jueves, 17 de enero de 2013

DE ESPÍRITUS de Clotilde Torres





No lo sé, pero cada vez que ella miraba para el cielo, descubría algo nuevo.  Esa vez en concreto, decía que alguien la miraba.  Claro, le contestaba su hermana mayor, te miran y protegen todas las personas que te quieren. ¿Y por qué no vienen para que yo las vea y así poder hablar con ellos?.  Te explico, es de lo que alguna vez has oído hablar…, los espíritus.  Sí, ya, cuando abuela me dice que estoy tan flaca como el espíritu de las golosinas.  A la hermana no le queda otra, pues no sabe como responder a la niña y coge ese camino para desviar la conversación.  Ves, cuando alguien dice acalorado, calla ya, eres el espíritu de la contradicción o qué pobre de espíritu eres, levanta el ánimo hombre.  Mira hablando de eso, te digo una muy bonita, ¿el espíritu de las flores es el perfume?. ¡Esa sí me gusta!.  Bueno te voy a decir dos más que me gustan mucho, pero que tú todavía no lo vas a entender, ya te lo explicaré con el tiempo, ahí va: en las leyes se ha de entender más el espíritu que a la letra.  Sí…  y… el espíritu es inteligente pero la carne es flaca, dijo Jesús.  La pequeña se queda mirando a su hermana. Ya sabes, dile al espíritu de tu inteligencia que no se olvide de explicármelo. 


EL PARAGUAS de Águeda Hernández




Soy un paraguas, ¡como una cosa más!.  Como es lógico, paso mucho tiempo guardado en el segundo cajón del mueble que se encuentra en el vestíbulo.  Ese que solo se abre de año en año, cuando llegan las primeras lluvias.  Somos varios, en realidad.  Todos los años pasa lo mismo; mi señora, cuando sale a la calle en estos tiempos, se olvida de llevarme.  ¿La solución?, ¡comprar uno baratillo!.  Así que aquí los hay de todos los colores y razas: como un bazar en casa.
Al llegar el invierno, empiezan las manos, que no son otras que las de los hijos de mi señora, a despertarnos de un largo sueño.  Son ellos quienes primero nos necesitan.  Si llegan visitas y al salir, llueve, echan mano del cajón de los paraguas y así todos los días, hasta que terminan con todos.  ¡Ah!, pero a mí no hay quien me toque, presumo de ser el preferido de mi señora; llevamos mucho tiempo juntos.
He de decir que, últimamente tengo la sensación de que los tiempos románticos de nosotros los paraguas, están pasando.  Pronto seremos ¡una cosa más!.  Yo estoy vivo porque mi señora se sirve de mi con todo cariño, de lo contrario sería tirado a un contenedor con las varillas –que son mis costillas –retorcidas de dolor.  Por eso, como viejo paraguas que soy, veo a las parejas de hoy, cada uno con su propio paraguas.  Así es imposible llevar juntos sus cuerpos o caras.  Muchos años atrás, si alguna pareja tenía la suerte de tener uno, cruzaban sus brazos por la cintura, unían sus cuerpos y mejillas y se guarecían bajo el paragua.  Con ello tenían ocasión –como hacen los pajaritos enamorados –juntar sus cabecitas y darse piquitos.  Ahora, si de casualidad una pareja va bajo el mismo paraguas, escuchas que uno le dice al otro, ¡eh, tú! ¿para ti solo y yo fuera?, me veo toda mojada, egoísta.  Como les digo, ¡se está muriendo el romanticismo!
¿Quién no recuerda aquella escena del guapo y galante actor bajo su paraguas, llevándolo cariñosamente en sus manos, como si de una pareja se tratara?.  ¡Cantando bajo la lluvia, en la noche, alrededor de una farola encendida! Actor y paraguas, ambos bailando al son de la música.  Después de aquello y hasta la fecha, jamás he vuelto a ver una escena parecida, ni un paraguas con tanto protagonismo.




LA CONVERSACIÓN de Maruca Zamora




Juan caminaba por la calle, rumbo a su trabajo, cuando se encontró con su amigo.
-¡Hola Felipe! ¿Qué es de tu vida?
Se abrazaron con emoción.
-¿Cuánto hace que no nos vemos? ¿Y la familia cómo está? ¿Y la prima Rosita?- preguntó sin tregua Juan.
-Juan, sabes que yo estaba loco por ella pero no me hacía mucho caso y me cansé de esperarla –le contesta Felipe –se casó y tiene un niño.
-¿Tú trabajo cómo te va?
-Regular –dice Felipe –pendiente de despido, la empresa está haciendo limpia y me temo que me va a tocar quedarme afuera.
-¡Qué desgracia! –comenta el amigo – yo no estoy mejor.  Hace un año que busco trabajo y no he tenido suerte.  ¿Tomamos un café y recordamos viejos tiempos?
Con el café, siguieron la conversación.
-¿Estás casado, Juan?
-Sí, pero mejor no lo hubiera hecho.  Después de un tiempo en que todo iba bien, un día mi mujer desapareció, dejándome solo con la educación del hijo, el futuro de la familia y las deudas. Estoy hundido.  Vivo en una incertidumbre día a día.  Ojalá las cosas cambien –mientras habla, Juan saca una foto de su cartera.  Una foto de su hijo donde también está ella.
Cuando Felipe la ve, calla.  Quiere marcharse, ya la conversación no le interesa.  Acaba de enterarse de que la desaparecida esposa de Juan, hace dos años que duerme en su cama.


