jueves, 28 de junio de 2012

ESE DÍA EL MUNDO AMANECIÓ AL REVÉS de Clotilde Torres





Al levantarme, lo primero que hago es abrir las ventanas.   No puedo creer lo que estoy viendo:  una persona llevada por un perro. Éste corre y la mujer, agarrada por el cuello, lo sigue jadeando.  Unos niños que pasan camino de la escuela, conversan entre ellos sobre los cuentos que han leído: Pulgarcito es enorme, el hada es feísima, la madrastra es la mejor madre…  Oigo, de pronto, que los ladrones son gente honrada, que los banqueros te regalan el dinero, en la farmacia te dan todo lo que necesitas.  ¡Dios mío!, ¿me estoy volviendo loca o qué?
-No, mamá, te dejaste dormir viendo el telediario

LAS MARIPOSAS CANTAN de Alicia Carmen




Siempre se dice que los niños no vienen con un folleto de instrucciones pero, la intuición debería servir en estos casos.
Todos hemos visto orugas en los jardines y sabemos que, a través de una metamorfosis, de ella saldrá una hermosa mariposa.  Si esto es tan comprensible, ¿por qué los padres, a veces no esperamos  y queremos forzar esa transformación en nuestros hijos?
Mi vecinita siempre fue muy tímida pero, era muy bonita, suave y delicada.  Recuerdo que sus padres la llamaban Mariposa aunque la bautizaron con otro nombre.  Siempre le decían Nuestra Mariposa.
Pues bien, era tanto lo que apuraban a esta niña para que fuese perfecta en todo que, le exigían las mejores notas, que destacara en los actos del Colegio, que aceptara el mejor trabajo, el más remunerado…
Tantas presiones pasaron factura y mi vecinita no se atrevió a casarse por no defraudar a sus padres pues supuso que ninguno de los candidatos sería de su agrado.  Se notaba su tristeza y la mariposa, aparentemente, se metió otra vez en la oruga.

Pasaron los años y un buen día, la encontré en un Centro Comercial.  La ví primorosamente arreglada y con un brillo de felicidad en los ojos, me dijo:
-¿Sabes?, dejé mi aburrido trabajo, no rindo cuentas a nadie.  Me siento dueña de mi destino.  Ahora canto en un grupo de jazz y ¡cómo lo disfruto!.
Definitivamente, las mariposas cantan.


¡BAILAR! de Esther Morales




Me gusta bailar.  Cuando era joven existían los bailes de fin de semana a donde iban las madres con sus hijas, a cuidarlas por supuesto.
Yo trabajaba los sábados hasta muy tarde y llegaba a casa muy cansada, sin ganas de bailes,  sin embargo, mi madre me obligaba a ir ya que mi hermana mayor no quería perderse ni uno.
-Yo no voy a ir al baile con lo vieja que soy y dejar a la joven en casa- me decía mi madre.
Así que, cansada y todo, no me quedaba otro remedio que obedecer.  Por eso, había de pasar muchos años para que le cogiera sabor a los bailes.
Hoy en día, me gusta bailar de vez en cuando, con un buen bailarín…, es decir, con hombre y pegado porque, como dice la canción de Sergio Dalma, bailar pegado es bailar.

GULA de Maruca Morales




Una tarde, salí a pasear con mi nieta.  Fuimos a ver escaparates, a pasar un rato en el parque y por último, a visitar a una prima.  En todo ese recorrido, mi nieta no paraba de pedirme cosas para comer; parece que tenía hambre.  Yo me paraba en todos los sitios porque también a mi me pasa lo mismo; basta que vea una cosa que me entre por los ojos para abrírseme el apetito.  Ambas somos glotonas; ella es una niña y yo lo parezco.  Esa tarde picamos aquí y allá hasta que el monedero quedó vacío.
Después, cuando llegué a casa me pregunté si no me había excedido.  La gula me había tentado y yo había cedido a la tentación.  Mía es la culpa.


