No lo sé, pero cada vez que ella miraba para el
cielo, descubría algo nuevo. Esa vez en
concreto, decía que alguien la miraba.
Claro, le contestaba su hermana mayor, te miran y protegen todas las
personas que te quieren. ¿Y por qué no vienen para que yo las vea y así poder
hablar con ellos?. Te explico, es de lo
que alguna vez has oído hablar…, los espíritus.
Sí, ya, cuando abuela me dice que estoy tan flaca como el espíritu de
las golosinas. A la hermana no le queda
otra, pues no sabe como responder a la niña y coge ese camino para desviar la
conversación. Ves, cuando alguien dice
acalorado, calla ya, eres el espíritu de la contradicción o qué pobre de
espíritu eres, levanta el ánimo hombre.
Mira hablando de eso, te digo una muy bonita, ¿el espíritu de las flores
es el perfume?. ¡Esa sí me gusta!. Bueno
te voy a decir dos más que me gustan mucho, pero que tú todavía no lo vas a
entender, ya te lo explicaré con el tiempo, ahí va: en las leyes se ha de
entender más el espíritu que a la letra.
Sí… y… el espíritu es inteligente
pero la carne es flaca, dijo Jesús. La
pequeña se queda mirando a su hermana. Ya sabes, dile al espíritu de tu
inteligencia que no se olvide de explicármelo.
RELATOS DE LOS COMPONENTES DEL TALLER DE LECTURA DIRIGIDA Y NARRATIVA “EL TRANVÍA”
jueves, 17 de enero de 2013
DE ESPÍRITUS de Clotilde Torres
EL PARAGUAS de Águeda Hernández
Soy un paraguas, ¡como una cosa más!. Como es lógico, paso mucho tiempo guardado en
el segundo cajón del mueble que se encuentra en el vestíbulo. Ese que solo se abre de año en año, cuando
llegan las primeras lluvias. Somos varios,
en realidad. Todos los años pasa lo
mismo; mi señora, cuando sale a la calle en estos tiempos, se olvida de
llevarme. ¿La solución?, ¡comprar uno
baratillo!. Así que aquí los hay de
todos los colores y razas: como un bazar en casa.
Al llegar el invierno, empiezan las manos, que no
son otras que las de los hijos de mi señora, a despertarnos de un largo
sueño. Son ellos quienes primero nos
necesitan. Si llegan visitas y al salir,
llueve, echan mano del cajón de los paraguas y así todos los días, hasta que
terminan con todos. ¡Ah!, pero a mí no
hay quien me toque, presumo de ser el preferido de mi señora; llevamos mucho
tiempo juntos.
He de decir que, últimamente tengo la sensación de
que los tiempos románticos de nosotros los paraguas, están pasando. Pronto seremos ¡una cosa más!. Yo estoy vivo porque mi señora se sirve de mi
con todo cariño, de lo contrario sería tirado a un contenedor con las varillas –que
son mis costillas –retorcidas de dolor.
Por eso, como viejo paraguas que soy, veo a las parejas de hoy, cada uno
con su propio paraguas. Así es imposible
llevar juntos sus cuerpos o caras.
Muchos años atrás, si alguna pareja tenía la suerte de tener uno,
cruzaban sus brazos por la cintura, unían sus cuerpos y mejillas y se guarecían
bajo el paragua. Con ello tenían ocasión
–como hacen los pajaritos enamorados –juntar sus cabecitas y darse
piquitos. Ahora, si de casualidad una
pareja va bajo el mismo paraguas, escuchas que uno le dice al otro, ¡eh, tú!
¿para ti solo y yo fuera?, me veo toda mojada, egoísta. Como les digo, ¡se está muriendo el
romanticismo!
¿Quién no recuerda aquella escena del guapo y galante
actor bajo su paraguas, llevándolo cariñosamente en sus manos, como si de una
pareja se tratara?. ¡Cantando bajo la
lluvia, en la noche, alrededor de una farola encendida! Actor y paraguas, ambos
bailando al son de la música. Después de
aquello y hasta la fecha, jamás he vuelto a ver una escena parecida, ni un
paraguas con tanto protagonismo.