AQUEL OLOR de Clotilde Torres





Es increíble que un olor despierte tantas sensaciones.  A los amigos se les diferencia por su perfume.  Te tapas los ojos y sabes quien viene.  Las madres, ellas huelen muy bien siempre y, no digamos cuando llegamos a la calle, el olor a lejía de los baños, de ese conejo en salmorejo o de pescado encebollado.  También cuando sales al patio, llega a ti el olor a ropa recién lavada y entonces me acuerdo de la casa de mi abuela.  Por la noche, el aroma de la famosa tortilla y al salir al jardín, el de mi queridísimo jazmín, llena mi pensamiento y me transporta muy lejos, a mí en particular, a los cuentos de la Alhambra.

LA DESPEDIDA de Maruca Morales





Había pasado tres años desde que Jorge se fue a trabajar a otra isla, dejando a su mujer y a sus hijos, con la esperanza de arreglar los problemas económicos que tenían.  Tuvo suerte porque consiguió trabajo enseguida.  Echaba mucho de menos a su familia, aunque estaba contento de trabajar en aquella finca, a pesar de que le costó mucho adaptarse a estar con gente desconocida.  Todas las semanas cobraba su salario y enseguida se lo mandaba a su mujer.  También le enviaba una carta diaria.
Así fue hasta que, poco a poco, fue fallando, igual el dinero que las cartas.  Los hijos decidieron ir a ver al padre y lo encontraron muy desmejorado.  Le propusieron entonces que regresara a casa, que ellos se harían cargo del  trabajo y mandarían sus salarios a su madre y a él.  El padre les contestó que aquello era imposible, llevaba mucho tiempo enfermo y no se iba a presentar así a su mujer. 
-No puedo más, tu madre que cargue con los problemas de la casa y con todo lo demás, hasta aquí he llegado, adiós –les dijo a sus hijos, y se largó, dejándoles toda la angustia de que él se desprendió, haciéndoles vivir en la incertidumbre el resto de sus días.



¡QUÉ CASUALIDAD! de Zuleima Reyes





Tan feliz estaba yo que casi no me di cuenta de que mis pies habían despegado del suelo. Como si de un chiste se tratara,  de mi boca comenzaron a salir unas estruendosas carcajadas que me dejaban sin aliento, por momentos.  Al cabo de un rato de extraña felicidad, quise ajustar mi vestido, pero fue ahí cuando me di cuenta de que esa sensación de estar volando, no era un sueño; mi paraguas cargaba con mi peso y, mis alentadoras ganas de llegar al que fuera mi destino, aumentaban en relación al tiempo que pasaba allí arriba.  Y es que… ¿quién me iba a decir a mí que yo sería esa tal Mery Poppins?



EL PARAGUAS de Alicia Carmen




Siempre que pienso en un paraguas, lo asocio con el mal tiempo y a la vez con alguna novela de misterio y suspense…, pero no, los años vividos me han enseñado que no se pueden hacer suposiciones.
Cuando recibí la llamada de mi hija anunciando su visita a nuestra casa, con su nena de cuatro años, pensé: esto es un regalo de Navidad en el mes de mayo.  Empezamos a hacer preparativos y a la pequeña, le compré una linda muñeca, pero al lado, en la juguetería parecía que me hacía guiños, un paraguas infantil de color azul con dibujos de mariposas de todos los tonos.  Sin dudarlo, lo compré también.
Cuando llegaron nuestras esperadas visitantes, me hizo mucha gracia que mi nieta Isabel, se sintiera atraída inmediatamente por el paraguas de mariposas.  Se volvieron inseparables, lo llevaba a todos lados.
Un día, mi hija debía ir de compras y nos encomendó el cuidado de la nena. Claro, dijimos, la llevaremos de paseo a la avenida de enfrente; está preciosa con sus laureles de indias, hibiscus de todos los colores, banco y un kiosko.
Antes de salir, mi hija la dejó vestida con un trajecito de alegre estampado con lazos en los hombros y con unas cholitas rosadas.
Estábamos todos orgullosos de pasearla con lo guapa que estaba. ¡Sin paraguas no voy!, dijo decidida.  Así será, le contestamos.
Cuando la niña vio la rambla llena de flores, árboles inmensos y el agradable sol sobre su piel, abrió el paraguas y empezó a correr y a cantar.  Yo solo veía unas cholitas rosadas que volaban, y la voz de la nena a pleno pulmón que decía: Dicen que las tortugas son lentas, lentas, lentas y yo soy rapidita… y yo soy rapidita, y ¡qué le voy a hacer!.
Una vecina pasó en ese momento, muerta de la risa, viéndonos a mi hijo y a mí todos colorados corriendo detrás de la cholitas rosadas.  Cuando recuperamos a Isabel, le compramos un helado y decidimos regresar.  Afortunadamente se quedó muy modosita en la acera, esperando el cambio de semáforo y con su paragüitas desplegado, volvió a cantar con entusiasmo, dejando admirados a los paseantes y a nosotros fascinados, la siguiente estrofa:
Dicen que los monitos son feos, feos, feos, pero
yo soy bonita… ¡y qué le voy a hacer!



