jueves, 7 de marzo de 2013

ASÍ ME LO CONTARON de Eva Sacramento Delgado



                                                              
Una tarde del mes de abril, estaba en posición horizontal sobre el mar cuando sentí, debajo de mí, un extraño movimiento.  Al poco rato, vi que se trataba de un delfín que se acercaba.  Me puse en pie, flotando en el agua para verle mejor.  Muy cerca de mí, le acaricié la cabeza y le di un beso en la frente.
-Los de tu raza están acabando con nuestra comida, están ensuciando el lugar donde vivimos.  ¡Ayúdanos, por favor!   ¡Ayúdanos,  querida amiga! –sentí que me dijo.
Salí del agua, me vestí y fui al Ayuntamiento, a las zonas de pesca, a discutir con cualquiera de mi raza que pudiera parar aquello.
Durante un tiempo, trabajé duro, apenas dormía, intentando buscar una solución a este problema. 
Pasó un año y, por fin, lo conseguí.  Fui a una rueda de prensa y los periodistas me preguntaron el porqué de mi interés para salvar al mundo marino.  Les conté la historia del delfín y terminé diciéndoles:
-Así se los cuentos porque, un día, así me lo contaron.


ASÍ ME LO CONTABA de Carmiña Gohe



Así me lo contaba y así lo cuento.  Siendo yo  una niña, María me venía a contar cuentos cuando ya estaba en la cama.  Me encantaba oírla, sobre todo las historias de brujas.  Ella decía que las había y que salían por las noches.  Hasta me contaba cuáles eran los sitios por donde se podían ver: en el barranco de Barroso, yendo hacia Tigaiga…
En alguna ocasión, cuando yo pasaba por esos lugares, de día ¡eh! se me ponían los pelos de punta, pues por ese camino íbamos a coger hojas de los morales, para darle comida a los gusanos de seda.  A todos nos dio por eso; veíamos los cambios por los que iban pasando los gusanos y nos encantaba.
Volviendo a la historia de las brujas, esa en la que María me decía que en las noches oscuras se veían luces moviéndose por “las vueltas” –que así se llamaba al camino que iba al pueblo de Icod el Alto–. 
Ahora, me sonrío al recordar lo que me contaba  mi cariñosa María, pues aquellas luces seguramente eran las personas que se alumbraban con faroles, porque aquella era una vereda solitaria.  Cuando era niña ¡yo me lo creía!  ¿Las hay?  Puede




ASÍ ME LO CONTÓ de Maruca Zamora





De niña, mi abuela me contó un cuento que un día se iba a convertir en realidad.  Me dijo que una niña viajaría a otro país muy grande y bonito, se iría en un gran barco, muy lujoso, que surcaría los mares.  Ese barco tendría muchos camarotes, piscinas, restaurantes, para comer como sin de una pensión con comida se tratara y hasta bailes se iban a celebrar en pleno viaje.  Al final del recorrido, esa niña se encontraría con sus padres que estaban esperándola al otro lado de ese gran mar. A mí me parecía imposible porque para mí, el mar no tenía fin y me preguntaba aquel barco se podía aguantar sobre las aguas.
Aquel cuento de mi abuela se hizo realidad cuando aquella niña  viajó a ese país soñado, pero el encanto se esfumó al llegar allí porque no todos los cuentos que te dicen de niño tienen un final feliz.  Aquella niña era yo.

