jueves, 30 de agosto de 2012

LA ALEGRÍA DE MARIO de Maruca Zamora





Después de haber tenido una vida organizada y feliz, empezaron los problemas económicos y familiares.  Su esposa, un día, decidió irse de casa, más tarde se divorciaron.  Los niños quedaron con él, por resolución judicial, y esto enfureció a Julia, su ex-mujer.  Juró que se vengaría, así que, un día sacó a los niños del colegio y desapareció con ellos.
Mario, desesperado, hacía cuanto podía para encontrarlos y, sin éxito, la tristeza lo invadía cada vez más.  Su situación económica tampoco mejoraba, lo cual no le ayudada precisamente en la búsqueda de sus hijos.
El tiempo pasaba y con el paso de los meses, terminó conformándose.  Se sentaba a la orilla del mar, frente a su casa y miraba hacia el horizonte, repitiéndose que algún día los encontraría.
Una tarde, sentado frente al mar esperando no sabía qué, le entregaron una carta.  Fue tal la emoción al comprobar el remitente que no podía ni abrirla.  Miraba y miraba la carta, mientras las lágrimas resbalaban por su rostro curtido y envejecido por los años.  Al fin la abrió.  Era su hija quien le escribía desde otro país.  Le informaba que se casaba y le decía que le haría mucha ilusión que su padre la llevara al altar.  Le enviaba un pasaje y le pedía perdón por no haberse puesto en contacto con él, aunque le habló de las causas y las circunstancias que la habían motivado…  Nunca era tarde.  El día que tanto había esperado, estaba allí.  No cabía duda de que había llegado el momento de tan ansiado encuentro.


AIRE de Maruca Morales





Ayer me fui a pasear porque hacía mucho calor y necesitaba respirar aire fresco.  Entonces, me acordé de un parque que había no demasiado lejos de donde estaba.  Uno lleno de árboles y flores, donde seguro podría llenar mis pulmones de aire limpio, en medio del frescor de las plantas.  Hacia él me dirigí y, como no tenía prisa, allí me quedé sentada, en uno de los parques más bonitos de Tenerife, uno donde si quieres saber la hora, puedes verla en un reloj lleno de flores de todos los colores.  Ya sabrán los canarios que me lean que estoy hablando del García Sanabria.

REVESES de Alicia Carmen




La vida no es fácil; eso lo sabemos todos pero, aquel día en particular, mi reloj despertador no funcionó, ¡claro! ¡si no lo había enchufado…! ¿qué podía esperar?.  Así es que se me hizo tarde y la guagua del colegio de los niños pasó de largo.  Todos se levantaron más tarde y, por supuesto, con el apuro, la leche del desayuno se derramó y el pan se tostó en exceso.  A mi marido le hizo poca gracia transportar a los niños al colegio, antes de irse a su trabajo y así me lo hizo saber.  Yo me quedé frustrada, pensando que ese día mi papel de madre y esposa resultó un terrible fiasco.  Para completar, la lavadora se puso en huelga y, cuando llamé al técnico, me informaron que se encontraba en el Sur y regresaría la siguiente semana.  ¡Qué desespero!  Las camisas de mi marido llevarlas a la lavandería y sabía Dios qué cosa haría con los uniformes de los niños porque mis hombros no estaban tan divinos para lavar a mano ese montón de ropa.  En eso estaba, cuando me di cuenta de que se me pegaban las cholas al piso y, ¡para mi horror!, me di cuenta de que la gata tenía diarrea y ni quiero recordar el reguero y el olor.  Con alivio, oí el sonido del teléfono, ¡qué sea una buena noticia!, pensé.  Pues sí, era mi amiga Luz Marina, a quien quiero como a una hermana, e inmediatamente le expliqué mis desventuras.  Como mi amiga es soltera y no tiene marido, ni hijos y tampoco mascotas, no tuvo claro cómo ayudarme y le dije, salgamos a distraernos un poquito pues esto parece un martes 13.  Como Luz Marina es algo pusilánime, no quiso meterse en problemas.  No, me dijo, estoy ocupada cuidando a mis padres y tú deberías afrontar los problemitas que tienes y no eludirlos.  Al colgar el teléfono, pensé: estaré sola todo el día, angustiada y pendiente de este caos, no señor, estoy joven y no tengo ganas de amargarme la vida, así es que me bañé y me perfumé y me dirigí al Corte Inglés.  Me probé ropa, zapatos, carteras, cholas y hasta un sombrero.  Y luego salí, de vuelta a casa y a mis problemas, con una bolsa de caramelo en las manos.




