No sabía
cómo terminaría ese día, pero pensaba disfrutarlo como una niña, con añoranza
de mi infancia y de mi familia.
Un día, hace
ya muchos años, propuse al Club al que pertenecía en aquel tiempo, organizar un
concurso de cometas, como actividad de verano.
Eso sí, tendrían que participar los padres junto con los niños,
ayudándoles a confeccionar las cometas.
Sería, sin
dudarlo, como hacíamos mi hermana Nancy, mis primos y yo misma, cuando éramos
pequeños. Una escoba vieja de mi abuela
Juana, papel de seda de colores, comprado en el estanquito del barrio, hilo de
paquetes, trapos viejos y, sin olvidarnos de usar como adhesivo, una papa
guisada.
Mi propuesta
fue aceptada por la directiva del Club, con gran sorpresa para mí. Así que, ¡manos a la obra, a trabajar, niños
y padres!. Mis hijos y yo nos dispusimos
a preparar, con gran ilusión, nuestra cometa, con cañas, trapos, hilos…
¡cuántos colores, qué alegría!. Cada
día, mis hijos traían nuevos amiguitos para que yo les ayudara, pues sus padres,
supuestamente… no recordaban cómo se hacían las cometas.
Llegó por
fin el día señalado y, con suerte, el Puertito de Güimar nos brindaría una de
sus habituales mañanas de viento que, normalmente, detestábamos pero fue
bienvenido aquella ocasión.
Fue grande
la sorpresa que recibí, cuando en el lugar acordado, había más de cien cometas
compitiendo para ver cuál de ellas volaría más alto. ¡Qué emoción!, ¡qué precioso día de verano!.
Aún hoy,
esos niños que ya son padres de otros niños, me ven y me recuerdan aquel
maravilloso día y lo divertido que fue.
Al oírlos y también hoy, al recordarlo, me siento libre como una cometa
que vuela por el cielo.