EL NIÑO DEL SACO de Carmen Garcés Pujades


Era un día soleado, como casi todos los que amanecían en aquel bello país.  Llegaba yo del trabajo, cuando me encontré a Andrés que, sentado en un taburete, sacaba de un saco lo que acababa de traer de su huerta: unos plátanos, yuca, unas cebollas…  Aunque era un hombre que casi siempre estaba alegre y sonriente, al verlo, llamó mi atención la expresión de su cara; se reía con una picardía especial, diferente, por lo que no pude resistirme a preguntarle qué era lo que le hacía tanta gracia.  Él me miró sin dejar de sonreír y me dijo:
-Es este caso que tengo aquí, que hoy me ha hecho recordar algo de mi niñez.
Sus palabras no hicieron más que aumentar mi curiosidad, así que le pedí que me dijera el porqué, y así empezó su historia:
Cuando yo era pequeño, tendría unos seis o siete años, después de cumplir con las obligaciones que tenía en casa, con los animales y las huertas, solía salir a jugar con un grupito de niños más o menos de mi edad, pero entre todos, yo era el más pequeño en tamaño, por lo que casi siempre me hacían alguna bromita pesada.  Un día, que estábamos haciendo diabluras, como siempre, por esas huertas y caminos, porque la verdad es que santitos no éramos, nos encontramos a uno de los compañeros de juego que volvía de llevarle a su tía unas calabazas y cebollas por mandato de su padre.  El caso es que Manolito iba ya de regreso con el saco vacío y a todos nos dio por jugar con el bendito saco hasta que, ya aburridos, a alguno del grupo se le ocurrió una gran idea.  Yo, que estaba tan tranquilo tirándole piedras a una tunera, no me había enterado de la brillante idea aquella.  De repente, siento que me agarran un montón de manos y, sin darme cuenta cómo y sin poder defenderme –claro, eran cinco contra uno –fui a parar dentro del saco y, no contentos con meterme dentro, lo amarraron para que no pudiera salir.  Grité, pataleé, pero nada, que no abrían el saco.  Así que, cuando al fin me convencí de que no me iban a dejar salir, dejé de gritar.  Ya vendrán a sacarme de aquí, pensé.
No sé cuanto tiempo estuve dentro, pero a mí me pareció una eternidad.  De pronto, alguien abrió el saco y me liberó; era el abuelo de uno de los chicos que, como supondrás, estuvieron castigados varios días por la travesura, me dijo.  Yo salí corriendo para casa, entre asustado y cabreado, a contárselo a mamá, quien al verme tan alterado, me preparó una tacita de leche calentita, con lo que al rato, ya todo se me había pasado.  Lo bueno es que el cabreo no me duró mucho porque, al día siguiente, ya estaba otra vez en la calle jugando con mis amigos, como si nada hubiera pasado.
Mientras Andrés me contaba su historia, yo escuchaba su relato con atención, pero lo que más llamó mi atención fue la expresión de su rostro: su cara, sus ojos se le habían iluminado con una luz distinta, era como si hubiera vuelto a ser aquel niño al que una vez sus amigos habían metido en el saco.
Así me lo contó aquel hombre entrado ya en años, pero transformado por breves instantes en el niño que alguna vez fue.  Andrés era mi padre.




CUESTIONARIO SOBRE EL ROMATICISMO EN EL MATRIMONIO de Águeda Hernández



Hace poco, me decidí a contestar uno de esos cuestionarios que aparecen en las revistas, a través de los cuales, una puede averiguar cuán romántico es su matrimonio.

¿Cuándo ha sido la última vez que su esposo le regaló flores?
Me devané los sesos tratando de recordar y nada.  No lo ha hecho quizá, desde que nació nuestra hija, que ya tiene cinco años.  NEGATIVO.

¿Desde cuándo no toman juntos, su marido y usted, un baño de espuma?
¿Qué? ¿Los dos en la bañera? ¿Yo? ¿La hermana de la misericordia? NEGATIVO.

¿Le ha escrito él, recientemente, un poema o una carta de amor?
¿Él? ¿Un poema? Estando él de viaje, le supliqué que al menos me enviara una tarjeta, una postal para así saber si estaba vivo.  Poco después, recibí una si, pero con este mensaje: “Estoy vivo”.  No, no escribe poemas de amor.  NEGATIVO

Imagínese a su marido en una escena romántica.
Como a estas alturas del cuestionario, mi matrimonio me estaba pareciendo estar en aprietos, sólo me vino a la mente el día que nuestra hija enfermó del estómago.  Esa tarde, se resignó a quedarse en casa cuidándola porque yo tenía que salir.  A mi regreso, lo veo, cuan largo es, acostado en la cama de nuestra hija, durmiendo como un lirón.  ¿La niña? Pues correteando por toda la casa, a pesar de tener fiebre.  Es una imagen que aprecio, pero ¿fue eso romántico? No lo creo.

Después de diez años de matrimonio, tengo que reconocer que él no es el tipo que regala flores, ni yo soy la mujer que espera a su marido en una bañera llena de espuma color rosa.



