jueves, 13 de febrero de 2014

TRAS TRAS De Maruca Zamora.


La niña más linda es mi Paulita, decía Ana su madre, mientras le acariciaba  con mucho amor la cabecita de rubios cabellos. A Paulita le gustaba que su madre la llevara de paseo al parque a ver los animalitos y jugar con ella a su juego preferido. Le tapaba la carita con las manos y decía: ¡tras tras!.  A  la niña le gustaba este juego y trataba de imitar sus gestos, mientras pensaba que mamá tenía magia, ¡desaparece y aparece cuando me quito las manos de la cara!, se decía. Repetía el juego una y otra vez hasta que otra cosa llamaba su atención: los zapatos de tacón de mamá.  Se los puso y taconeaba por toda la casa. Al ver a Lucas, su perro, en el jardín, quiso ir a jugar con él. Salió corriendo y los zapatos volcaron por el aire, sus pies chapoteaban en el agua que había dejado la lluvia esa mañana. Corrían felices y su vestido estampado se confundía con las flores del jardín; al tropezar con ellas con su juego, caían los pétalos al suelo. ¡Este  juego me gusta! le decía a Lucas, abrazándolo.
 Ana, que los observaba, pensó, cuando a mi niña le deje de gustar el tras tras, ya no tendré magia para ella, le gustarán otros juegos, indudablemente mi niña está creciendo y el tiempo será quien diga, tras tras…




SUBIR LA CUESTA De Roberto ES.





Nada más verla. Tomás creyó que no podría subirla… No era una cuesta más; había dejado muchas atrás a lo largo de su existencia; pero ahora se le antojaba más pendiente y angosta que nunca. Seguramente porque sus fuerzas flaqueaban; y su cuerpo cansado, con los años, se había vuelto perezoso.
Pero había que subir una vez más, levantarse y emprender la marcha hacia la cima. Antes, tenía que estudiarla detenidamente, desde la tranquilidad, sin precipitarse; buscar su parte menos empinada, menos dura, y ascender pausadamente pero con firmeza y decisión, parando cada poco para respirar, y descansar, y meditar, y decidir…,sí,  continuar subiendo dejando atrás un poco más de pasado, de ilusiones perdidas, de besos al aire y caricias al viento; o simplemente pararse, detener su camino, que quizás se dirija a ninguna parte; o tal vez, sea una huida hacia adelante, en busca de aquello que le ha sido negado. No puede más, le falta el aliento, desfallece; pero tiene que seguir la ascensión por la ladera del alma con pasos que estampan profundas huellas y, enraizadas a su piel, abultadas cicatrices cinceladas a través del tiempo como olas que rompen contra los pilares de su ser; una fuerza invisible que le impulse hacia el fin de este camino vital. Y será entonces, cuando corone su meta, donde encontrará por fin la paz que anhela su corazón extenuado.
¿O, acaso habrá otra pendiente…?




AQUELLA NOCHE. De Maruca Morales.



Aquel día había dado de sí una noche inolvidable. Candelaria salió del hotel muy contenta, porque había pasado mucho tiempo esperando casarse con su novio, llorando por su amor de muchos años, mientras él se la pasaba dándole disculpas, pero… ¡al fin le llegó el día inolvidable en el que  Sergio decidió  casarse!.

Todo fue muy bonito y tenía el convencimiento de que nunca olvidaría aquella noche, después de luchar tantos años por aquel amor, llegó lo que alguna vez pensó que nunca llegaría; la noche de aquel día…


LA ESPERANZA. De Maruca Morales.





¿Para que sirve la esperanza? nos preguntamos. La esperanza es la fuerza secreta que brota de muy dentro, se nutre de vitaminas, de fe y deseos, para alimentar ella la voluntad humana…
La esperanza sirve para aprender a soñar porque sin esperanza, estaríamos aburridos, siempre las mismas metas y los mismos caminos, siempre las mismas costumbres y los  mismos objetivos.
La esperanza sirve para aprender a sonreír, porque sin esperanza enfermaríamos de tristeza y seriedad y perderíamos nuestra condición de niños.
La esperanza sirve para aprender a rezar, porque conscientes de nuestra debilidad, nos invita a mirar a lo alto, nuestra confianza se fundamenta en las palabras y las promesas del Señor.
La esperanza sirve para aprender a luchar, porque sin esperanza, se huye ante cualquier amenaza, y se sucumbe ante cualquier dificultad. La desesperanza lleva a la derrota.
La esperanza sirve para aprender a vivir, porque vivir no es subsistir, sin esperanza la vida es mortecina, aunque se viva mucho tiempo. No es cuestión de poner años a la vida,  sino vida a los años.
Vivamos gritando y sembrando esperanza y que en ella el niño Dios nos mantenga fuertes y abiertos al amor…
Y a todas las compañeras y compañeros de clase que el señor los mantenga fuertes con salud para que el próximo año volvamos a encontranos con nuestra profesora Isabel a la cabeza.

