jueves, 13 de marzo de 2014

ADIVINANZA de Ana R. Benítez






Llegué a España hace algunos años.  Soy el mayor de mis hermanos y también el más deseado.  He pasado por las manos de muchas personas: buenas y malas.  He recorrido infinidad de países y he sido refugio para algunos que no actuaban honestamente, sumergidos en asuntos de muy poca transparencia; muy oscuros. Argumentos estos suficientes para que el alto poder mande eliminarme.
Soy, sin embargo, muy querido por la gente, sobre todo por la humilde, que es la más que me ha cuidado y valorado.  Su pesar es inmenso cuando me tienen que abandonar.  Los hay que desconocen mi aspecto; saben que existo, pero nunca me han visto y ese hecho les ha llevado a ponerme a la altura de los mitos del monstruo del lago Ness o del Yeti.
En cualquier puerta que toque, seré bienvenido. Me llamo 500, sí, ese; el desaparecido.




EMPEZAR DE NUEVO de Roberto.Es

Obra de Dalí



Era el primer verano sin ti, en nuestra amada Costa Brava.  El estío había sido largo y tedioso; solo tu ausencia me hacía compañía.  En la habitación, el calor pesaba como una losa jadeante que me impedía respirar.  El trabajo, después de un largo día frente al ordenador, me había dejado exhausto.  Caía la tarde, cuando decidí bajar a la playa para refrescarme y contemplar el crepúsculo; ese momento en que el sol le hace un guiño a la noche tras su manto azafranado.  Me despojé de mis ropas y, al acercarme a la orilla, el océano alargó sus dedos de espuma para atraer mi cuerpo desnudo hacia su vientre marino, apoderándose de mí como un amante cautivo.  Al emerger, aturdido y confuso, observé como la oscuridad ya había deslizado su estrellado velo.  Tenía una sensación extraña; intuía que algo era diferente.  Desde la costa, iluminada por antorchas, provenía una música de ritmo pegadizo pero antiguo, como de otra época, que me resultaba inquietamente familiar.  A través de la luz que desprendían las pavesas, se adivinaban siluetas que contorneaban sus cuerpos con apasionada y trepidante vehemencia, al compás de aquella animada melodía.
La noche estalla con  una fiesta de fuegos artificiales, encendiendo con llamativos colores la bóveda celeste.  Ahora, al acercarme a la bahía, las figuras antes difusas, se perfilan en formas cada vez más concretas: ojos centelleantes, narices esculpidas sobre bocas que se besan; que ríen, cuerpos que se abrazan y se felicitan.  Me sorprende que vistan atuendos y peinados propios de otros tiempos. 
Mi braceo es cada vez más débil; me abandonan las fuerzas y, agotado, encallo en la dura arena, exhausto por el esfuerzo.  Aún turbado, creo adivinar como una borrosa figura se acerca y me contempla…
-¿Dónde estoy? –pregunto.
Apenas logro articular una frase.
-Por favor, necesito un móvil…
Pero me desvanezco.
Cuando abro los ojos, me tropiezo con una mirada que me sonríe y me susurra un amor añorado; una cálida voz rasga el silencio…
-Por fin has vuelto de tu delirio. ¡Feliz Año Nuevo! ¡Feliz 1820!
Mis pensamientos cabalgan ahora desbocados: imágenes de otras caras, de otros cuerpos, se muestran en mi acelerado corazón.  Perplejo, tras unos segundos intensos,

te devuelvo la sonrisa y nuestros labios se funden, se reconocen, recuperando los besos perdidos, los besos olvidados.
-Estoy en casa, y esta vez para quedarme para siempre, para empezar de nuevo…




miércoles, 12 de marzo de 2014

BESARSE de Sandra Mai



Besarse en la calle era feo.  Había que esconder y reprimir tus sentimientos, porque dañaba y ridiculizaba a los que miraban.  Mostrar a todos el impulso ferviente de tus deseos, a través del acto de amor más sencillo y estimulante que existe, estaba prohibido.
Estaría toda la vida besando constantemente, ante todo el  mundo, sin sentir pudor ni miedo.  Besar siempre, en cualquier lugar y ante cualquier persona.

Besar es el comienzo, el despertar, la entrega y el final de todo gran amor.  Besos.