ROMERÍA Y GULA de Esther Morales





No me gusta estar gorda y menos mal que mi genética me acompaña y estoy medianamente tiposa aunque, de vez en cuando, pierdo la cabeza y no paro de comer, como cuando fui a la Romería de Las Carboneras.  Como me mandan, por prescripción médica, a comer cada cinco horas, me lleve mi bocadillo y mi fruta.  Fui a pie, claro, e hicimos un alto en el camino para comer.  Entrando al pueblo, me tomé mi vasito de vino y una vez en la romería no podía perdonar ver pasar las botas de vino herreño que tenían mis amigos, sin probarlo.  Más tarde, el bocadillo de chorizo perro, el huevito duro, aparte de las papitas arrugadas; no podía despreciar nada de lo que me entregaban.
Terminada la romería, fuimos a almorzar con el grupo de bailarines porque tenían la comida encargada: carne de cabra, pollo, garbanzas, más vino, postre, café…Total, que cuando llegué a casa tenía el estómago revuelto de tanta comida.
Tengo que confesar que mi mayor pecado es la gula.


miércoles, 29 de agosto de 2012

POR AQUEL CAMINO VERDE de Maruca Zamora




En una ocasión, estando de vacaciones con mi familia, me encontré el primer día del mes de agosto en un lugar donde no parecía estar en el lindo verano que acabábamos de dejar donde vivimos, sino más bien en medio de un invierno suave, con un verdor en los campos impresionante.  La casa que nos habían facilitado unos amigos para disfrutar de nuestra estancia, estaba en plena naturaleza, sobre una colina.  Al abrir las ventanas, podíamos ver aquellos valles verdes tan bellos, llenos de manzaneros; un espectáculo maravilloso.  Todavía hoy, lo recuerdo.  Desde la ventana, cogí unas cuantas manzanas pero pronto comprobé que eran muy ácidas pues eran las que se usan para hacer sidra.  Esa era la razón de que hubiera por allí tantas plantaciones de manzaneros.  Llegó la noche y nos dispusimos a descansar para continuar disfrutando al día siguiente de aquellos maravillosos paisajes.
Al levantarme, comenté con mi familia, que aquello se parecía a los parajes de la serie de Heidi, rodeados como estábamos por el intenso verdor de las laderas de las montañas.  Más tarde, observando la rutina de los habitantes de un pequeño pueblo cercano, me fijé en una mujer que, subida en un tractor, chuzaba las colinas.  Era la manera de llegar donde pastaban sus vacas.  Seguramente habría un camino que seguir pero, desde lejos, en medio de tanta hierba, yo no lo distinguía.  Dando un paseo por los alrededores, contemplamos la belleza de unos lagos entre las montañas y el nacimiento de un río.  Había agua por todas partes.  Era fácil entender la razón de tanto verdor.
Quedé enamorada de aquel paisaje y del pueblo con sus casas antiguas de labradores, sus caminos verdes y estrechos por donde, a duras penas, pasaba un vehículo y sobre todo, la amabilidad de sus gentes.  Algún día volveré.


EXTRAÑO de Lilia Martín Abreu

 Cuando subí al tren, el vagón que me pertenecía estaba completamente vacío aún.  Coloqué la maleta en el compartimiento, no sin antes sacar el libro que me brindaría compañía en un largo y tedioso viaje.  Tomé asiento junto a la ventana y me abandoné al placer de la lectura.  No llevaba mucho tiempo en ello, cuando sentí que la puerta del vagón se abría y emergía como de las tinieblas, un extraño hombre con gabardina y sombreros negros y una expresión embriagada de misterio.  Me miró como quien despierta de un trance, diciendo algo que no acerté a entender y se sentó.