AZAR de Zuleima Reyes





Pasé semanas frente al espejo; no podía creer que aquel fuera mi reflejo.  Sólo podía ver la sombra de lo que fui algún día y, sin aparentemente saber por qué, dibujé once líneas en su mano, decidiendo contar una historia.  Uno a uno, mis hijos fueron sellados con su propio destino y yo volví a concentrarme en aquel reflejo, sin conseguir descifrar mi camino.  Visto lo visto, mi azar estaba en todas las manos selladas.  Descubrí, por fin, que yo no era otra que…¡la vida misma!.





ÉL de Ana R. Benítez



Desde mi mesa, podía observarlo sin que los demás se dieran cuenta.  Llevaba diez años haciéndolo y me conformaba con disfrutar de su presencia durante ocho horas de trabajo, todos los días.
¡Creo que estoy enamorada hasta las trancas!, pero ¿y él de mí?.  No tenía respuesta; aunque sí era cierto que había una complicidad entre nosotros que con los demás compañeras no existía.
Salí de mi ensimismamiento al oír su voz.
-Laura, me gustaría que al salir del trabajo fuéramos a tomar un copa.  Tengo algo que decirte –me dijo.
Otras veces lo habíamos hecho, pero esta vez presentí que era diferente; su tono de voz desprendía alegría.  Sentí como los latidos del corazón golpeaban mi pecho, mi mente también se aceleró: ¿querrá declararse? ¿se ha decidido por fin?.
Ya sentados delante de un café, veía acercarse el momento tan esperado y deseado, aunque nublado por la incertidumbre.  Me cogió la mano y me dijo sonriendo:
-Laura, me he enamorado.
Titubeando, con la premura de oír su respuesta, le contesté:
.¿De quién, quién es ella?
-Ella no, Laura.  Pregúntame más bien, ¿quién es él?






GREGUERÍAS IMPOSIBLES II


 Se encontró una nube con la tapa abierta y con ella se pintó los labios sobre la arena.
 Eva Sarmiento

A gato ladrador, pocos perros hacen falta
Zuleima Reyes

jueves, 28 de febrero de 2013

ESTEBAN NOSELOCREAN de Maruca Zamora





Esteban apareció un día en mi pueblo.  Simpático pero un poco conflictivo, siempre estaba enredado en algo.  Pronto, los vecinos se dieron cuenta de que Esteban era muy mentiroso, tanto que no se le podía creer nada de lo que dijera, aunque él, se creyera sus propias mentiras.
Empezó diciendo que era vendedor de coches.  Mostraba catálogos y si alguien quería alguno, le tramitaría todo, según él, pero todo formaba parte de sus enredos.  De repente, era visitador médico y con maletín en mano, recorría puestos de salud, pequeños dispensarios de otros pueblos y en ese trajín, llegó a sentirse médico.  Por los pueblos más perdidos, iba visitando a personas y les recetaba aspirinas y poco más.  Así pasó un tiempo hasta que en una de sus aventuras lo denunciaron y con esa denuncia llegaron otras por diferentes engaños y por ellas pagó doce años de cárcel.
Él se creía sus propias mentiras hasta convertirse en un mentiroso compulsivo.  En el pueblo lo recuerdan como Esteban Noselocrean.


PEPA SINSUERTE de Esther Morales





Era una niña guapísima; rubia con ojos azules, luminosa.  Nos alegraba la vida cantando y bailando en la gran pantalla.  Todas la envidiábamos porque creíamos que era una niña feliz.  Tenía todo lo que a la mayoría de los esa época nos faltaba: cosas bonitas, comida, viajes, ropa y zapatos caros y bonitos.  A todas se nos iban los ojos detrás de tantas preciosidades.
Pasados los años, nos enteramos que esa felicidad no existió realmente; era todo falso.  La separaron de sus padres y familiares y sólo la hacían trabajar muchas horas al día.  Tenía todos los lujos imaginables, pero le faltaba cariño y el amor desinteresado.
No es de extrañar que esa niña, llamada Pepa Flores, Marisol, años más tarde, se retirara a la vida privada y no  quisiera saber nada del glamur y la vida pública.