EQUIVOCARSE de Lourdes


Ahora fue cuando lo vio todo claro, todos los avisos que, en su momento, ignoró uno a uno.
A los doce años, dejaba que llegara a casa a las once de la noche; él, mientras, veía la tele.
A los trece, rondaba con lo peor del barrio; él pensaba que eso lo espabilaba.
A los catorce, tuvo su primera borrachera; nada que él no hubiera hecho antes.
A los quince, llegaba con los ojos rojos como cerezas; él recordó que esa vez sí se preocupó, pero veía la tele.
A los dieciséis, llegaba a las dos de la mañana y quería trabajar; él se recordó agobiado, pero no hizo nada.
A los diecisiete, bajó de peso drásticamente; él trabajaba mucho y estaba cansado.
A los dieciocho, desapareció nueve meses, pero como llamaba todos los viernes, él siguió viendo la tele.
A los diecinueve, volvió hecho un adefesio; él pensó que la juventud no se da cuenta.
A los veinte, lo echaron de su primer trabajo; él le dijo que era una mierda.
A los veintiuno, por primera vez le pidió ayuda; él le dio un dinero para que se fuera una temporada.
A los veintidós, le presentó a su hijo de cuatro años; él le preguntó de dónde había salido la yonki de madre.
A los veintitrés, se sentó a su lado y le dijo que quería cambiar por su hijo, que quería luchar por él, que quería verlo crecer sano y salvo.  Él, sorprendido, no dijo nada.

Ahora, a los veinticuatro años, después de tirar un puñado de tierra sobre la caja que contiene el cuerpo de su hijo, cae desplomado pidiendo a los presentes un momento de soledad, a partir de este momento él lo ve todo claro; no volverá a equivocarse.



martes, 11 de marzo de 2014

REPROCHES de Carmen Garcés





Niña, cuando lleguemos a casa, tú y yo vamos a hablar seriamente, ya me tienes cansada, porque cuando los mayores están hablando, los niños no interrumpen y se están calladitos; y a ver si te sientas derecha, que te está saliendo joroba. Dios mío, ¿qué he hecho yo para merecerme una hija así?, fíjate en la hija de Loli, que siempre saca sobresalientes y es una señorita, ¿cuándo vas a ser como ella?; como sigas así, no vas a llegar a nada en la vida; y no llores, que llorando no se arregla nada; y dale eso a tu hermana, no ves que es más pequeña que tú. Eso no se hace así, ¿cuándo vas a aprender?, pareces tonta, escucha lo que te digo y pon atención.
Si quieres permiso para salir, pídeselo a tu padre…me dijo que te lo pidiera a ti, pues ahora por respondona no vas; ¿pero por qué?, porque sí … y punto; porque mientras vivas en esta casa, vas a hacer lo que yo te diga; además tú lo que tienes que hacer es centrarte en tus estudios y dejarte de pensar en tonterías, que ya tendrás tiempo de divertirte, eso si quieres llegar a ser alguien en la vida, claro. 
Hoy vete, pero te quiero en casa a las 9, y no protestes que si no, no vas; ya te he dicho mil veces que no haces nada fuera de casa por la noche, que las mujeres decentes no andan por ahí a esas horas; y recuerda, ten cuidado con quién andas, que los hombres solo piensan en conseguir una cosa, así que nada de confianzas con ninguno, y nada de traer amigos a casa, que sabes que a tu padre no le gusta, ¿qué va a pensar la gente si ve entrando hombres aquí sin estar comprometidos?. Es que no piensas sino en ti, sí mamá,…lo que tú digas…




jueves, 6 de marzo de 2014

PASIÓN de Alicia Carmen




Soñó con ser escritor y se quedó a las puertas de una Editorial, aunque como portero, claro.  Eso no le impidió mantener su inmensa pasión por la escritura, mejor dicho, su obsesión. Aspiraba a ser un personaje famoso y obtener el premio Cervantes o el Planeta y si no, por lo menos que su primer libro resultara un best-seller.
Ese preciso día, al pasar por el quiosco, de camino a la Editorial, vio de reojo la foto de los Reyes de Suecia en una revista.  Yo los conoceré pronto, pensó, ellos son los que entregan el premio Nobel. 
Lo que no sabía nuestro amigo es que como todos los que llegaban a la oficina lo veían afanado con un papel y un lápiz, perfilando sus escritos, el dueño de la Editorial había recibido varias quejas.  Según ellos, este empleado no cumplía a cabalidad con su trabajo.
Pues bien, no más llegó, simplemente le entregaron un sobre con algún dinero y fue despedido.  ¿A dónde iré?, pensó, ¿a qué me dedicaré ahora? ¡No puedo abandonar mi obra maestra!
El periódico ofrecía varios trabajos, entre ellos el de camarero en un crucero por las Islas Griegas, sin dudarlo lo tomó.  Allí conoció a un famoso escritor, del cual era admirador. 
En cierto momento, después de hacer una labor detectivesca, vio como este escritor había dejado olvidado unos manuscritos sobre una butaca.  Disimuladamente, los colocó debajo de su chaleco y más tarde los leyó.  Enseguida los mandó a su antiguo trabajo con un seudónimo.
Allí decidieron publicar aquella obra y llamaron al autor.  Cuando vieron de quien se trataba, aquellos que lo habían echado del trabajo, lo felicitaron.
Pues sí, nuestro amigo tuvo su obra maestra pero, la disfrutó en la cárcel pues al descubrirse el engaño, el verdadero autor decidió demandarlo.

