Cuando estás buscando
una cosa, la tienes delante de ti y no la ves, de pronto piensas, ¿será que no
abres bien los ojos?; vuelves a mirar y es verdad, no habías mirado bien. Entonces
te excusas, diciéndote que lo que buscabas no era de la misma marca que has usado toda la vida y, así te
quedas más tranquila. Al final, terminas riéndote de ti misma, que es lo mejor
que uno puede hacer: reírse por tonterías y, otras veces, ¡que te hagan reír
sin querer!. ¿Habrá algo mejor?. Hay que
reír siempre, incluso cuando es una tarea impuesta como la de esta semana,
entonces…¡hasta de su mismo nombre se ríe una!
RELATOS DE LOS COMPONENTES DEL TALLER DE LECTURA DIRIGIDA Y NARRATIVA “EL TRANVÍA”
jueves, 10 de abril de 2014
SI ME RÍO SOLA. De Maruca Morales.
LA AMISTAD de Esther Morales
Cuando una amiga se va,
deja un vacío grande, difícil de superar y llenar. Pero, cuando en menos de dos
meses desaparecen tres amigas, lo que se
deja es un socavón que, por más que lo intentes, siempre quedará abierto.
No quiero ponerme
triste al recordarlas, quiero evocarlas alegres, guapas, vitales, con su gran
sentido del humor y su amor a la vida.
Al comparar una con
las otras, es sorprendente que, procediendo de tres islas distintas, tuvieran
tanto en común.
Las tres poseían una
gran vitalidad y alegría de vivir, eran coquetas y presumidas. Sobre todo, eran
dueñas de un gran sentido de la responsabilidad como trabajadoras; grandes
madres, lo daban todo por sus hijos. Les gustaba la vida y disfrutaban de ella
plenamente.
Sabían que iban a
morir y se enfrentaron a la muerte con gran valor, coraje y rabia.
Creo firmemente en la
vida después de la vida. Estoy convencida de que, después de nuestro paso por
esta vida, ¡que es un minuto en la eternidad!, pasamos a otro plano espiritual
donde somos más conscientes porque recuperamos nuestra conciencia al cien por
cien.
Espero, en el futuro,
poder coincidir en el espacio y tiempo con ellas. Con la herreña, contemplaré
la gran obra de Dios, todos los seres vivos, animales, plantas, la tierra y sus
paisajes y nos recrearemos en su grandeza, dándole gracias.
Con la gomera, bailaré
y cantaré los cánticos de nuestra tierra
y haremos un gran recorrido por todo el mundo, rescatando lo mejor de cada
sitio; lo pasaremos muy divertido.
Con la de Tenerife,
definiremos juntas el concepto de Dios y su creación máxima: el hombre a su
imagen y semejanza. Haremos el recorrido por Barcelona, el que nunca pudimos
hacer. Y sobre todo, iremos a la catedral de Santa María del Mar para
disfrutar, como niñas, de esta gran obra de la cristiandad.
Aprenderemos mucho
juntas y disfrutaremos todo lo que, en vida no, pudimos hacer.
Gracias amigas por su
amistad.
ESCAPARATE de Tatiana Silkwood
...Y allí estaba el
escaparate, con aquellos maniquíes a los que les sentaba tan bien la ropa.
¡Pero que mona iba a estar yo con eso puesto!.
Después bajaba la
vista y….el precio era disuasorio. No importaba, siempre estaba el maniquí de
al lado que era igualmente atractivo…,o la posibilidad de adquirir prendas
sueltas: ¡ahí estaba el gancho!. ¿Iba yo a poder combinarlos con ese acierto?
Mi fondo de armario no
resistía ciertas extravagancias...;la pena de quedarse la prenda colgada o ir
ridícula. Después, el cristal me devolvía la imagen propia y me decía “pero si ya
no tienes veinte años”, “¿a dónde vas con esa ropita?” y yo le contestaba,
“cierto, pero con veinte años no podía comprarla”. Ahora puedo permitirme ser
algo excéntrica.
EL PASO ACCIDENTADO de Alicia Carmen
Desde pequeña oí
diferentes idiomas y conocí disímiles costumbres, ¿por cual me decantaré?, me
preguntaba. Decidí, finalmente, tratar
de tomar lo mejor de cada una.
Recuerdo ese
maravilloso clima donde me crie, siempre primaveral y cómo me gustaba tomar sol
en la playa, hasta que un compañero me hizo notar que parecía que lo tomaba a
través de un colador.
