jueves, 10 de octubre de 2013

AQUÍ ESTOY de Juani Hernández


El otoño es una de las estaciones del año que recibo con más alegría porque despierta en mí renovadas emociones. Quizás se deba a que el bochorno veraniego me fatiga en gran medida y sólo tengo ganas de darme un chapuzón en el mar.  No quiero decir con esto que no me guste, todo lo contrario; solo que cualquier actividad me cuesta un gran esfuerzo, y me da pereza empezarla.
No es solo el frescor, desde luego, lo que me hace sentir bien; son sin duda los bellos efectos que los atardeceres provocan en mí, con sus esplendidos colores, los azules, rosas, y los luminosos dorados, que enmarcan el horizonte de nuestros bellos paisajes canarios, como si se tratara de las más inspiradas  creaciones de un pintor.
En mi paseo diario, suelo caminar lentamente; no quiero perder ni un instante de cuanto acontece , observando todo con curiosidad renovada, absorbiendo los colores con deleite…, los castaños cobrizos, ocres, naranjas, bermellones, que las hojas de los árboles en otoño nos brindan, que cualquier pintor que se precie querría tener en su paleta de colores, envolviéndolo todo con una calidez entrañable, de experiencias vividas..., añoradas de pasadas estaciones.
Agradezco al “universo” que,  en el otoño de mi vida, sea consciente de tanta belleza.
Y, aquí estoy, disfrutando de mi joven joven estación, degustando la vida en todas sus facetas.




LA TORRE de Carmen Garcés



Sara caminaba sin prisa por las viejas calles de la ciudad, se sentía especialmente contenta y emocionada, por fin había llegado el día que tanto había esperado. Llevaba ya un rato andando cuando por fin la distinguió a lo lejos, allí estaba, como siempre, en pie, hermosa, como si vigilara el horizonte.
Subió la calzada de piedra, ancha y empinada y llegó por fin junto a ella…a La Torre, “Su Torre”, aquella que, de pequeña, veía a lo lejos cuando miraba al mar. Le parecía  más imponente que nunca, allí, observándola  desde su base,  se alzaba majestuosa, con sus gruesos muros de piedra y sus 57 metros de altura, así que   le apeteció imaginarla como un gigante, enorme y poderoso, vigilando y protegiendo la ciudad que tenía a su espalda.
Caminó hacia la entrada, sintiendo una sensación de pequeñez   y pasó por la vieja puerta de madera, castigada por siglos y siglos de vida. Una vez dentro, se sintió transportada a otra época; dentro de aquellos muros se respiraba historia y ella se dejó llevar por aquella sensación.
Por unos momentos se vio transformada en una bella dama medieval, cautiva en esa torre, esperando ser rescatada por su galante caballero, a lomos de su blanco caballo. Según subía por los estrechos y empinados escalones, se sentía más en su papel; cuando se detenía para tomar aliento en alguna de las pequeñas ventanas de los muros,  se imaginaba barcos celtas fondeados en la bahía, descargando los tesoros que traían después de volver de alguna batalla. Así, imaginándose caballeros, batallas y doncellas llegó hasta la cima de la torre.

Cuando logró recuperar el aliento, que había perdido por el esfuerzo del ascenso, se asomó al parapeto y observó el paisaje.

Era la primera vez que, desde las alturas, podía ver la ciudad en la que había crecido los primeros años de su vida y  quedó maravillada y emocionada.

Al marcharse, cuando bajaba por la pendiente de piedra, volvió su mirada una vez más hacia la torre y pensó que, si la vida se lo permitía, volvería otra vez a visitarla, seguro que sentiría nuevas emociones, tan inolvidables como las que había sentido ese día.






martes, 1 de octubre de 2013

UNA HISTORIA REAL de Alicia Carmen



Recuerdo que esa tarde estaba yo instalada frente al televisor, viendo mi novela favorita, cuando de repente oí un timbrazo que me sacó abruptamente del embrujo de las calles laberínticas de la Medina, en Fez, una ciudad marroquí maravillosa donde se desarrollaban los estrambóticos acontecimientos que me tenían embobada.
Me asomé a la ventana y vi a mi vecina con una tarjeta en la mano.  Cuando me la entregó me dijo:
-Es una invitación para tus hijos pues mi hijo menor está cumpliendo doce años y lo vamos a celebrar el sábado.
Yo me quedé perpleja, pues sabía muy bien que sus cinco hijos eran mayores de esa edad.  Ella, al ver mi expresión, me lo explicó.
-Sabes, acabamos de adoptar a un niño indígena y va a cumplir doce años.
-Te felicito –contesté yo, inmediatamente.
Así fue como el sábado siguiente, al acompañar a mis hijos, conocí a Richard.
Mi sorpresa fue grande cuando me di cuenta de que el niño era invidente.  Ese detalle no me lo había contado mi amiga.  Me pareció que este hecho aumentaba la generosidad de estas personas y recuerdo que me sentí muy conmovida, sorprendida y agradecida a Dios por estar rodeados de tan buenas personas, sin habernos dado cuenta.
Pocos días después, leí un artículo en el periódico que se refería a la adopción de un niño indígena invidente.  Lógicamente, se trataba del caso que yo acababa de conocer.  Allí explicaban que el niño Richard pertenecía a una etnia indígena guajira y cuando estaba pequeño sufrió un accidente.  Un familiar que era cazador fue a dispararle a un animal y el arma de fuego explotó y unos residuos fueron a dar a los ojos del niño que andaba cerca.  El resultado fue una ceguera permanente.  Un sacerdote alertó de que el niño, debido a su discapacidad, iba a ser marginado del grupo étnico.  Por ello, fue adoptado por nuestros vecinos.
Siempre vi mucho amor de parte de sus cinco hermanos y por supuesto, de sus padres.  Cuando se mudaron, perdí el contacto, pero hace poco tiempo me encontré con una de las hijas y le pregunté por la familia y ella me explicó.