EL SECRETO DE RAQUEL de Maruca Zamora





Raquel era una jovencita de trece años que vivía en un pequeño pueblo donde todos los habitantes se conocían.  Ella, como todas las niñas de su edad, tenía inquietudes y sueños.  En el colegio había un niño que le gustaba mucho pero por nada del mundo se lo decía, ni a él ni a nadie; esa era su secreto.
Un día, las compañeras de clase  planificaron escribirse cartas románticas con los chicos que les gustaban.  Lo harían de forma anónima, sin remitente.  Se lo comentaron a Raquel y ella negó que le gustara algún chico.
-No, a mi no me gusta ningún chico, ¿a quién voy a escribirle?
Sin embargo, Raquel puso atención a lo que hablaban sus amigas; el buzón donde pondrían las cartas era un agujero que había en una de las paredes de piedra por donde pasaban todos los días.  Aunque las cartas eran anónimas, llevaban el nombre del destinatario; los chicos pasarían por allí, verían su nombre, leerían la carta que les correspondía y nunca sabrían quién la había escrito.
-Si yo me atreviera, le escribiría a Andrés y le diría lo mucho que me gusta, pero… ¿y si me descubre? ¡qué vergüenza!- cavilaba Raquel
Finalmente decidió que aquel era su secreto y lo seguiría siendo.  Nadie lo iba a descubrir.
Al pasar los años, Raquel recuerda todo aquello con ternura y se ríe de sí misma, de la inocencia de aquellos tiempos y del cándido secreto que a ella le había parecido inconfesable. 


DISLATE de Naty Cabrera




Desde la terraza que sirve de contraluz, se ve el vertedero de basura y por el quicio de la puerta, se cuela un hedor maloliente.  Pili empieza a sacar fotos a todo bicho viviente que ve desde su posición tras la ventana: una rata, dos gatos, un viejito que abre las bolsas de basura acumuladas, al impresentable que las tira desde la azotea.  No se cansa de decir, a viva voz, que todo lo que ha fotografiado saldrá en la prensa.
Una calle más abajo, mi amigo Moy tiene alborotado a todo el vecindario.  Está plantando flores entre los árboles que tiene en la acera frente a su negocio y además, anima a todos a seguir su ejemplo.
En la casita de al lado del bar de Moy, vive mi amiga Mercedes.  Ella se pega el día entero en la permanente vigilancia de las macetas con plantas que tiene en sus ventanas y en consecuencia, discutiendo con todo aquel que se acerque a ellas para quitárselas
-¡Señora, deje eso!
Yo observo todo esto desde mi terraza y aunque hoy todo es…¡puro disloque!, me encanta el transcurrir del día a día.


LA VISITA de Ana R. Benítez Hernández




A lo largo de todos estos años en los que ha venido a visitarme una vez al mes, ella se ha ido convirtiendo en parte de la familia.  He terminado bautizándola como la prima que me visita todos los meses.  Nunca me avisa el día exacto de su visita aunque, a veces, unos días antes de que ocurra, intuyo su próxima presencia.  Otras veces, en cambio, aparece por sorpresa, aunque nunca se queda más de siete días.
Cuando yo he querido, he pactado con mi prima que no aparezca durante algunos meses, y me ha respetado.  Pero, cuando no ha venido, me ha preocupado su ausencia y, hasta que no ha hecho acto de presencia, no me he tranquilizado.  Aunque, algunas veces, su llegada me produzca irritabilidad por presentarse en momentos inoportunos, me alegra de que esté conmigo.
Sé que llegará el día en que desaparezca para siempre.  Me embarga un sentimiento de incertidumbre al pensar cómo se va a comportar mi cuerpo y mi mente tras su marcha definitiva.   Ella viene siempre vestida de rojo, en toda su gama de tonalidades y sé con seguridad que, a pesar de que su visita sea un incordio, el día en que no me visite más mi prima Menstruación –ella prefiere que la llamen Regla–, la echaré de menos…



LA VISITA de Clotilde Torres




Ella está en todas partes.  A veces pasa sin que nos demos cuenta y, cuando no la esperamos, se presenta de golpe.  Puede incluso que, alguna vez te roce pero siga de largo.  Cuando la buscas y lo intentas una, dos, tres veces, te mira pero, se va…, ¡qué dura es!. Se va porque ella hace lo que quiere, no lo que quieras tú.  Aunque la llamen desesperadamente, en demasiadas ocasiones se va por el camino equivocado.  Se presenta en fiestas, en guerras, en países desolados por culpa de sus gobernantes, en las carreteras, en los hospitales, se mete en las casas sin ser invitada…
Si pensáramos que no tiene amigos, estaríamos equivocados.  Los que viven de ella ganan muchísimo dinero, no tienen límite.  Se llaman funerarias, narcotraficantes, vendedores de armas…
Es una visita a la que nadie desearía abrir la puerta de su casa.