A todos felicidades.


LO MÁS TRISTE. De Juani Hernández





Ella, desde su más tierna infancia, o mejor dicho, desde que aprendió que con los sonidos se formaban palabras y que las palabras podían tener diferentes significados, aún más, que traían consecuencias…y no siempre del agrado de todos,  ella, digo, se propuso aprender a hablar como bien decía su madre “con propiedad”.  Ella se caracterizaba por lo hermoso y cuidado de su vocabulario. Dada su honestidad de sentimientos, sus palabras, pensamientos y acciones eran bien reflexionadas y consecuentes. Siempre fue conocida por ensalzar la belleza de la naturaleza, de toda la obra de la creación. Portaba toda ella una bondad…, una gran energía de amor.
Pero ¡mira por donde!. Con el tiempo y el frecuente trato con la gente, constató con gran asombro y estupor, que eso precisamente no era lo habitual en la sociedad donde vivía.  La mayoría de la gente y no digamos los políticos, el clero y los educadores se expresaban con un absurdo, ilógico y descabellado montaje de exposiciones repetidas, prejuzgadas casi siempre, puestas de moda por personajillos de dudosa capacidad, careciendo por ello de todo rigor.
En sus reflexiones llegaba incluso a dudar de sí misma y en no pocas ocasiones, preguntarse…, ¿estaré equivocada en mis reflexiones?. ¡Quizás el mundo no es como yo lo veo! ¡NO!…me niego a creerlo!, se decía.
Lo más triste es que, con frecuencia, a las personas se las condena a la indiferencia. Cuando no al ostracismo, queriendo frecuentemente arrastrarlas a la mediocridad y a la simpleza.
Ha pasado el tiempo…, a ella no le ha importado, continúa fiel a sus convicciones. Fiel a sí misma.




LA CAJA NEGRA de Ana Rosa Benítez





Volaba, y yo la sujetaba con fuerza para que no se fuera con el tiempo. Entre nubes, jugaba mientras la iluminaba los rayos del Sol. Reía y reía, aferrada a aquel gigantesco globo; hasta que voló sola, desprendiéndose de mi mano. A los pocos minutos, un zapato venido del cielo cayó en la arena, lo recogí y regresé a casa por el solitario callejón de siempre; esta vez me pareció más frio y gris. Creo que sentí miedo.
El estridente sonido del despertador me sobresaltó.
La busco al otro lado de la cama y está vacía, la única verdad era que ella no estaba. Lo demás había sido un sueño. Sólo quedaba de ella algo de ropa en una silla y en la mesilla de noche el último libro que estaba leyendo. Esta vez no se lo había llevado porque no le cabía en la maleta. Leo el título “En el país de la nube blanca” de Sarah Lark. ¡Que ironía! Pensé. Y yo la ví en sueños entre nubes. En la radio daban el primer boletín informativo de la mañana “se ha encontrado la caja negra del avión accidentado hace una semana, en la que perecieron todos sus pasajeros”.




DIVINOS De Roberto.es


Pertenezco a una estirpe de noble abolengo. Mi padre, diseñador afamado, es requerido en los mejores foros de la moda internacional: desfiles de renombre y prestigio mundial. Di mis primeros pasos encima de una pasarela; muy pronto, me acostumbré a la excitante luz de los focos y a sentir el caluroso aplauso del selecto público, invitado en estos exclusivos eventos. Soy adorado y mimado con intensa vehemencia por señoras de la jet set y seguido por los fashion victims.
Poseo líneas estilizadas, pero firmes. En mi caso, el tamaño sí importa, pues poseo los quince centímetros más deseados por las diosas del glamour. Soy arropado por medias de seda y encaje que adornan piernas infinitas, torneadas cual columnas corintias; estos monumentos me poseen, adoro su contacto y, dentro de ellos, en perfecta comunión, piel con piel, deslumbramos a todo el que nos admira y despertamos ocultos deseos con nuestros sensuales y sexis movimientos.
Mi apellido es Blahnik y mi nombre es Manolo como mi creador; y  si todavía no sabéis de qué os hablo, os diré que soy un zapato de tacón, pero no uno cualquiera; sólo estoy hecho para pies exquisitos; sibaritas que buscan la elegancia y singularidad de un calzado que imprima una huella de sensual pasión.
En fin, éste soy yo: un auténtico Manolo.




