jueves, 26 de septiembre de 2013

TENGO QUE CONFESARTE ALGO de Ana R. Benítez






Te encontré una tarde y en cuanto te vi, supe que íbamos a pasar mucho tiempo unidos.  Desde que dormimos juntos, mi vida es más sosegada; hasta las pesadillas que me despertaban, sobresaltado y agitado, han desaparecido.
La suavidad con la que rozas mi cabeza, mi cuello… hace que los pensamientos negativos se conviertan sólo en eso, pensamientos sin adjetivos.
Tu olor a limpio, tu moldeable figura vestida con colores pastel, tu capacidad de saber escuchar sin interrumpir, hace que te confiese cada noche mis sueños, mis anhelos y mis miedos.

Espero que esta armonía dura una eternidad, querida almohada.



TENGO QUE CONFESARTE ALGO de Alicia Carmen



Perdona mi atrevimiento, pero tengo que confesarte algo:
¡Tu sonrisa es maravillosa!.  A pesar de mis doce años, se apreciarla muy bien.  Cuando abro la puerta en las mañanas para ir al colegio, algo me dice que te encontraré allí en la acera de enfrente, esperando para sonreírme.  Tú con tus libros en la mano, yo con los míos.  Tú al colegio de curas, yo al de monjas.
Quizá, en todo el día no nos volvamos a ver, pero tengo la certeza de que al día siguiente yo abriré la puerta esperanzada y tú estarás allí con tu hermosa sonrisa.
A mi edad. ¡qué más puedo pedirle a la vida!

Simplemente debo confesarte que… ¡me haces muy feliz!



MÚSICA EN EL ALMA de Carmen Garcés



-¡Qué día tan hermoso amaneció hoy! –pensó Lucía.
Saló al balcón y el sol iluminó su rostro calentándolo con sus primeros rayos, mientras el aire fresco de la mañana traía el aroma del mar.  Estaba cerca y casi podía percibir como rompía contra las rocas formando una espuma blanca. 
En la calle, los coches pasaban incesantemente y la gente, presurosa, se dirigía a sus tareas diarias.  Niños que, conversando, caminaban alegremente rumbo a la escuela, señoras con las cesta de la compra…
Fue entonces, cuando Lucía vio bajo su balcón una pareja que la enterneció, porque aún sin llegar a escuchar lo que se decían, pudo adivinar sus palabras, sólo con ver en sus rostros, el amor con el que se miraban.  Aspiró profundamente y se dirigió al salón.
Allí abrió las ventanas de par en par para dejar completamente iluminada la estancia.  En un rincón, había un viejo tocadiscos con dos altavoces, colocados en  el suelo.  La noche anterior, Lucía había colocado en él su disco favorito, así que lo encendió y se aseguró de tener bajo el volumen, no fuera que los vecinos fueran a protestar.
La música rítmica y alegre que Lucía conocía tan bien comenzó a inundar todo su cuerpo, subió con fuerza a través de sus pies descalzos sobre el suelo de madera de la estancia, para hacer vibrar cada fibra de su ser.  Ella, que siempre había sido muy buena bailarina, se dejó llevar por los impulsos y comenzó a bailar y a cantar aquella melodía que se sabía de memoria.  Hacía tiempo que la conocía y siempre la transportaba a un mundo de ilusiones y fantasías que llenaba su corazón de alegría.
De pronto, una luz roja comenzó a parpadear para devolverla a la realidad.  Era esa lámpara que, colocada estratégicamente sobre la puerta de la cocina, le recordaba aquel suceso que cambió su vida para siempre.  Era la luz que le decía que llamaban a la puerta. 
Sí, porque Lucía había perdido la audición por completo hacía ya siete años, a causa de una enfermedad, pero la música y el baile los guardaba en la mente y en el corazón y eso, la sordera no pudo arrebatárselo.



ROCOCÓ de Carmiña Gohe




El armario estaba ya cansado de llevar dentro toda la historia del vestuario, olvidado allí desde hacía ya mucho tiempo.  Por eso, pensó que tendría que salir para lucirse por las calles.  Hablaron aquel vetusto armario y aquel antiguo vestuario y llegaron a un acuerdo: juntos contarían las dormidas historias de Chippendale  Rococó  y su Gótico oscuro con aire oriental.