-Pues mire, mi papá falleció, todos los hermanos nos hemos casado.  Unos cuantos viven en el exterior y mi mamá está enfermita, pero no, no se preocupe, no está sola; ella vive muy feliz con mi hermano Richard.



¿DÓNDE? de Águeda Hernández




Queridas amigas:
Después de unas prolongadas vacaciones, con sonrisas y alguna que otra lágrima, nos encontramos de nuevo en el sitio donde tanto deseábamos llegar.
¿En que lugar sino aquí, abrazaría a tantas amigas?  La única manera de sembrar la felicidad es compartirla con alguien.
¿Dónde conservaría el alma joven, sino  en medio de un grupo donde hacemos un desfile de modas semanal y aunque siempre me vista de la misma manera, oír decir que mi vestido es bonito?
¿En qué otra parte sino aquí, me abrazaría a una jovencita que me dijera que me quiere como a una abuela?
¿En qué otro lugar tendría el privilegio de que una joven señora, el segundo día de clases, me dijera mirándome fijamente que yo le recordaba a su madre por mi parecido con ella? No olvido sus ojos vidriosos que me hicieron entender que ya no la tenía con ella y como nos fundimos en un abrazo.
¿Dónde más podría nuestra profesora, guiar en la escritura de las primeras letras como narradoras de algún buen relato y quién sabe si un libro?
¿En qué otro sitio derramaría lágrimas de alegría por dar comienzo a un año más de relaciones felices, entre cuentos, poesía y palabras?





RESORTES de Esther Morales





Fue el primer trabajo a jornada completa que tuve, con apenas quince años.  Tenía de compañera a una chica llamada Carmita, con apenas un año más que yo.  La dueña de la peluquería era una chica gallega que no tendría mucho más allá de veinte.
Un día, aparece en el negocio una señora trinitaria junto a una joven que al parecer era su sobrina.  Nos indicó que le laváramos la cabeza y le pusiéramos los rulos.  La señora hablaba español, aunque no muy bien, y su sobrina  no abrió la boca.
Mientras le lavaba la cabeza, Carmita no paraba de reír pues decía que el agua no le entraba en el pelo por mucho que la mojara.
-¡Ji ji, j aja! ¡no le entra el peine! –decía mientras levantaba un mechón y trataba de estirarlo.
-Parecen resortes –siguió diciendo entre risas.
La chica, cansada de tanto juego y tanta risa a su costa, de pronto, se levantó y dijo:

-¡Yo sí hablo español!



EL SILENCIO de Juani Hernández



Elena amaba el silencio.  De esta manera podía cavilar acerca de su vida y de cómo ella la entendía.  No se atrevía a expresar en voz alta sus inquietudes, no fuera que la tacharan de ingenua, o aún peor, de débil mental.  Pensaba para sus adentros si las demás personas verían la vida con los mismos ojos que ella la veía… Se decía a sí misma que la verdad y la realidad son relativas.
Elena continuó preparando el desayuno. ¡Qué bien, lo tomaré en mi pequeña terraza, al sol! ¡Uf, qué aroma tan agradable tiene este café!.  Acercó la taza a su nariz para poder apreciarlo mejor, después colocó la bandeja sobre la pequeña mesa y se dispuso a desayunar sin prisa, después de todo, lo tenía todo hecho…
¡Qué fresca y agradable era su terraza de la playa, eso sí, era ruidosa pero que muy ruidosa.  Solía pasar muchas horas en ella, mientras hablaba con su plantita, una especie extraña, no sabía de qué país, al tiempo que reflexionaba sobre filosofía, economía, política y hasta temas sentimentales.  ¡Qué terraza tan ruidosa!
Bueno, la verdad es que a ella el ruido no le molesta, solo la inquieta ese ruido interior que siempre la acompaña y que es tan difícil de silenciar.  A cada pregunta que se contesta, surgen nuevas preguntas que hacer: que quién soy, que de dónde vengo, que hacía donde va, que por qué tenemos que sufrir tanto en esta vida…
Elena pensaba en los innumerables libros, charlas, conferencias de reputados humanistas, sin contar el dinero gastado en ello… y en los iluminados de turno.  Recuerda a una chamán mejicana, empeñada en que tomara no sabía qué brebaje.
Después de tanto tiempo y tanto recorrido, ahora sabía que de cada situación que la vida le presentaba, ella aprendía, por dolorosa o alegre que fuera.  Detrás de todo, se escondía siempre un profundo aprendizaje, una información importante para su crecimiento personal.  Sabía que no debía dejar pasar la ocasión, por mínima que esta fuera, sin pararse a meditar sobre ella…
El silencio y el ruido son la misma cosa, vista desde diferentes perspectivas.  Todo esto y más debatía Elena con su plantita, sentada en la pequeña terraza.  Ella no la juzgaría, ¿ y los demás?, no lo sabía.