Su antiguo jefe, en vista de la desmesurada pasión de su ex-empleado quiso ayudarlo; pagó la fianza y le dio un trabajo en la empresa como agente literario y jefe de los revisores.  Con creces había demostrado saber cuándo una obra literaria merecía ser publicada.



EL CIRCO De Roberto Es.


El espectáculo no fue como esperaba. Sonia siempre había creído que el primer día que se presentara ante el gran público sería maravilloso, pues haría lo que más le gustaba, lo que siempre había deseado. Pero los nervios se apoderaron de ella. La impresionante pista  le pareció como la arena de un circo romano que la expusiera a los salvajes leones; la música le era difusa y ajena, y la luz hiriente que despedían los focos, deslumbraba y atontaba sus sentidos.
Trataba de sincronizar, no sin dificultad, giros y equilibrios, ejecutando las acrobacias con angustiosa aprensión.
El miedo escénico, hasta ahora desconocido para ella, se apoderó de su espíritu, envolviéndola en un mortal abrazo que paralizó su cuerpo haciendo de ella una marioneta sin alma.
Pero pronto, todos sus terrores quedaron atrás y Sonia irrumpía en la pista deslumbrante, embriagadora y sensual, con total dominio de su cuerpo, ejecutando, ahora magistralmente, los movimientos que cortaban el aire con el contorno de su afilado perfil.
El circo lo era todo para ella: un veneno necesario aunque a veces amargo; vital para su existencia. No entendía su vida sin sentir el vacío bajo sus pies y el vértigo de todo su ser, cuando, como una diosa, emergía en aquel círculo mágico y volcaba en el público, sediento de primarias emociones, toda su esencia interior en una perfecta comunión de delicados gestos, aferraba los  sentidos de todas aquellas asombradas almas a los duros asientos de hormigón.
Pero, fuera de la carpa, la Sonia mortal tenía una vida triste, plana, descolorida.
Su frágil corazón, víctima de perversos desengaños, rezumaba lágrimas de antiguas cicatrices, de remotas penas, y lloraba la ausencia de manos que lo besaran, de labios que lo acariciaran. Sepultado bajo espesas capas de rencor, despecho e indiferencia negaba cualquier esperanza de amor a su maltratado espíritu; condenándolo a la más desierta e ingrata soledad para el resto de su existencia.
Sonia se aferraba a su mundo del  circo. Esa nueva vida construida sobre las ruinas de la anterior, donde se encontraba segura y arropada  por su peculiar familia; ellos, que la adoraban, le entregaban todo el amor que necesitaba.
Llegó al circo para vivir y en el circo quería morir.
Allí había encontrado algo parecido a la felicidad. Subida al trapecio tocaba el cielo; era la reina del mundo, de su mundo, donde su sangre arrolladora, palpitaba en sus sienes; y era en ese momento de ingravidez, cuando todo a su alrededor se ralentizaba y le parecía flotar…., como a cámara lenta. Entonces, y solo entonces, encontraba la paz.
Sonia deseaba que el último día de su existencia la encontrara balanceándose en su querido trapecio. Este y no otro era su lugar. Mientras, en la pista, el maestro de ceremonias proclamaría ante su amado público:
-¡Aquí vivió Sonia, la diosa del trapecio y estará siempre entre nosotros

¡Que continúe el espectáculo!.



