaría lo ocurrido, con todo detalle, convirtiéndolo en mi fiel confidente.  De esa manera, pasaría los días en la cocina, a partir de entonces.


jueves, 13 de diciembre de 2012

¡ME ACUERDO! de Zuleima Reyes




Han pasado años y aún se sabe las tablas. Cuando se dio cuenta de ese prodigioso hecho, las lágrimas cayeron de sus ojos como ríos, pues la emoción que sentía ante la idea de que, casi un siglo después, aún se acordara de esas matemáticas tan exhaustivas, era abismal.
Asombrada, comenzó a recitar uno a uno los cálculos que, con fluidez, salieron de su labios.  Todos y cada uno de los presentes estallaron en llanto al oír como aquella señora que tanto conocían, se acordara de algo tan trivial como unas simples tablas de multiplicar.  Sin embargo, era un notable progreso, sin duda.  Aunque…, al llegar al último cálculo de 9 x 9, algo falló.  Los ojos de la anciana, alegres hasta aquel momento, se llenaron de una expresión de dolor, al mismo tiempo que gritaba: ¡Me acuerdo, me acuerdo!.
Las lágrimas de alegría se tornaron desconsoladas y, alrededor de la señora, su familia, que había tratado de ayudarla a recuperar su memoria, quedó petrificada, incrédula ante lo ocurrido.  Estaba mejorando y de pronto, se marchó, se había ido, sin decirles que era aquello que había recordado, haciéndoles vivir en la incertidumbre el resto de sus días.