LA CONVERSACIÓN de Maruca Zamora
Juan caminaba por la calle, rumbo a su trabajo,
cuando se encontró con su amigo.
-¡Hola Felipe! ¿Qué es de tu vida?
Se abrazaron con emoción.
-¿Cuánto hace que no nos vemos? ¿Y la familia cómo
está? ¿Y la prima Rosita?- preguntó sin tregua Juan.
-Juan, sabes que yo estaba loco por ella pero no me
hacía mucho caso y me cansé de esperarla –le contesta Felipe –se casó y tiene
un niño.
-¿Tú trabajo cómo te va?
-Regular –dice Felipe –pendiente de despido, la
empresa está haciendo limpia y me temo que me va a tocar quedarme afuera.
-¡Qué desgracia! –comenta el amigo – yo no estoy
mejor. Hace un año que busco trabajo y
no he tenido suerte. ¿Tomamos un café y
recordamos viejos tiempos?
Con el café, siguieron la conversación.
-¿Estás casado, Juan?
-Sí, pero mejor no lo hubiera hecho. Después de un tiempo en que todo iba bien, un
día mi mujer desapareció, dejándome solo con la educación del hijo, el futuro
de la familia y las deudas. Estoy hundido.
Vivo en una incertidumbre día a día.
Ojalá las cosas cambien –mientras habla, Juan saca una foto de su
cartera. Una foto de su hijo donde
también está ella.
Cuando Felipe la ve, calla. Quiere marcharse, ya la conversación no le
interesa. Acaba de enterarse de que la
desaparecida esposa de Juan, hace dos años que duerme en su cama.
AQUEL OLOR de Clotilde Torres
Es increíble que un olor despierte tantas
sensaciones. A los amigos se les
diferencia por su perfume. Te tapas los
ojos y sabes quien viene. Las madres,
ellas huelen muy bien siempre y, no digamos cuando llegamos a la calle, el olor
a lejía de los baños, de ese conejo en salmorejo o de pescado encebollado. También cuando sales al patio, llega a ti el
olor a ropa recién lavada y entonces me acuerdo de la casa de mi abuela. Por la noche, el aroma de la famosa tortilla
y al salir al jardín, el de mi queridísimo jazmín, llena mi pensamiento y me
transporta muy lejos, a mí en particular, a los cuentos de la Alhambra.
LA DESPEDIDA de Maruca Morales
Había pasado tres años desde que Jorge se fue a
trabajar a otra isla, dejando a su mujer y a sus hijos, con la esperanza de
arreglar los problemas económicos que tenían.
Tuvo suerte porque consiguió trabajo enseguida. Echaba mucho de menos a su familia, aunque estaba
contento de trabajar en aquella finca, a pesar de que le costó mucho adaptarse
a estar con gente desconocida. Todas las
semanas cobraba su salario y enseguida se lo mandaba a su mujer. También le enviaba una carta diaria.
Así fue hasta que, poco a poco, fue fallando, igual
el dinero que las cartas. Los hijos
decidieron ir a ver al padre y lo encontraron muy desmejorado. Le propusieron entonces que regresara a casa,
que ellos se harían cargo del trabajo y
mandarían sus salarios a su madre y a él.
El padre les contestó que aquello era imposible, llevaba mucho tiempo
enfermo y no se iba a presentar así a su mujer.
-No puedo más, tu madre que cargue con los problemas
de la casa y con todo lo demás, hasta aquí he llegado, adiós –les dijo a sus
hijos, y se largó, dejándoles toda la angustia de que él se desprendió,
haciéndoles vivir en la incertidumbre el resto de sus días.
