miércoles, 26 de septiembre de 2012

AQUEL OLOR de Carmiña Gohe



Aquel olor a monte, a campo, me gustaba.  Íbamos a las medianías y toda la familia –que es muy larga – disfrutaba de lo lindo, era una fiesta.  Juana nos preparaba las primeras papas bonitas de la cosecha, con pescado salado.  Al terminar de comer, todos los primos nos poníamos a la sombra de unas higueras a charlar o a dormir.  Era delicioso.  Yo, por mi parte, me sentaba a escribir una carta, mientras el aire me traía los olores del tomillo, del orégano, hierbahuerto del que Juana tenía sembrado en el terreno. 
No sólo me gustaban esos olores campo.  Los de la mar, también.  El aroma a sal y yodo, cuando estás sola recordando cosas bonitas y agradables.  O el sonido de las olas, cuando estás triste, te relajan y adormecen. 
Recordando olores, ninguno como aquel aroma a maderas olorosas que usaba mi marido, éstos nunca se olvidan.

AROMA A TI de Angélica Camerino





Pasaba frente a la terraza de un bar, cuando llegó hasta mí aquel aroma que me hizo recordar sus manos, su silueta alargada, fina, su rostro imperturbable y su sonrisa iluminada.  Era un olor a tabaco y humedad.  Ella y el cigarrillo, siempre.  En ella, fumar no era un simple vicio, era una afición que acompañaba a lo más elemental de su existencia.  Aquella fragancia me hizo recordar, también, el día que la conocí.  Fue una mañana primaveral.  Se encontraba ella, cigarrillo en mano, a las puertas de un estanco cercano a su casa.  Salía de comprar la prensa, una caja de tabaco y golosinas.  Quedé impregnado de ella, de su presencia.  Sin embargo, las imágenes que con mayor persistencia invaden mi mente ante la presencia del olor del tabaco, son otras, mucho más cercanas en el tiempo.  Pertenecen a nuestro último encuentro.  Llegan a mí como una lluvia con relámpagos.  Ella duerme en su habitación.  Yo entro con sigilo, me acerco a ella.  Poso despacio la palma de mi mano sobre su boca, mientras, con mis dedos, apretó los orificios de su nariz.  Despierta abruptamente  y  me  ve,  no  me  reconoce.   ¿Por  qué habría de hacerlo?-pienso.  Palmotea sobre mi cara, mientras la impregna con ese perfume, tan suyo, a tabaco y piel.  Luego, sus manos caen sobre las sábanas, sin fuerza, sin vida.

viernes, 21 de septiembre de 2012

FINALISTAS PREMIO NARRATIVA HERTE 2012


RELATOS      FINALISTAS
PREMIO DE NARRATIVA  HERTE 2012

Después de una siempre difícil selección, y posterior deliberación, el jurado del Premio Narrativa HERTE 2012, ha dado a conocer los títulos de los diez relatos finalistas.  La identidad de sus autores será desvelada el día de la entrega de premios (próximo mes de noviembre, la fecha se les comunicará en unos días).   El orden en que enumeraremos  los relatos seleccionados es absolutamente aleatorio y no tiene nada que ver con su posición en la selección.  Entre ellos están el primero, segundo y tercer premio.  Aunque hablemos de diez finalistas, verán ustedes en la lista doce relatos, eso es debido a que dos de ellos quedaron empatados en puntuación, no tratándose en ningún caso de los tres ganadores.  ¡Felicitaciones a todos, finalistas y no finalistas! Nos hicieron la tarea muy complicada, dada la calidad de los escritos presentados.


Milagro de verano
El último tren
Trabajo sucio
Noche sin luna
La otra
Dulce espera
El Reo
Mi hermano
Desamor
Cómo ayudar a su madre
Sangre, sudor y cebolla
La llamada de Dios





Pilar Gutiérrez, Mª Magdalena Padrón, Isabel Expósito Morales
Componentes del jurado







Directiva de Asociación HERTE   

jueves, 20 de septiembre de 2012

ÉL de Clotilde Torres




Está en mi vida desde muy pequeña.  Ya decía mi abuela que algún día sería mío, como anteriormente había sido de mi bisabuela.  En el siglo XVII, estaba colocado en el salón principal donde todas las señoras que llegaban, se recreaban en él.  Es muy bello, su marco de unos quince centímetros está adornado por pequeñas rosas, bañado con pan de oro.  Es increíble pero, no tiene ni siquiera una sola manchita; está en perfecto estado.  Sólo se le nota en los laterales, como si alguna vez hubiese estado en otra posición y, es la verdad.  Antiguamente las casas eran de techos altos y se ponían en posición vertical para verse al completo.
Cuando fue mío, lo coloqué apaisado pues es la forma más favorecedora para mi decoración.  Desde hace cuarenta años es de mi propiedad.  Lo cuido y lo quiero como la joya más importante de mi familia.  Tiene más de trescientos años y a veces, mirándome en él, le pregunto:
-¿Cuántas cosas sabrás, todo lo que habrás visto y todos los que se habrán visto en ti, mi queridísimo espejo?


