Lo estábamos esperando, pero él decidió venir sentado. Estuvo unos días de pié, sin embargo, todos pensamos que vendría de cabeza, como tenía que ser. Llegó la primera semana de marzo y nada… Como estaba tan cómodo, finalmente lo tuvieron que sacar. El día seis, a las nueve menos cuarto, nació. Para mi que soy su abuela, ese día el mundo amaneció al revés: todo fue carreras para coger el avión y llegar a su nacimiento. Cuando lo vi fue tanta mi emoción y alegría que la llantina se apoderó de mí. Me abracé a mi amiga Faina, que también iba a tener una niña pronto, y afloraron nuestros sentimientos. Abrazadas, no dejábamos de repetir: ¡qué bonito, qué bien está, qué gordito!.
Yo había vivido una experiencia igual hacía doce años; la emoción fue la misma pero no las prisas ni los agites.
A este hermoso bebé que se llama Yone, le deseo lo mejor del mundo, que siga tan bien como está, comelón y dormilón. A él y a mi hombrecito David los quiero infinitamente, les adoro. Ellos son mi mundo, del derecho y del revés…