EL OLVIDO de Maruca Morales





Carmen salió una tarde a disfrutar de un helado junto a una amiga.  Ya en camino, de pronto, se acordó de algo, tenía que regresar corriendo a la casa pues había dejado la cocina prendida.  Corría peligro de incendiarse el edificio y así se lo comentó a su amiga.  Vamos rápido, le contestó ésta, el helado lo dejamos para otro día.
Cuando Carmen llegó a la casa, lo que vio le hizo pensar que se estaba volviendo loca.  La amiga la tranquilizó diciéndole que esos lapsus le ocurren a cualquiera y que no era cuestión de salir corriendo para visitar a un psiquiatra. 

Había dejado la cocina perfectamente apagada y no había ocurrido nada.



EL RECORRIDO de Carmiña Gohe



Carlota, elegante, rubia y con ojos azul claro,  salió de casa como hacía a diario.  Abrió la puerta y Ringo, su perro fiel, se puso a su lado.  Caminaron y al llegar a la parada, ella puso atención a los ruidos del tráfico.  Pasaron tres autobuses y cuando uno de ellos paró y el chofer grito línea 82, hacia Morillo y Carvajal, Ringo tiró de la correa.  Subieron y Carlota se sentó; el perro a su lado.

Carlota iba a trabajar a un centro de niños disminuidos.  De regreso a su casa, la misma operación.  Ya fuera del autobús y en el trayecto a casa, al pasar por la panadería, pensó que debía comprar pan y buñuelos.  El olor era fuerte pero muy bueno.  A unos treinta pasos, comenzó a llegar hasta ella el aroma de las rosas que tenía plantadas en su pequeño jardín.  Ringo subió los escalones que los separaban de la puerta.  Carlota pasó la mano por los números y comprobó que era el 225.  Estaban en casa.  Abrió la puerta y entró enseguida, seguida de Ringo.  Al día siguiente harían lo mismo.




ONCE LÍNEAS de Maruca Zamora




Iban a todas las partes del mundo y yo no sabía hacía donde me tenía que dirigir, si tendría que hacer enlaces con otros vuelos.  Pensar en cómo mover aquellas maletas tan pesadas me producía fatiga.  Al final, decidí hacer como los demás; tratar de salir de aquel infierno de gente, maletas, prisas e interminables filas.  De todas formas, en el momento del embarque, me equivoqué y en vez de el de Tenerife, cogí un vuelo a Teruel, se ve que no miré sino la primera letra y entré sin más al avión sin que nadie se percatara de mi equivocación.  Cuando la azafata habló, comprendí mi error pero ya ni modo,tenía que continuar el viaje y devolverme en el siguiente vuelo que encontrara. Logré llegar a mi destino: Tenerife y las once líneas impuestas para este relato.



LA PELÍCULA de Eva Mª Sacramento Delgado




Yo tenía alrededor de diez años cuando vi una película antigua que llamó mucho mi atención, sobre todo porque en ella aparecía un niño más o menos de mi edad, con un maravillosos ojos azules, ¡tan intensos y brillantes!.  Estaba escondido detrás de una columna, viendo como los romanos acababan con todo.
Hoy en día, ya adulta, sé las razones por las cuales esta película me cautivó.  Primero, porque mi color favorito es el azul.  Segundo, cada vez que veo a una persona, chico o chica, lo primero en que me fijo en su mirada y tercero, ahora entiendo porque me puedo quedar horas contemplando el azul del mar; no sólo por la belleza de la naturaleza sino también porque me recuerda a los ojos más bonitos y penetrantes que he visto en toda mi vida.
La película se llama Jesús de Nazareth, de Franco Zeffirelli y sigo viéndola cada año por Semana Santa, sin excepción.  No quiero saber cómo se llama el actor ni cuantas películas ha hecho.

Si la gente me preguntara que rostro o que mirada le pondrías a Jesús, diría que es esa, la de aquel niño tras la columna de la película.