RECUERDOS de Esther Morales




Una tarde, mientras caminaba por la montaña, me encontré tirada en el camino una pequeña tabaiba.  Estaba marchita, aplastada y con poca vida.  La recogí y la traje a mi casa y allí, con mucho cariño y cuidado, la planté en una pequeña maceta, en medio de dos piedras, para que de ese modo conservara la humedad.
Con el paso del tiempo, se recompuso y pegó.  Ahora la tengo en mi centro de trabajo, en un bol grande lleno de piedras y palos bonitos que he ido recogiendo a lo largo de mis caminatas.  Cada vez que la miro, me conecta con la auténtica naturaleza canaria.  Todos y cada uno de los elementos que contiene ese bol, me trae bellos recuerdos; se han convertido en una recopilación de las pequeñas grandes cosas que encuentro en mis caminatas.


EL BAÚL de Maruca Zamora




Desde tiempos remotos ha estado allí, en mi vieja casa.  Cuando era pequeña, me intrigaba mucho ese baúl porque siempre permanecía cerrado y mi imaginación de niña volaba pensando en tesoros escondidos.  Esa idea crecía aún más al preguntar y recibir por respuesta que estaba cerrado porque guardaba cosas muy importantes.
Con los años, supe que lo había traído de Cuba mi tío, un emigrante que después de mucho tiempo de ausencia, había regresado a su casa cargando en aquel baúl toda su fortuna y todos los recuerdos que quería conservar. Así permaneció muchos años hasta que un día, finalmente, lo abrí.
Me llevé una gran desilusión al comprobar que el baúl no guardaba los tesoros que mi mente de niña había imaginado.  Indudablemente lo eran para su dueño: cartas de su padre, de su novia, tarjetas, documentos muy antiguos, entre ellos una escritura del año 1848, un cuchillo con cabo de carey, un sombrero, una camisa guayabera –ropa típica del país donde estuvo –y otras cosas.  Mientras revisaba el contenido, llamó mi atención una pequeña gaveta que tenía el baúl en su interior.  Al abrirla quedé extrañada al ver que estaba llena de botones de todos los tamaños y colores.  Me pregunté por qué guardarían eso allí.  No tuve explicación.
Con el tiempo, comprendí que el tesoro que de niña me había imaginado, se había quedado corto.  El que había encontrado tenía un valor sentimental incalculable: grandes recuerdos, historias pasadas, muy lejanas, tanto como 104 años.  Hoy en día es un tesoro que conservo con mucho orgullo por haber pertenecido a una persona a la que quise mucho.



EL PAQUECO de Lilia Martín Abreu



 Ayer encontré una muñeca pero, ¡qué muñequita!, con su cara de porcelana, unos ojos totalmente expresivos y una sonrisa objetivamente ¡diabólica!.  Es tan pero tan grotesca que le da susto al propio miedo.  La conservo dentro de una caja debajo del fregadero; lugar que no frecuento a menudo.  Les expongo el caso para que me entiendan y así puedan juzgar lo que les estoy contando.
Alicia, una amiga de la universidad, me invitó a una reunión en su casa.  Ella me reveló que la fiesta consistía en un paqueco country y yo, emocionada, le dije:
-Perfecto.  Yo tengo un sombrero vaquero –después de lo cual, ella soltó una carcajada.
-Roberto, lo puedes llevar si quieres pero no se trata de ese country, es el contri de contribuir con la fiesta.
-Me gusta –pensé –ésta tiene sentido del humor.
Mientras, Alicia seguía explicándome:
-Eso nada, ¡hombre!, te traes unas cervezas y ya.  Pero eso sí –me recalcó Alicia –tienes que traer un regalo, algo a lo que tú no le des utilidad, alguna cosa que tengas por tu casa.  No la puedes compras, es la regla número uno del paqueco.
-Ese paqueco será algún familiar de Alicia –pensé yo.
Como soy un estudiante y vivo solo, ya se podrán imaginar, en mi casa no sobra nada, todo lo contrario.  Tomé unos suvenires que me habían traído unos compañeros de sus viajes –les confieso que no sólo no les doy utilidad sino que por mucho que se las he buscado, no se la encuentro –los empaqueté de manera muy elegante y nos fuimos para la fiesta del paqueco.
Les manifiesto que esa reunión estuvo de escándalo.  Allí desfiló toda clase de objetos inservibles y feos que jamás pensé que existieran, como diría mi abuela, un montón de arretrancos. Fue entonces cuando me explicaron el significado de paqueco.
Una tía de Alicia, que en gloria esté la señora, tenía tan mal gusto para regalar que, en su honor, se hace un intercambio de paquecos.  La verdad es que buen gusto no tendrán, pero sentido del humos les sobra.
El paqueco significa  ¿pa qué coño quiero esto? y yo doy fe de eso porque me fui de aquel lugar con una muñeca espantosa, aunque eso sí, con el grato recuerdo de un día inolvidable.

