Cada noche, la luna era testigo del
adulterio constante a que se sometía Priscila.
Mientras su marido se quedaba con sus hijos, ella custodiada por miles
de estrellas, volvía a casa con el sol, avergonzada, decía ella.
Cada día que pasaba estaba más hermosa,
nadie creía que lo estuviera pasando tan mal porque su aspecto era inmejorable;
atractivo, con una melena lacia color azabache muy cuidada, de ojos rasgados,
su figura esbelta, bien vestida. Llamaba
la atención de todo el que pasaba a su lado, sobre todo de las mujeres: la
envidia las corroía.
¿Avergonzada? Imposible. Le gustaba, eso se notaba. No sufría ni se avergonzaba; diría yo más
bien que parecía ejercer su profesión muy bien aunque le interesara que la
gente pensara que lo hacía por necesidad; así producía lástima y su adulterio
continuado podría hasta justificarse.
Incluso se encargó de propagar el bulo de que su marido la obligaba y,
un buen día, el pobre hombre apareció ahorcado en el baño de su casa. ¿Avergonzado o decepcionado?
Me gusta que el relato termine con una pregunta lanzada al aire para que, de ese modo, el lector se planteé la cuestión y le dé el final que le plazca a la historia que nos cuentas.
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