Cuando cumplí 15 años
todos festejaron en casa que ya era casi una señorita, así es que, con un
dinerito ahorrado, fui a la farmacia de la esquina y me compré mi primer lápiz
labial, el de color más intenso que me mostraron, y buena reprimenda que
recibí, nunca supe por qué, pues si era mayor para unas cosas ¿por qué no para
otras?. Pero como seguía empeñada en estar guapa, volví a la farmacia y compré
glicerina que mezclé con jugo de limón y así, toda embadurnada, en las noches
soñaba que se me quitaban las benditas pecas. Y como mi pelo se empeñaba en no
amoldarse, me agarraba los rulitos con cerveza. Cundo un día llegó un
enamoradito a visitarme, salió disparado pensando sabrá Dios qué de mi salud
mental.
A veces quisiera pedirle al tiempo que vuelva pero
no, porque dicen que los años más duros en la vida de una mujer son entre los
10 y los 70 años y a mí me falta lo mejor.
jueves, 3 de abril de 2014
MARTINA de Tatiana Silkwood
Camina a
través de la arboleda de un parque. Es
otoño y hay una lluvia de hojas muertas que siembran el suelo. Se detiene; duda pero lo hace y al final se
sienta en un banco del parque. Mientras
mira su falda de paño y sus zapatos de charol, contempla como un perro
abandonado se acerca y lame sus zapatos.
Le parece ver a su hija que la contempla con una gran pena…; es su hija
Martina. No siente nada, ni siquiera el
frío asiento del parque…es 1950.
MARTINA de Roberto.Es
En días como estos: lluviosos, fríos; la melancolía me
invade, dejando paso a los recuerdos que, sigilosos, acuden a mi memoria. Noto su presencia. Allí, en la alacena, su ajada fotografía me
mira, me atrapa. La tomo entre mis manos
y, apoyado en el alféizar de la ventana, tras el lloroso cristal, imagino sus
andares; evoco sus últimos días entre nosotros.
En su juventud, poseía una figura elegante, estilizada. Ahora, es la sombra de lo que fue, con sus
pasitos de vieja geisha: pasos pequeños y lentos…, cansados pasos. Ya la vida le estorba, la arrastra como un
pesado fardo del que quisiera deshacerse.
Pero no está sola; su inseparable perro la acompaña en sus últimos días,
en sus últimas horas. Comparte su
destino que se extingue…, dejando en rescoldos lo que antes fueron llamas
vigorosas.
Toma asiento, está exhausta, abre sus pulmones y los llena de
oxígeno…, de vida. Es otoño, sus
ancianos ojos observan el crepúsculo de los árboles. Sus hojas, ataviadas con dorados, púrpuras y
magenta, anuncian el final de su existencia, ya consumida, para devolverlas a
la tierra. Ella, también desea cerrar
por fin sus agotados párpados y descansar…, y dormir.
Allí iba cada día; a su querido parque, donde se encontraba
bien; rodeada de sus flores, en su banco favorito. La encontraron una tarde de 1950, con su fiel
amigo a sus pies, velándola. Sus
delicadas facciones reflejaban la paz anhelada.
Murió tranquila, como deseaba; con una amable sonrisa dibujada en sus
labios…, nos dijo adiós
Había sido feliz; había tenido una vida plena, dueña de sí misma, de sus actos, decidiendo
desde su libre albedrío, adelantada a sus tiempos. Sí, así era mi madre: independiente y
resolutiva. Siempre nos quisimos, aunque
no nos soportábamos. Yo, Martina,
también heredé su individualismo vital.
miércoles, 2 de abril de 2014
VENENO de Tatiana Silkwood
Era lo que llevaba en su mente, volteándose el pasado contra sí
mismo, una y otra vez y otra … ¿Qué
clase de grabación era aquella que, apenas interrumpida, volvía a iniciarse
sola?
De modo inconsciente, así ocupaba el día, sin darse cuenta de
que ese era tiempo muerto; de que ya no iba a vivir más y de que estaba matando
el presente.
Tal vez, la venganza consiguiese calmar aquel fuego de
regusto amargo que le subía desde sus entrañas, dilatando sus pupilas y
ennegreciendo su belleza. Aquella cosa,
aquella cosa que le quemaba desde dentro … se llamaba veneno y él lo había
virado en su magnífico laboratorio que es el cuerpo humano.