Por esas casualidades de la vida o caprichos del destino tal vez, eso era exactamente lo mismo que ocurría en la historia del libro que estaba leyendo.  Un sudor frío recorrió todo mi cuerpo y me quedé petrificada en el sillón.
El hombre abrió lentamente un maletín y sacó una carpeta con unos papeles y empezó a escribir en ellos.  Y en medio de ese silencio tenso, con miradas socarronas de mi parte, yo no atinaba a comprender qué estaba pasando.  Era como si el destino estuviera jugando conmigo y lanzaba naipes inesperados sobre la mesa.  Mientras tanto, yo leía y veía como se repetía la escena leída, como por arte de magia, en la realidad.
Entonces, cerré el libro. Me armé de valor y le pregunté
-¿Hacia donde se dirige usted, caballero?-  Él me lanzó una mirada penetrante que me heló toda la sangre.  Tímidamente le expliqué
-Perdone, no es curiosidad, sólo que tal vez tengamos que compartir varias horas juntos.
Él permaneció imperturbable cuando me expresó escuetamente
-Yo voy al lugar donde nadie tiene pasado, ni futuro, ¿sabe usted dónde queda eso?
Yo negué con la cabeza mientras tragaba saliva y una profunda inquietud se apoderaba de mi ánimo.
Abrí el libro y me sumergí de nuevo en aquella inaudita coincidencia del extraño hombre del tren, sin esperar respuestas, porque no siempre las hay.

ESCRIBIR de Esther Morales





Escribir es una pasión.  Al poner nuestros pensamientos por escrito, queda algo de nosotras sobre el papel y, al mismo tiempo, nos sentimos más vivas y con más fuerza.  Comunicarse ha sido una necesidad vital para el hombre; sólo hay que recordar a los primitivos que dejaron en las cuevas donde vivían, las huellas de lo que hacían, pensaban y sentían.

Una vez leí algo sobre los habitantes de las tribus africanas, a quienes los primeros colonos blancos, les hacían escribir su nombre y su procedencia en un papel en blanco.  Sólo entonces existían para ellos. Ya eran alguien. 

ALGO PERDIDO de Águeda Hernández




-Hoy se me acabó el gel cuando me duchaba
-¿Y?
-Pues que tuve que salir de la bañera a buscar más y no había. Menos mal que encontré una pastilla de jabón que andaba por casa, ¿y sabes qué…?
-No
-Que me gustó usar la pastilla de jabón.  Me pareció práctica y hasta diría que más sensata que el gel líquido.  Ese jabón ya nadie lo nombra… ¿por qué?
-Hombre, no sé.  La gente no lo soportaría.  Los que nos pasamos al gel, ahora extrañaríamos pasar a la pastilla.  Lo dicho, no nos gustaría pensar en retroceder.
-Sí, es más práctico, incluso más  barato que el gel.  No sé en qué momento nos pasamos de la pastilla al chorrito de gel.
-Seguramente nos pareció más cómodo.  Tomas el gel que necesitas y ya
-Pasarla por el cuerpo no es igual.  La pastilla te deja la piel más suave y perfumada.  Su espuma me recuerda el mar cuando al romper sus olas en la playa, deja su arena bañada con su blanca espuma.  Fíjate que ahora viene a mi memoria el Heno de Pravia, Embrujo de Sevilla, luego más tarde Magno, y tantos y tantos más. Recuerdo que mi madre lo escamaba y lo esparcía en la ropa antes de guardarla.  ¡Sí! toda ella despedía luego aquella fragancia…
-¡Oh!, amiga mía, me conmoviste… ¿Y si resultase que simplemente hay que volver atrás en muchas cosas?.  Te prometo que a partir de ahora usaré tales jaboncillos.  Los tendré siempre en mi baño.  Será como recuperar algo perdido.
-Sí amiga, recordar es vivir…