¡QUÉ CASUALIDAD! de Zuleima Reyes
Tan feliz estaba yo que casi no me di cuenta de que
mis pies habían despegado del suelo. Como si de un chiste se tratara, de mi boca comenzaron a salir unas
estruendosas carcajadas que me dejaban sin aliento, por momentos. Al cabo de un rato de extraña felicidad,
quise ajustar mi vestido, pero fue ahí cuando me di cuenta de que esa sensación
de estar volando, no era un sueño; mi paraguas cargaba con mi peso y, mis
alentadoras ganas de llegar al que fuera mi destino, aumentaban en relación al
tiempo que pasaba allí arriba. Y es que…
¿quién me iba a decir a mí que yo sería esa tal Mery Poppins?
EL PARAGUAS de Alicia Carmen
Siempre que pienso en un paraguas, lo asocio con el
mal tiempo y a la vez con alguna novela de misterio y suspense…, pero no, los
años vividos me han enseñado que no se pueden hacer suposiciones.
Cuando recibí la llamada de mi hija anunciando su
visita a nuestra casa, con su nena de cuatro años, pensé: esto es un regalo de Navidad en el mes de mayo. Empezamos a hacer preparativos y a la
pequeña, le compré una linda muñeca, pero al lado, en la juguetería parecía que
me hacía guiños, un paraguas infantil de color azul con dibujos de mariposas de
todos los tonos. Sin dudarlo, lo compré
también.
Cuando llegaron nuestras esperadas visitantes, me
hizo mucha gracia que mi nieta Isabel, se sintiera atraída inmediatamente por
el paraguas de mariposas. Se volvieron inseparables,
lo llevaba a todos lados.
Un día, mi hija debía ir de compras y nos encomendó
el cuidado de la nena. Claro,
dijimos, la llevaremos de paseo a la
avenida de enfrente; está preciosa con sus laureles de indias, hibiscus de
todos los colores, banco y un kiosko.
Antes de salir, mi hija la dejó vestida con un
trajecito de alegre estampado con lazos en los hombros y con unas cholitas
rosadas.
Estábamos todos orgullosos de pasearla con lo guapa
que estaba. ¡Sin paraguas no voy!,
dijo decidida. Así será, le contestamos.
Cuando la niña vio la rambla llena de flores,
árboles inmensos y el agradable sol sobre su piel, abrió el paraguas y empezó a
correr y a cantar. Yo solo veía unas
cholitas rosadas que volaban, y la voz de la nena a pleno pulmón que decía: Dicen que las tortugas son lentas, lentas,
lentas y yo soy rapidita… y yo soy rapidita, y ¡qué le voy a hacer!.
Una vecina pasó en ese momento, muerta de la risa,
viéndonos a mi hijo y a mí todos colorados corriendo detrás de la cholitas
rosadas. Cuando recuperamos a Isabel, le
compramos un helado y decidimos regresar.
Afortunadamente se quedó muy modosita en la acera, esperando el cambio
de semáforo y con su paragüitas desplegado, volvió a cantar con entusiasmo,
dejando admirados a los paseantes y a nosotros fascinados, la siguiente
estrofa:
Dicen que los
monitos son feos, feos, feos, pero
yo soy bonita…
¡y qué le voy a hacer!
jueves, 10 de enero de 2013
PÉTALOS DE ROSA de Águeda Hernández
Bruno
condujo, sin rumbo, durante horas, repasando mentalmente las mismas escenas: el
primer beso de Sofía, su esposa, el día de su boda, la construcción de la casa
de sus sueños… Se le encogía el corazón
recordando imágenes de sus seis años de matrimonio.
Unos cinco
meses antes, Sofía le había descubierto un amante. Aunque ya había puesto punto final a su
relación, su infidelidad había lastimado profundamente a su esposa y por eso,
temía perder a Sofía para siempre.
Aquella
noche, había intentado una vez más recuperarla.
Cuando ella regresó del trabajo, la recibió con la bañera llena de agua
caliente y pétalos de rosa, pero Sofía rechazó sus insinuaciones, lo que
provocó una discusión.
