jueves, 7 de febrero de 2013

MONÓLOGO de Zuleima Reyes




-         Han pasado los años y, a pesar de ello, aún te ríes.  Eres tan cobarde que te conformas con una mirada, un gesto o simplemente con que esté cerca de ti.  Ahora bien, sabes que se irá y tardará mucho en volver, tal y como antaño.  Volverás a mantener la boca cerrada, la mente reprimida por inútiles estereotipos sociales y la conciencia revuelta por obstaculizar a la verdad.  ¿Sabes sentir?

Él sacudió la cabeza en un gesto que asentía a su pequeña emisora, frágil y fuerte a un mismo tiempo, mientras ésta seguía sin detenerse.

-         Pues no lo parece.  Si sintieras algo, un ápice del dolor que yo siento, del amor que genero, de la felicidad que busco, sabrías que las cosas no son tan fáciles, que todo requiere un esfuerzo.
Tú ni siquiera te molestas en aparentar.  Las cosas no pueden seguir así porque el amor no dura lo que crees, un beso no lo arregla todo, ni tampoco destruye problemas.  Somos nosotros los que lo hacemos difícil.  Amar sin ser amado es duro pero amar para ser aparentemente correspondido, es terriblemente peor, ¿no crees?


El padre de aquella pequeña Emily de entonces entró en su habitación con lágrimas en los ojos recitando la frase “soy un cobarde”,  después de lo cual se largó para desaparecer hasta esta tarde.  Han pasado años, sí, pero aún lo recuerdo.



LA CONVERSACIÓN de Ana R. Benítez




Han pasado años y, a pesar de ello, aún se siguen amontonando en mi cabeza las conversaciones que yo mantenía con ella.
-¡Levántate, dúchate y sal a la calle!
-No, no quiero
-¡Tienes que enfrentarte a la vida, no estás muerta, despierta ya!
-Déjame en paz, la vida que quería vivir me ha abandonado.  No quiero otra.
-¡No seas cobarde, no permitas que la pena acabe contigo.  Tienes que continuar!
-¡Quiero que te vayas, déjame tranquila!.
-¡No! No me iré hasta que reacciones
-¡Vete o te mataré!
-No te atreverás.
Cogí lo primero que tenía a mano, una figura de un caballo de Lledró y se la lancé.  Al fin se había callado, aunque yo sabía que al día siguiente volvería.
Recogí los trozos del espejo roto.  Estaba harta de mi otro yo.


EN LA GUAGUA de Carmiña Gohe



Yo estaba en la guagua, cuando entró una mujer que, supongo, venía del mercado, por la compra que llevaba en la cesta; verduras, frutas, huevos…  Luego, siguieron subiendo distintas personas, algunas de otros países.  A mi lado, se sentó un italiano que me preguntó cómo podía ir a Puerto de la Cruz, que pensaba hospedarse allí para, en varios días, recorrer la isla de Tenerife.  Desde otros asientos, oía a jóvenes con el móvil a tope, sin que les importara molestar hablando tan alto, o que al resto de pasajeros no les interesara escuchar sus conversaciones.  Escuchando esas voces y en varios idiomas parecía que estábamos en una competición en la cual, los que íbamos calladitos, éramos los perdedores.Seguían bajando y subiendo otras personas en las diferentes paradas del recorrido.  Delante de mí se sentaron dos muchachas y, como llevaban carpetas y libros, supuse que eran estudiantes.  Así era.  Les oí comentar que el profe de matemáticas estaba guay y que iban a echarle los tejos, por ver si caía en la trampa. 
Lo más gracioso fue que, en la siguiente parada se sube otra joven que se sienta delante de ellas y, al cabo de un rato, un joven que acababa de subirse a la guagua, se acerca a ella.
-Hola, cariño –le dice - ¿Cómo has pasado la mañana?                     
-Bien, pero cuando lleguemos a casa, todo irá mejor –le contestó con picardía y complicidad.
Como ven, en un trayecto tan corto como Santa Cruz – La Laguna, hay distracción suficiente para pasar un buen rato.  También hay sustos…, con los frenazos del chófer, digo, que vi a  la pobre señora que venía del mercado, muy apurada porque los huevos se le iban a caer, ¡ rodando por el piso de la guagua!



ELLA de Clotilde Torres






Muchas mujeres le tenían un gran respeto y decían que les daba terror usarla.  Aún así, la compraban, guardándola en cualquier repisa.  Decían que algún día la utilizarían y respiraban de tranquilidad.
Sin embargo, para las más osadas, se puede decir, sin temor a equivocación, que con ella llegó a nuestras casas la máxima tecnología, como gran ayuda en la cocina.  Las carnes en menos de treinta minutos ya estaban listas, ahorrando tiempo y dinero.




CASO ANAIS de Alicia Carmen





Ana estaba desesperada.  Ya no podía más, así es que le informó a Rodrigo que estaba mareada y sentía que se iba a caer.
Él le reprochó que de repente se sintiera tan enferma, cuando no comía ni descansaba; Rodrigo creía que deliberadamente, para presionarle.
Ana le reclamó que él no se diera cuenta que ella, sin él, no podría seguir con aquello e insistía en no entender como Rodrigo iba a dejarla sola, precisamente en aquellos momentos.
Él insistió en que ella entendiera que si no marchaba pronto, ellos vendrían a buscarle.  Había demasiados cargos en su contra; la estafa había sido impresionante y quedarse allí más  tiempo no era una buena idea.
Ana quiso convencerlo, diciéndole que ella le serviría de escudo y que al verla, ellos serían incapaces de detenerle.
Luis no pudo dejar de lado la ironía, al preguntarle si ella de verdad creía que por ver su barriguita de nueve meses, de apiadarían de él.
Sólo al recordarle a su bebé, Ana pareció entenderlo.  A ninguno de los dos le gustaba la idea de que el bebé naciera antes de tiempo.