EN MANOS DEL VIENTO de Alicia Carmen



Éramos bien pequeñas; mi amiguita Martha y yo apenas alcanzaríamos los seis años.  Pequeñas pero, muy intuitivas.  Las dos sabíamos que nos esperaban unas vacaciones muy aburridas.  Nuestros respectivos padres no podían costear nada mejor que una visita a algún familiar en un pueblo cercano y, nada más.
Eran tiempos difíciles y aun siendo tan pequeñas, lo asumíamos.  Así es que Martita y yo decidimos irnos de excursión por nuestra cuenta.  Mi amiga me tocó la puerta y dijo
-Mis padres duermen la siesta, ¿y los tuyos?
-No los veo, estarán en el patio
-Entonces, ¡Vámonos!
Era una tarde calurosa y caminamos y caminamos y ningún conocido nos vio.  Nos sentíamos libres, felices en manos del viento que suavemente soplaba a nuestras espaldas.
De repente, vimos un caminito de grava y como dos aventureras por allí seguimos.  Queríamos ver mundo y nos topamos con una arena blanca y el mar; ¡qué emoción! ¡qué paraje tan precioso!.  No podíamos casi respirar; habíamos encontrado un pedacito de paraíso terrenal.
Pero, una voz nos devolvió a la tierra.  Era una chica ya mayor que, por lo que vimos, cuidaba a sus hermanos pequeños que chapoteaban en el agua, gritaban y reían.  Creo que estaba aburrida con su tarea y, al vernos algo aturdidas y perdidas, vio en nosotras alto de diversión y se ofreció a peinarnos y pintarnos.  Nunca he olvidado los aromas de aquella caja de maquillaje que usó con destreza en nuestros asombrados rostros.
Y así fueron transcurriendo las horas hasta que, de pronto, un fuerte viento nos sacó de la ensoñación, nos asustó y nos hizo recordar que estábamos lejos de casa, y decidimos regresar.
A la entrada del pueblo, nos sorprendió ver un montón de gente reunida.
-¿Qué habrá pasado?- le pregunté a Martita.
-Pues no sé, estarán buscando a alguien –me contestó.
-¡Ay! –pensé –Ojalá no sea a nosotras.
Pero sí, así era.  Mi madre se acercó con cara de pocos amigos y mi padre, rapidísimo, me levantó lo más alto que pudo, de modo que las intenciones de mi madre se quedaron en unos golpecitos en mis piernas.
-Pues vaya –pensé yo –todo esto ha sido por culpa de nuestra amiga desconocida que se ha divertido con nosotras y se ha quedado con un viento sin nombre, una brisa marina y un libro en las manos.




ASUNTOS PRIVADOS de Clotilde Torres




No es agradable para nadie, encontrarse inesperadamente con su novia en un tren, cuando todo hacía suponer que estaría durmiendo. Y es menos agradable, si se la ve junto a una persona de buen físico.  No le ha reconocido.  Él debía bajarse en la próxima parada, allí le esperaba un trabajo pendiente, que el resto del mundo desconocía.  Casi siempre debía hacerlo de noche, como esta vez.  Así que no podía seguirla.  Con esa preocupación, bajó del tren, sacó su cámara fotográfica y tras llegar al lugar convenido, se colocó entre los árboles, mientras trataba de encontrar una explicación a lo que había visto en el vagón hacía un rato; su novia con otro.  En ese momento, llegó un coche que se paró muy cerca, tal como esperaba.  La pareja que estaba dentro se abraza al despedirse, cariñosamente.  Él sabe, por experiencia que, en momentos como estos, suelen estar tan entretenidos que no se darán cuenta del flash de la cámara.  El trabajo ya estaba terminado.  Se marchó pensando que al día siguiente cobraría una gran cantidad de dinero.  Hace años que trabaja como investigador privado, pero era la primera vez que sentía en carne propia aquel….  De camino de regreso a casa, no paraba de preguntarse si debía decírselo cuando la viera o asegurarse de la verdad, contratando un detective privado.