LA CAPILLA SIXTINA de Esther Morales



Tengo un amigo al que admiro muchísimo.
Un día entró en la peluquería, que por cierto estaba llena de clientes, y nada más verlo, le pregunté que se iba a hacer, si se pensaba cortar el pelo.  Me respondió que sí. Entonces le dije:
 –Jorge, como yo tengo mucha gente esperándome, ¿a ti te importa que te atienda mi compañera para que salgas con más rapidez?
-No, prefiero esperarte, que yo me veo muy bien cuando tu me lo cortas.  Además, como te veo hoy muy serena y relajada, quiero proponerte un negocio, un trato.  Que vendas entradas para una cena que estamos organizando para recaudar fondos para un viaje a Roma.  Yo tengo mucha ilusión por ir a ver la Capilla Sixtina.  Mi mujer no tiene ganas, algo que yo no comparto.  No entiendo como una persona puede no tener ilusión de ver la Capilla Sixtina.

Cuando escuché aquello, mi admiración por él creció aún más y será siempre eterna.  Él, seguro que como invidente que es, verá cosas que otros no podemos ni imaginar.




NO LO SÉ, ¡LO CONFIESO! de Juani Hernández



En las primeras clases de este taller de narrativa, después de saludarnos cariñosamente profesora y alumnas, todas coincidimos en lo mucho que nos habíamos extrañado y el bien que estas extraordinarias clases nos proporcionan.
Nuestra profe, Isabel, como siempre tratando de sacar lo mejor de nosotras, nos invitó a preparar un trabajo para el desarrollo de nuestro ingenio y creatividad, en el que la voz narrativa contará a través de la ausencia de uno de estos tres sentidos:  vista, oído u olfato.
¿Cuál descartaría?.  Yo pensé: ¿cómo relatar la grandeza de un acantilado, o describir el paisaje, o un horizonte azul, el cielo y las nubes? ¿cómo narrar el sonido del batir de las olas rompiendo contra las rocas, o percibir el olor del musgo o el salitre en el aire?

¿Qué sentido eliminar? ¡No lo sé hacer, lo confieso!.  Relatar este magnífico espectáculo de la naturaleza, regalo para los sentidos, prescindiendo de alguno de ellos…, ¡no lo sé hacer!.




CIEGA de Maruca Morales







Desde pequeña he estado ciega.

 Siempre me ha gustado compartir lo que tengo con los demás aunque me quede sin nada; no me ha importado, pero ahora, que soy mayor, he vivido tantas cosas que he llegado a la conclusión de cuán ciega he estado en el transcurso de mi vida.  Ciega en el amor por el esposo, después los hijos y ahora los nietos.  Aunque sea ya demasiado tarde, el tiempo te abre los ojos para que te des cuenta de lo ciega que has estado toda la vida.



jueves, 19 de septiembre de 2013

LA OTRA de Lilia Martín Abreu




(Relato finalista Concurso Narrativa HERTE 2012)