SUBIR LA CUESTA De Alicia Carmen







Nada más verla, Alicia creyó que no podría subirla… ¡que tristeza!, pensó, tanto caminar mis pies muy adoloridos, casi no pudo respirar, y ese viento implacable y gélido.

Debo serenarme, dijo en voz alta, si he llegado hasta aquí, no debo desfallecer, al revés, haré ese ejercicio mental que me explicaron y nunca tuve necesidad de utilizar. Ahora es el momento. Pensaré en algo bello, en un hermoso río rodeado de palmeras, un aroma exquisito de alguna flor silvestre, la mano tibia de esa persona que conocí hace tanto tiempo y nunca he vuelto a ver, esos ojos de una penetrante y a la vez dulce mirada. ¡Ya me siento mejor!, exclamó, estoy segura de que podré subir esa cuesta y quizás todo lo que he imaginado aparezca detrás de ella.



SUBIR LA CUESTA De Águeda Hernández





Nada más verla, Águeda creyó que no podría subirla…
Cuando el Sr. Peter, de 89 años, me contó esta vivencia suya, él entrecerraba los ojos como si enfocara hacia las montañas, creo que más distante. Así comienza:
Me llamó la actitud furtiva del hombrecillo que buscaba algo en el maletero, y después sacó un objeto pesado, envuelto en un pedazo de tela. Me sacó de mi fascinación. No creo que me haya visto mientras cruzaba trabajosamente la carretera. Con curiosidad, le seguí a distancia. Se movía con dificultad, deteniéndose de vez en cuando para tomar aire, finalmente llegó a la cresta de una pequeña loma, estudió la pendiente, alzó su bulto y empezó a descender.
Corrí hacia él pero cuando llegué a la cima ya él estaba abajo. Se arrodilló y desenvolvió el bulto con cuidado. La pieza de madera parecía pesar seis kilos, seguía teniendo el aspecto de la madera y se había convertido en piedra con destellos de colores. El viejo se agachó, acarició cariñosamente la piedra. Al fin se levantó, acarició una vez más su piedra. Yo corrí monte abajo. Me vió, luego miró su piedra y volvió a mirarme tímidamente .
-Es una hermosa piedra –le  dije.
-Tenía que devolverla –dijo.
-¿Cuándo la encontró?.
-Hace 60 años. Yo tenía 13.  Mi hermano y yo la sacamos de aquí y la escondimos en casa. Mi padre se enfadó cuando la vio, pero para entonces vivíamos fuera de allí. Siempre pensaba que la había tomado prestada. Juré regresar  y devolver la roca que amé con tanto remordimiento a través de los años.
 Él miró hacia la cima ¡horror!, imposible subir esa cuesta, horriblemente pendiente. Yo me ofrecí a ayudarlo. Pude distinguir la sonrisa en el rostro de mi acompañante, un viajero atrapado entre el alivio y la pérdida.




SUBIR LA CUESTA De Esther Morales



Nada más verla, Esther creyó que no podría subirla… Salió al amanecer, a las siete de la mañana, acompañando a la Virgen de Los Reyes al son de chácaras, pitos y tambores. El reto era el risco de Jinama, 4200 metros de distancia, prácticamente en vertical. La subida Los Corchos, las Vueltas del Pino, cuando llegó a ellas, Esther ya estaba cansada. Pensó que no iba a poder seguir, pero al oír a los bailarines y el ¡Viva la Virgen Viva!, es como si hubiera cogido su energía y sin pensarlo siguió.
Continuó el camino hacia El Mocán de la Sombra y el Mocán Los Cochinos milenarios que, si hubieran podido, le hubieran contado asombrosas historias. La cueva Las Pipas, para echarse un tentempié  y al fin, las vueltas de Jinama y su Cuchillo, desde donde se veía el Golfo en todo su esplendor. En su memoria, las Vueltas no tenían vegetación y para su desconcierto, su vista se recreó en todo su vergel. Y al fin, la ermita de La Caridad que le dió la bienvenida, la brumita y el frescor de la meseta de Jinama y San Andrés.

La alegría de Esther al ver a sus tres hermanas mayores esperándola fue enorme. ¡Que recuerdo y alegría sintió  su corazón, al  lograr cumplir su sueño, su ilusión de subir aquella cuesta!.