ENCRUCIJADA de Esther Morales




Luis estaba de pie, cerca de la ventana y de espaldas a Luisa.  Tenía lágrimas en los ojos porque no quería ser cruel con ella, aunque no le quedaba más remedio. 
Luisa se quejaba de sentirse mareada, como si se fuera a caer.  Él sabía que ella estaba débil a causa de su larga enfermedad y le recordó que debía comer bien y descansar.
Luis había ido a despedirse, en un acto de coraje, ya que la policía lo estaba persiguiendo por su último atraco a un banco.  Un amigo le había traicionado y ya casi estaban tras la puerta.
Luisa le suplicaba que no la dejara sola todavía, diciéndole que no podría salir de aquello sola.  Luis insistía en que debía irse, porque si no lo hacía, vendrían a buscarle y se lo llevarían a la cárcel.
Ella no quería entenderlo y persistía en la idea de que sería su escudo, que no permitiría que se lo llevaran, que lo protegería, que no le importaba morir por él.
Luis no quiere hacerle daño, no desea que sufra más de lo que ha sufrido, pero sabe que si hace lo que le pide, morirán los dos.
Luisa no quiere entender cuál será el final de esta historia.


ENCUENTROS de Ana R. Benítez




Patricia y Rodrigo estaban solos en la habitación; se habían asegurado de que nadie les viera juntos.  Ella le dice a Rodrigo que se siente mareada, con la sensación de que se va a caer.  Patricia pensaba que debía ser el efectos de las pastillas.
Rodrigo, amorosamente, le recuerda que ha estado muy enferma y que necesita comer bien y descansar para reponer fuerzas.  Ella, angustiada, le confiesa que no puede hacerlo sola y le ruega que no la deje sola todavía, que ella necesita su apoyo, su presencia.  Pero Rodrigo sabe que allí corre peligro, que irán a buscarlo si no se va.
Patricia se dirige a toda prisa hacia la puerta para no dejarlo marchar y le grita que no dejará que entren, que ella será su escudo y le pide, repetidamente, que la deje serlo.
Rodrigo siente la necesidad de estrecharla entre sus brazos, de besarla, de quererla, de cuidarla, pero sabe que debe marcharse.  Le mira a los ojos intensamente, y con un tono cargado de melancolía, le advierte que  ella sabe muy bien cual sería el final de la historia, si él hace lo que ella le pide. 
Y, claro que ella lo sabía.  Rodrigo tenía razón.
No le dio tiempo de salir de la habitación.  Los hombres de blanco entraron, esta vez con unas amarras.  Ya era la décima vez que escapaba de su celda –como él solía llamarla- del hospital psiquiátrico para colarse en la habitación de Patricia.


miércoles, 6 de febrero de 2013

CURIOSA de Mercedes Álvarez



Estoy aquí, sentada en el sillón de mi sala, dándole y dándole vueltas a la conversación tan tremenda que oí, sin querer, entre Lidia y Rodrigo, mis vecinos de piso.  No me extrañé, porque sé que ella ha estado muy enferma últimamente,  cuando escuché como ella le pedía que la ayudara, que se sentía muy mareada.  Lo que sí me preocupa y peor me ha dejado fue oír lo que Rodrigo estaba tratando de decirle a Lidia, aunque ella pareciera no querer escucharlo.  Él le repetía, una y otra ves, que por favor lo dejara ir, que no se lo pusiera más difícil, que ella sabía que si él se quedaba más tiempo en la casa, podían venir a llevárselo, que estar allí con ella era muy peligroso.
Y aquí estoy, preguntándome qué es lo que ha habrá hecho este hombre para tener que estar escondido y verse obligado a huir de su propia casa?


DILEMA de Juani Hernández




Ana sintió que todo le daba vueltas, como si en cualquier momento fuera a perder el conocimiento para caer al suelo, irremediablemente.   Rodrigo se dirigió hacia ella con gran solicitud y cara de desconsuelo, al mismo tiempo, recordándole que ella había estado muy enferma, que su salud se había resentido mucho y que necesitaba cuidados especiales, comer bien, descansar…, paz…
Ana le respondió que lo sabía, que sus palabras y cuidados eran excepcionales, que se lo agradecía de todo corazón, sin embargo, insistió en que no podía hacer aquello sola, que por favor la comprendiera, rogándole que no se fuera, que no la dejará todavía…
Rodrigo intentó hacerle comprender que no era posible, le recordó que pronto vendrían a buscarle y tendría que sufrir terribles humillaciones y, con tristeza, añadió que él bien sabía que ella no resistiría presenciarlo.
Ana suplicó, insistiendo en que no dejaría que ocurriera, que haría lo imposible para protegerle, para que no entraran, que ella sería un muro infranqueable, que por favor la dejara serlo.
Rodrigo le agradeció profundamente su sacrificio pero sentenció que  permitir tal cosa, tendría consecuencias irreparables para los dos, que incluso podría significar el final de su historia.  Sí, ser de izquierdas en medio de una terrible dictadura, haberse convertido en un ser incomprendido y perseguido, era una catástrofe terrible que, ahora, lo colocaba frente a aquel dilema. 


PÁJAROS Y GATOS de Lilia Martín Abreu


Me contó un pajarito que la curiosidad mató al gato y, en ese preciso momento, comprendí que el gato murió sabiendo que no hay que meterse en camisa de once varas,  porque puedes terminar como el rosario de la aurora.