De pronto fue como si el mundo se pusiera al revés para Carmen.  Cuando llamaron a la puerta y ágilmente acudió a abrir en bata, pantuflas y un tanto despeinada, se llevó una gran sorpresa al encontrarse ante ella a una mujer de un porte elegante y figura espectacular, de esas que no pasan desapercibidas y la gente da la vuelta al verla pasar.  Iba enfundada en un traje que le ceñía el talle y la hacía lucir cual portada de revista, exhibiendo una brillante melena que le realzaba aún más, si cabe, sus mechas en tono ceniza.  Llevaba también unas gafas de sol modelo aviador que le daban un toque interesante, a la vez que actual, subida a unos tacones de vértigo y en sus manos, un selecto bolso del diseñador Louis Vuitton, que daba envidia solo verlo, y todo aquello perfumado con el inconfundible aroma de Chanel número cinco.
Ante tanto glamur y derroche de buen gusto condensado en la persona que tenía delante, Carmen se sintió como trapo de limpiar suelos y quedó que no sabía dónde meterse, ni qué hacer en tal situación.  La mujer la observó con interés, diciéndole:
-Hola, Carmen, ¿Cómo estás?
Más perpleja quedó Carmen que, confundida, le contestó:
-Perdón, ¿nos conocemos?
La forastera la contempló serena, dedicándole una amplia sonrisa, como de alguien que se encuentra a gusto con su cuerpo y en paz con la vida.  Segura de sí misma, le contestó:
-Claro que nos conocemos, Carmen, ¡y tanto! Soy Manolo, tu ex marido, el padre de tus hijos, que vengo a verlos!
La mirada que Carmen le dedicó fue impagable, seguida de una súbita palidez, quedando inmóvil, como si quisiera atrapar palabras al vuelo, que no conseguía que afloraran en su boca y, cuando al fin pudo gesticular palabra, lo que emergió a sus labios fue un leve balbuceo, nada inteligible.
Ella llevaba cinco años sin saber de Manolo y, solo en ese momento, comprendió en lo que él había estado ocupado.  Esa talla cien de sujetador no florece de la noche a la mañana.  Cavilaba Carmen mientras le observaba incrédula y especulaba ¿y con éste me casé yo?  Y si algo me enamoró de él es que era tan varonil y seductor, ¿cómo no pude darme cuenta antes?  Es que la verdad siempre he sido una tonta, pensaba Carmen, a quien la cabeza le funcionaba como una centrifugadora a alta velocidad.
Había permanecido cinco años intoxicada de rabia por el mutismo de Manolo ante sus hijos y gestaba esa hambre de coraje que nada tiene que ver con el estómago, pero que se la estaba comiendo por dentro.

Un sudor frío la estremeció al pensar en sus hijos, el cómo explicarles a unos niños el nuevo físico de su padre, esa nueva preocupación le hizo dulcificar el rencor contra Manolo.  Para ver cómo afrontaban la nueva noticia que tenían que comunicar a los niños.  Ella sabía de sobra que, fuera lo que fuera, Manolo no dejaba de ser el padre de sus hijos y, sobre todas las cosas, ella lo tenía que respetar.





NOCHE SIN LUNA de Ana Rosa Benítez


(Relato finalista del Concurso de Narrativa HERTE 2012)


A Olivia le relajaba escribir a su madre y a sus hijos antes de ir a trabajar.  En una pequeña y austera habitación de hotel, intentaba que las palabras que les iba a transmitir resultasen halagüeñas.
    Querida familia:
Me alegra comunicarles que me encuentro bien, tengo un buen trabajo y estoy ahorrando para que en un futuro no muy lejano estemos todos juntos.  Quiero que no se preocupen por mi y sean felices.  Les quiero mucho.

Olivia tuvo que hacer esfuerzos por no mojar el papel con las lágrimas que corrían por sus mejillas.  Lentamente se levantó, se puso las medias negras de rejilla, la minifalda de cuero, la blusa estampada de generoso escote, se pintó los labios de rojo carmín y salió a la calle.

La noche en la que la luna apenas hizo aparición, ella no se percató de la sobrecogedora oscuridad. Su pensamiento lo ocupaba una sola idea, la de ganar dinero suficiente para comprar sellos y poder enviar aquella carta.



PUEBLOTRISTE de Maruca Zamora






En aquel pueblo todo se veía triste, nadie sonreía.  Los niños no jugaban porque el rey de aquel país tenía prohibido ser feliz.  Hasta que un día apareció un hada  y, al darse cuenta de lo que allí sucedía,  pensó  que no podía ser que nadie sonriera, así que moviendo su varita mágica, hizo que las risas, sonrisas y juegos volvieran a aquel lugar.
El Rey se sintió indignado y preguntó con qué permiso osaban reírse en Pueblotriste, que aquello estaba prohibido, pero nadie le hizo caso y los niños siguieron jugando y los adultos riendo.  El Rey se puso de muy mal genio y farfullando se refugió en su castillo, mientras el hada siguió con su varita mágica repartiendo felicidad a todos los que allí vivían.

Desde entonces, todo es alegría y ahora el pueblo cambió de nombre.  Como podrán suponer, pasó de ser Pueblotriste a llamarse Puebloalegre.