jueves, 21 de junio de 2012

MONTAÑA de Esther Morales





Mi caminata preferida es la que hago alrededor de la montaña del Socorro.  Gracias a una amiga que me dijo que esa montaña era sanadora, empecé a ir allí los domingos.  Llevo años conociéndola y perdiéndome en sus encantos.  Según me dicta el corazón, le doy vuelta a la derecha o izquierda.  Hacia el lado que mira al mar o adentrándome en sus matorrales de vegetación escasa aunque no faltan gran cantidad de tabaibas, cardones, lavanda salvaje, verodes y otras plantas cuyos nombres desconozco.  Unas de las que más me gustan son las higueras que hay en una de sus faldas.  Cuando es la época de los higos, me pierdo en ellas y cosecho sus frutos, con toda la frescura del mundo, como si se tratara de mi propia finca.  En realidad es un espacio natural protegido.  Sus dueños son unos seres invisibles que lo habitan y los visibles que lo visitamos.  Después de tantos años conociendo esa montaña, siempre que puedo vuelvo a recorrerla.  No sé si es sanadora o no, lo que sí sé es que es encantadora y me da  serenidad, tranquilidad, equilibrio y amor por la naturaleza.  En ella encuentro siempre esa soledad relativa que busco a veces los domingos.

POPURRÍ de Águeda Hernández




Ring… ring…ring.  Suena el teléfono.  La señora, por sus cortos pasos, se ve que es mayor.  Voy, voy, va repitiendo y justo al descolgar el auricular, no le dio tiempo de preguntar quién era, cuando una voz algo acelerada, resonó en sus oídos. ¡Mamá!  Ya supo quién estaba tras la línea.  Sin opción de contestar nada, sigue oyendo la voz. Menos mal que te encuentro en casa, te llamo porque tengo un problema. ¡¿Mamá?! Claro, soy yo, tuvo tiempo de contestar la señora.  Sí, acabo de llegar en este momento a casa, ya sabes que por el tráfico siempre llego tarde.  Me puse a hacer el almuerzo y como ya está llegando la hora de ir por los niños al colegio, decidí hacer un arroz blanco, como dices tú, que es una materia prima que va con todo lo que quieras poner, da poco trabajo… Por ejemplo, se los sirvo con las croquetas de espinacas que me dejaste hechas o con salchichas de pavo…  El problema es que cuando destapo el caldero el arroz ¡horror!... el arroz quedó aguado, ¿qué hago, mamá? y ahora la lavadora ya terminó, cumplió su misión, ahora tengo que pasar la ropa a la secadora, buscar a los niños…en fin, que las veinticuatro horas del día son pocas para todas mis labores diarias, ¡creo que ni con 50 sería suficiente! ¡Mamá! Dime algo… por favor ¿qué hago con el arroz?.  Ah, vaya, hija…con el arroz, creo que lo mejor es que a los niños les des solo el complemento, fruta o algún postre, en la nevera siempre encontrarás algo.  ¡¿Qué me dices, mamá, qué no les de arroz?!  Si el arroz es la materia prima, ¡no se puede comer el acompañante sin el arroz ¡ ¿qué hago?.  Hija, si el arroz sigue líquido, quítale un poco de agua, o agrégale trocitos de jamón serrano frito o tomates picaditos sazonados con orégano, aceitunas picaditas y…¡ya se convirtió en un arroz caldoso! y lo acompañas con el suplemento que ya tienes preparado.  ¡Gracias, mamá! Siempre se te ocurren soluciones fáciles. ¡Adiós, mamá!.  Clan… ¡Dios mío!, exclamó la señora, y no tuve tiempo ni ocasión de preguntar por mis niños, mis nietecitos.  Se puso las manos en la cabeza e iba de un lado a otro. ¡Qué difícil la vida de nuestros hijos!.  Siempre corriendo y siempre llegan tarde y eso que van en coche y no en burro… Viven rodeados de electrodomésticos; tantos aparatos, tantos enchufes que yo no entiendo.  A ellos les falta tiempo para atenderlos a todos: lavadora, secadora, aspiradora, lavavajilla, microondas….¡ y con un marido que sabe ponerlo todo a funcionar!  Todo en su casa camina así.  Pero existiendo su felicidad, que no funcionan, creo yo, con fáciles automatismos sino que hay que conquistarla todos los días…  La señora, al volver al sillón, iba pensando que así lo harán: ¡conquistar todos los días la felicidad!.