TIEMPO MUERTO de Maruca Morales


En memoria de mi esposo

Juan fue una persona muy alegre, desde muy joven. Le gustaba la música y por eso aprendió a tocar algunos instrumentos.  Por circunstancias de la vida, dejó de hacerlo durante mucho tiempo pero, cuando regresó al lugar donde había vivido su niñez y juventud y recordó aquellos tiempos perdidos, volvió a tocar su música preferida: la mazurca, las folias, la jota… y haciéndolo, volvió a renacer su juventud.  Después de pasar tantos en años en tiempo muerto, regresó a su cara la alegría que le daba la música.
Duró poco, porque poco después, su música quedó en punto muerto para siempre, aunque no en nuestros corazones donde vivirá eternamente.


FUE UN TIEMPO MUERTO De Juani Hernández



Al recuerdo de mi querido esposo Oscar.

Acudí el día señalado; temprano, muy temprano.
Esperé, sentada en mi coche, a que abrieran las puertas del centro.
Había comprado un ramo de rosas rojas en la floristería; las coloqué a mi lado en el asiento delantero, al lado del conductor. Eran las más bonitas que encontré en el expositor de flores. ¡No miré el precio!. Para ti, lo mejor. Quería que fueran como las que tantas veces me regalabas con cualquier pretexto, tú a mí…
Por fin, después de un buen rato, que me pareció interminable, y siempre envuelta en mis reflexiones, se abrieron las puertas del recinto; subí los escalones que me separaban de ella; se me antojaron interminables…fríos…indiferentes; sin  ningún atisbo de compasión para las muchas personas que, como yo, acudían allí, en tan triste acontecimiento.
Un funcionario me la entregó; el día anterior la había dejado en esa oficina…

Deshice el camino y, ya en el coche, la coloqué con mimo junto a las rosas…¡junto a mí!. Despacio, muy despacio, alargando lo más posible el tiempo, emprendimos el camino; ¡eL último!.
Llegamos al lugar elegido para ti... Estaba segura de que tú lo habrías aprobado. Entonces, con toda la ternura de mi alma, te dejé caer al mar, dulcemente, como sé que tú habrías hecho conmigo. Después, fui tirando las rosas, una a una, que te fueron acompañando mar adentro, hasta que una ola hizo que te perdiera de vista. Lo acepté resignada.
Retorné a casa, sola, serena, con la paz que da un trabajo bien hecho, finalizado. Con el alivio de saber, que ya nunca más, estarás encadenado en aquel sepulcro, aunque estuvieras adornado con las más bonitas flores que encontrara.

Me embargaba una dulce tristeza, aunque con la seguridad, eso sí, de que aquello era lo que habrías querido para ti, y yo, para mí. ¡No lo compartí con nadie!. Ese momento, fue tuyo y mío solamente…





HIPÓCRITAMENTE CORRECTO de Lilia Martín Abreu



¡Qué coñazo!, ya se termina el calendario y con ello viene toda la parafernalia que conlleva estas fechas tan empalagosas, llenas de tradiciones. Yo pienso que a muchísima gente lo que le apetece en estas fechas es…mandarlo todo al mismísimo carajo, pero no, todos son políticamente correctos y navegan contra corriente al ritmo de: “ahora que estamos alegres vamos a contar mentiras, tralala vamos a contar mentiras…”
Ya me entendieron lo que quiero decir ¿no?, les pongo un ejemplo, es algo así como el anuncio de la lotería, ¿no lo han visto?, que ellos cantan, pon tus sueños a jugar, preciosa la letra pura magia pero, ponen una expresión tan terrorífica que parece que, en vez de sueños, lo que ponen a jugar fueran sus pesadillas.
Para muchas personas estos días son verdaderas pesadillas, como Doña Gertrudis, la pobre mujer con su precaria pensión lleva comprando y guardando ofertas desde el mes de mayo, para usarlas en esta navideña ocasión... Ella comenta, ¡estas épocas no las soporto!, tener que comer en casa de mi suegra como todos los años, esas engrasadas croquetas que disparan el colesterol, y si eso fuera poco, también tener que aguantar a su perro, que se la pasa lamiéndome y me da un asco, pero me tengo que quedar calladita por la paz y armonía del hogar.
¡Que desencanto me causó! Y yo creyendo que ella me quería, como siempre me pasaba las croquetas por debajo de la mesa, yo pensaba que eso era amor, pero que sepa que yo no soy rencoroso y les seguiré recibiendo las exquisitas croquetas de doña Gertrudis con buena cara, porque yo también sé comportarme como las personas, políticamente correcto, ¡a no! Que me equivoqué es “hipócritamente correcto”.