LA POLVERA de Mercedes Álvarez





Una mañana me fui de visita a casa de mi tía Luisa.  Ella tiene muchos muebles antiguos y yo, ese día, me entretuve –no sé por qué –en abrir las gavetas de uno de ellos hasta que, de pronto, me llamó la atención un objeto pequeño.  Al cogerlo en mis manos, supe que se trataba de una bonita polvera.  Le pregunté a mi tía cuántos años podía tener aquella reliquia y me contestó que entre cuarenta o cincuenta años.
Volví a contemplarla, apreciando muy despacio cómo estaba hecha, toda forrada de raso de muchos colores y dibujos de florecillas.  El borde era todo de latón dorado.  Al abrirla, comprobé que aún tenía restos de polvos para el rostro y su espejo estaba intacto.  Al tenerla en mis manos, sabiendo un poco de su historia, me dio mucha ternura y le pedí a mi tía Luisa que me la diera para guardarla yo.
Hoy, esa polvera que un día me encontré por casualidad, es mi mayor tesoro.


EL RETRATO de Alicia Carmen





Se encontraba en la repisa del dormitorio de mi hijo; él quería tenerlo cerca.  Llegó hasta allí como un legado, una herencia.  Mi familia deseó que yo lo conservara.  Todos estuvieron de acuerdo.
Puedo decir que el objeto que más me ha impactado, que ha causado una honda impresión en mi vida es: el retrato de mi padre.  Es una foto sencilla, como era él. Con un marco irrelevante, sin importancia, su contenido es tan hermoso que cualquier adorno frívolo palidecería en semejante compañía.
Cuando pienso en lo que hizo; fueron tantas las cosas en las que me orientó,  me ayudó, hasta me inspiró, que no terminaría nunca.  Entre los memorables recuerdos, evoco ahora cuando me acompañaba a clases nocturnas o, sobre todo, cuando me llevó de su brazo a casarme.  Estaba radiante, orgulloso, feliz; los dos caminábamos entre nubes.
Y qué puedo yo sentir hacia una persona que hasta el final estuvo siempre presente, siempre disponible para cualquier eventualidad.  Pues, admiración, respeto, agradecimiento y mucho amor.
Debo admitir que el retrato ya no se encuentra en su sitio.  Cada vez que entraba al dormitorio de mi hijo y me encontraba con esos ojos tan azules, tan dulces, compasivos y cariñosos, no me era posible sostener esa mirada, hasta que me vi obligada a ponerlo boca abajo.

DE GÉRMENES Y GUERRAS de Angélica Camerino




Señor jefe de tropas,
Le escribe el sargento del Batallón X para informarle de nuestros avances en el terreno de guerra.  Hasta los momentos, hemos atacado a muchos enemigos y hemos ganado territorio.  Todas las guaridas del bando contrario las tenemos controladas; algunas ya han sido atacadas y otras las tenemos en la mira, para asaltarlas en cualquier momento.  Nuestro avance es inminente.  Claro, no sin resistencia de los oponentes: nos han atacado con bombas de agua, jabón y alcohol.  Pero, nosotros hemos resistido con fuerza y determinación.  Ya podríamos afirmar, sin miedo a equivocarnos, que hemos vencido.  Esta misma noche podemos dar por terminada la lucha.  Quedo a la espera de nuevas instrucciones.  Y así me despido, no sin antes, reiterarle nuestra victoria.  Esta rodilla ya está infectada.
P.D:  ¿Debemos pasar a la otra?
Atentamente,                                                 
Sargento de Batallón X (Gérmenes por la ocupación de la rodilla infectada).

Al leer esta carta, reí.  Recordé vivamente, el momento en que caí de la bici, a los nueve años.  El gran hueco en mi rodilla que no paraba de sangrar.  Mi madre, preocupada, tratando de limpiar la herida con alcohol, mientras me recordaba que debía ser cuidadosa, que las niñas no deben tener golpes en las piernas, que no es femenino.  Recordé la tarde en que, aterrada ante la amenaza de una posible infección –cosa a la que temía aun sin saber qué podía ser o implicar–, me senté en el salón de mi casa a escribir esta carta, quizá para exorcizar tanto miedo.
Esta tarde la he encontrado escondida entre unos cuadernos de la universidad.  No sé cómo habrá llegado allí, ni quien la habrá conservado tanto tiempo.  Ya no la recordaba.  Quizá fue mi madre quien la guardó y luego la colocó entre mis libros.  Lo que sí es cierto es que me alegra mucho haberla encontrado; por lo menos sé que esta tarde, nadie podrá borrarme esta sonrisa.