jueves, 10 de enero de 2013

PÉTALOS DE ROSA de Águeda Hernández



Bruno condujo, sin rumbo, durante horas, repasando mentalmente las mismas escenas: el primer beso de Sofía, su esposa, el día de su boda, la construcción de la casa de sus sueños…  Se le encogía el corazón recordando imágenes de sus seis años de matrimonio.
Unos cinco meses antes, Sofía le había descubierto un amante.  Aunque ya había puesto punto final a su relación, su infidelidad había lastimado profundamente a su esposa y por eso, temía perder a Sofía para siempre.
Aquella noche, había intentado una vez más recuperarla.  Cuando ella regresó del trabajo, la recibió con la bañera llena de agua caliente y pétalos de rosa, pero Sofía rechazó sus insinuaciones, lo que provocó una discusión.
-Parecía que nos amábamos mucho –se lamentaba ella –¿por qué me siento tan sola por las noches aunque él esté junto a mí? ¡El matrimonio tiene que ser algo más que esto!
Bruno salió furioso de la casa y se fue en la camioneta.  A muchos kilómetros de allí, rompió a llorar. ¡Cuánto la amaba!. Dio media vuelta y regresó.
El amanecer le sorprendió sentado en el vehículo, frente a su casa.  Poco después, se abrió la puerta principal y una Sofía sonriente empezó a caminar hacia él.


¡COMETAS DE ILUSIÓN! de Juani Hernández







No sabía cómo terminaría ese día, pero pensaba disfrutarlo como una niña, con añoranza de mi infancia y de mi familia.
Un día, hace ya muchos años, propuse al Club al que pertenecía en aquel tiempo, organizar un concurso de cometas, como actividad de verano.  Eso sí, tendrían que participar los padres junto con los niños, ayudándoles a confeccionar las cometas. 
Sería, sin dudarlo, como hacíamos mi hermana Nancy, mis primos y yo misma, cuando éramos pequeños.  Una escoba vieja de mi abuela Juana, papel de seda de colores, comprado en el estanquito del barrio, hilo de paquetes, trapos viejos y, sin olvidarnos de usar como adhesivo, una papa guisada.
Mi propuesta fue aceptada por la directiva del Club, con gran sorpresa para mí.  Así que, ¡manos a la obra, a trabajar, niños y padres!.  Mis hijos y yo nos dispusimos a preparar, con gran ilusión, nuestra cometa, con cañas, trapos, hilos… ¡cuántos colores, qué alegría!.  Cada día, mis hijos traían nuevos amiguitos para que yo les ayudara, pues sus padres, supuestamente… no recordaban cómo se hacían las cometas.
Llegó por fin el día señalado y, con suerte, el Puertito de Güimar nos brindaría una de sus habituales mañanas de viento que, normalmente, detestábamos pero fue bienvenido aquella ocasión.
Fue grande la sorpresa que recibí, cuando en el lugar acordado, había más de cien cometas compitiendo para ver cuál de ellas volaría más alto.  ¡Qué emoción!, ¡qué precioso día de verano!.
Aún hoy, esos niños que ya son padres de otros niños, me ven y me recuerdan aquel maravilloso día y lo divertido que fue.  Al oírlos y también hoy, al recordarlo, me siento libre como una cometa que vuela por el cielo.


MIS PRIMERAS ZAPATILLAS de Mercedes Álvarez


                                                                              

¡Qué bonitas zapatillas!, pensé al verlas en el escaparate y, a continuación, seguí diciéndome a mí misma, ¡oye, pero si tú nunca has tenido unas zapatillas!.  Es verdad, me contesté de nuevo, haciéndome una pregunta inmediatamente después, ¿y por qué no te las compras, qué te lo impide?.  Volví a fijarme en las zapatillas que tenía delante de mí, otra vez.  Frente al escaparate de la tienda donde me encontraba, me dije, ¡tienen el taconazo que me gustaría ponerme, un color marfil precioso…! ¿qué esperas para comprártelas?.
Entré en la tienda y, nerviosa, pregunté señalándolas, ¿tiene usted el número 39 de estas zapatillas, por favor?.  La señorita que me atendió me pidió que la disculpara un segundo y entró  al almacén.  Yo quedé muy inquieta, esperando y rogando que me dijera que sí, que las tenía en mi número.  ¡Dios, qué alegría me dio cuando la vi llegar con un par de zapatillas en las manos y me pregunta, ¿son éstas?, sí, sí, le contesté rápidamente. Entonces, ¿se las lleva?, volvió a interrogarme, ¡claro que sí, las compro, las compro!  Por fin iba a tener mis primeras zapatillas.