-Parecía que
nos amábamos mucho –se lamentaba ella –¿por qué me siento tan sola por las
noches aunque él esté junto a mí? ¡El matrimonio tiene que ser algo más que
esto!
Bruno salió
furioso de la casa y se fue en la camioneta.
A muchos kilómetros de allí, rompió a llorar. ¡Cuánto la amaba!. Dio
media vuelta y regresó.
El amanecer
le sorprendió sentado en el vehículo, frente a su casa. Poco después, se abrió la puerta principal y
una Sofía sonriente empezó a caminar hacia él.
¡COMETAS DE ILUSIÓN! de Juani Hernández
No sabía
cómo terminaría ese día, pero pensaba disfrutarlo como una niña, con añoranza
de mi infancia y de mi familia.
Un día, hace
ya muchos años, propuse al Club al que pertenecía en aquel tiempo, organizar un
concurso de cometas, como actividad de verano.
Eso sí, tendrían que participar los padres junto con los niños,
ayudándoles a confeccionar las cometas.
Sería, sin
dudarlo, como hacíamos mi hermana Nancy, mis primos y yo misma, cuando éramos
pequeños. Una escoba vieja de mi abuela
Juana, papel de seda de colores, comprado en el estanquito del barrio, hilo de
paquetes, trapos viejos y, sin olvidarnos de usar como adhesivo, una papa
guisada.
Mi propuesta
fue aceptada por la directiva del Club, con gran sorpresa para mí. Así que, ¡manos a la obra, a trabajar, niños
y padres!. Mis hijos y yo nos dispusimos
a preparar, con gran ilusión, nuestra cometa, con cañas, trapos, hilos…
¡cuántos colores, qué alegría!. Cada
día, mis hijos traían nuevos amiguitos para que yo les ayudara, pues sus padres,
supuestamente… no recordaban cómo se hacían las cometas.
Llegó por
fin el día señalado y, con suerte, el Puertito de Güimar nos brindaría una de
sus habituales mañanas de viento que, normalmente, detestábamos pero fue
bienvenido aquella ocasión.
Fue grande
la sorpresa que recibí, cuando en el lugar acordado, había más de cien cometas
compitiendo para ver cuál de ellas volaría más alto. ¡Qué emoción!, ¡qué precioso día de verano!.
Aún hoy,
esos niños que ya son padres de otros niños, me ven y me recuerdan aquel
maravilloso día y lo divertido que fue.
Al oírlos y también hoy, al recordarlo, me siento libre como una cometa
que vuela por el cielo.
MIS PRIMERAS ZAPATILLAS de Mercedes Álvarez
¡Qué bonitas
zapatillas!, pensé al verlas en el escaparate y, a continuación, seguí
diciéndome a mí misma, ¡oye, pero si tú nunca has tenido unas zapatillas!. Es verdad, me contesté de nuevo, haciéndome
una pregunta inmediatamente después, ¿y por qué no te las compras, qué te lo
impide?. Volví a fijarme en las
zapatillas que tenía delante de mí, otra vez.
Frente al escaparate de la tienda donde me encontraba, me dije, ¡tienen
el taconazo que me gustaría ponerme, un color marfil precioso…! ¿qué esperas
para comprártelas?.
Entré en la
tienda y, nerviosa, pregunté señalándolas, ¿tiene usted el número 39 de estas
zapatillas, por favor?. La señorita que
me atendió me pidió que la disculpara un segundo y entró al almacén.
Yo quedé muy inquieta, esperando y rogando que me dijera que sí, que las
tenía en mi número. ¡Dios, qué alegría me
dio cuando la vi llegar con un par de zapatillas en las manos y me pregunta,
¿son éstas?, sí, sí, le contesté rápidamente. Entonces, ¿se las lleva?, volvió
a interrogarme, ¡claro que sí, las compro, las compro! Por fin iba a tener mis primeras zapatillas.
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