Era lo que llevaba en su mente, volteándose el pasado contra sí
mismo, una y otra vez y otra … ¿Qué
clase de grabación era aquella que, apenas interrumpida, volvía a iniciarse
sola?
De modo inconsciente, así ocupaba el día, sin darse cuenta de
que ese era tiempo muerto; de que ya no iba a vivir más y de que estaba matando
el presente.
Tal vez, la venganza consiguiese calmar aquel fuego de
regusto amargo que le subía desde sus entrañas, dilatando sus pupilas y
ennegreciendo su belleza. Aquella cosa,
aquella cosa que le quemaba desde dentro … se llamaba veneno y él lo había
virado en su magnífico laboratorio que es el cuerpo humano.
MARTINA de Carmen Garcés
La lluvia limpia todo; cuando cesa, hace que los días sean
más alegres, más festivos. Yo me detengo
a contemplarla a través de la ventana y, a veces, miro hacia la alacena; allí
en una repisa hay un viejo retrato.
Éste, con el cariz que le ha dado el paso del tiempo, me traslada hasta
el pasado de su protagonista. Su figura
escuálida, casi de caricatura; vestida con una burda falda de paño y unos
grotescos y horrendos zapatos de charol que le dan una apariencia pasada de moda;
casi irrisoria. ¿En qué estaría pensando para vestirse así? Seguro que en las
últimas tendencias de la época no sería.
Se muestra solitaria y melancólica, en medio de un parque, rodeada de
esqueléticos árboles; ya podía haber escogido un entorno un poquito más alegre
para la foto, digo yo.
Sigo pensando en ella y, me la imagino caminando sola por
allí, con la única compañía de un perro.
Bueno, no es para menos; con esa apariencia no creo que tuviera mucha
suerte con los hombres. Miro el dorso de
la foto y leo “A Martina, 1950”; ese fue el año en que apareció muerta. La encontraron sentada en un frío banco del
parque, vestida con esa misma ropa –sería que no tenía otra o que la compraba a
lotes –y con la única compañía del perro, que lamía constantemente sus zapatos;
parece que es al único que le gustaban.
Al pensar en su muerte, imagino que murió congelada (es
lógico; ¿a quién se le ocurre ir al parque en pleno invierno, a sentarse en un
helado banco de piedra?, seguro que se murió porque se le congeló el trasero y
ya no pudo levantarse). Ah, por cierto,
Martina, a la que está dedicada la foto, soy yo, su hija.
VENENO de Lilia Martín Abreu
Con la mirada perdida, las manos temblorosas y una tristeza
muda acompañándola como una sombra, tomó la decisión. Con mucha cautela, vertió
el sobre en la botella para después, dejarla en el mismo lugar en que la
encontró.
Su oxígeno, su mente, su estado de ánimo, todo, estaba
envenenado de rabia e impotencia; le había despojado de su mundo de colores
para transformarlo en una horrible pesadilla.
Su decepción era profunda y no comprendía qué pasaba, sólo sentía dolor,
un dolor que la desgarraba por dentro.
Él había arrasado, sin pudor, su inocencia. Y ella estaba sola y
decepcionada, sin saber a quién recurrir.
Asustada, confundida y apoyada en un rincón, temblando de
miedo, estaba ella, cuando se lo llevaron a él y, entre su aturdimiento, acertó
a escuchar unas palabras.
-¡Pobre niña, queda desamparada y sola! Su padre era su única
familia.
MARTINA de Alicia Carmen
Hoy me han dicho que Martina ha fallecido, pero no, no es
verdad; ella había dejado este mundo hace muchos años cuando, poco a poco, se
sintió apartada. Ya no era
imprescindible, pues lo había entregado todo: su salud, su amor, su vida
entera. En sus peores momentos de
soledad, levantaba el teléfono, aunque fuese sólo para oír: le informamos que no tiene ningún mensaje.
Martina nunca encajó en ese nuevo entorno que se fue creando
a su alrededor; nada de esplendor y riqueza.
Ella era humilde y así prefirió mantenerse, aunque cada día se sentía
más triste.
¡Qué sepelio solitario! Casi nadie estaba allí, quizás por vergüenza
o ¿arrepentimiento?. Aunque soy dueña de
una importante empresa, no me importó perder ese día una reunión con los más
altos ejecutivos del país, y me alegro, porque me entregaron este retrato tan
sencillo como ella misma y también los zapatos de charol de Martina, que
brillan de nuevo a través de mis lágrimas, al recordarla cuando me enseñó la
palabra: abuela.
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