Ring… ring…ring. Suena el teléfono. La señora, por sus cortos pasos, se ve que es
mayor. Voy, voy, va repitiendo y justo
al descolgar el auricular, no le dio tiempo de preguntar quién era, cuando una
voz algo acelerada, resonó en sus oídos. ¡Mamá!
Ya supo quién estaba tras la línea.
Sin opción de contestar nada, sigue oyendo la voz. Menos mal que te
encuentro en casa, te llamo porque tengo un problema. ¡¿Mamá?! Claro, soy yo,
tuvo tiempo de contestar la señora. Sí,
acabo de llegar en este momento a casa, ya sabes que por el tráfico siempre
llego tarde. Me puse a hacer el almuerzo
y como ya está llegando la hora de ir por los niños al colegio, decidí hacer un
arroz blanco, como dices tú, que es una materia prima que va con todo lo que
quieras poner, da poco trabajo… Por ejemplo, se los sirvo con las croquetas de
espinacas que me dejaste hechas o con salchichas de pavo… El problema es que cuando destapo el caldero
el arroz ¡horror!... el arroz quedó aguado, ¿qué hago, mamá? y ahora la
lavadora ya terminó, cumplió su misión, ahora tengo que pasar la ropa a la
secadora, buscar a los niños…en fin, que las veinticuatro horas del día son
pocas para todas mis labores diarias, ¡creo que ni con 50 sería suficiente!
¡Mamá! Dime algo… por favor ¿qué hago con el arroz?. Ah, vaya, hija…con el arroz, creo que lo
mejor es que a los niños les des solo el complemento, fruta o algún postre, en
la nevera siempre encontrarás algo.
¡¿Qué me dices, mamá, qué no les de arroz?! Si el arroz es la materia prima, ¡no se puede
comer el acompañante sin el arroz ¡ ¿qué hago?.
Hija, si el arroz sigue líquido, quítale un poco de agua, o agrégale
trocitos de jamón serrano frito o tomates picaditos sazonados con orégano,
aceitunas picaditas y…¡ya se convirtió en un arroz caldoso! y lo acompañas con
el suplemento que ya tienes preparado.
¡Gracias, mamá! Siempre se te ocurren soluciones fáciles. ¡Adiós,
mamá!. Clan… ¡Dios mío!, exclamó la
señora, y no tuve tiempo ni ocasión de preguntar por mis niños, mis
nietecitos. Se puso las manos en la cabeza
e iba de un lado a otro. ¡Qué difícil la vida de nuestros hijos!. Siempre corriendo y siempre llegan tarde y
eso que van en coche y no en burro… Viven rodeados de electrodomésticos; tantos
aparatos, tantos enchufes que yo no entiendo.
A ellos les falta tiempo para atenderlos a todos: lavadora, secadora,
aspiradora, lavavajilla, microondas….¡ y con un marido que sabe ponerlo todo a
funcionar! Todo en su casa camina
así. Pero existiendo su felicidad, que
no funcionan, creo yo, con fáciles automatismos sino que hay que conquistarla
todos los días… La señora, al volver al
sillón, iba pensando que así lo harán: ¡conquistar todos los días la
felicidad!.
RELATOS DE LOS COMPONENTES DEL TALLER DE LECTURA DIRIGIDA Y NARRATIVA “EL TRANVÍA”
jueves, 21 de junio de 2012
POPURRÍ de Águeda Hernández
¡CASTAÑAZO! de Lilia Martín Abreu
El día
estaba vestido de tormenta. Soplaba y
aullaba un viento frío que barría las calles, mientras que, en la casa de doña
Conchita, la familia decidió asar castañas para pasar el rato. Se acomodaron en torno a la mesa para
compartir todos juntos y allí estaban de lo más animados, cuando tocaron a la
puerta.
-¿Esperas
visita, mamá?- preguntó el hijo de Conchita
-No y menos
con este tiempo que hace- contestó la madre-
-Debe ser la
vecina, la Francisca que viene de cotilla al olor de las castañas- murmuró
Merche, la nuera.
Al escuchar
esto, Víctor, el hijo menor de doña Conchita, dio un rebote, embutiéndose las
castañas en sus bolsillos, con la prisa y agilidad que podía.
Don Paco, el
padre, abrió la puerta y…, evidentemente, era doña Francisca tal como habían
estimado pero, para asombro de todos ellos, la vecina llegaba con una bandeja
llena de exquisitos manjares que había preparado con la intención de compartir
con todos, ese día tan desapacible.
A Víctor se
le fue transformando la expresión del rostro hasta que empezó a dar brincos y
decir maldiciones, como un poseído, mientras se sacaba las castañas de los
bolsillos.
Francisca
depositó la bandeja en la mesa, mirando y calibrando sin prisas a Víctor, que
había optado por bajarse los pantalones, con la cara desencajada y vertiendo el
contenido de un vaso que había sobre la mesa en sus partes nobles y quemadas.
Y sin
pensarlo dos veces, le dijo:
-Te lo tienes bien merecido por mezquino y
miserable y no querer compartir conmigo.
Disfruta del calorcito que tienes en tu
general y sus dos soldados
¡quemados!. Que te aproveche, por
avaro y tacaño.CANSADA de Maruca Morales
Hoy me
levanté sin ganas de hacer nada, ¡con todas las cosas que tenía que
hacer!. Para que se te quite la flojera,
pensé, lo mejor es coger un libro e irte al parque. Así lo hice.
Por el camino, decidí no ir al parque sino quedarme en El Tranvía
leyendo un libro que me gusta mucho. Sin
darme cuenta, había llegado a la terminal.
Volví a marcar el ticket para volver de regreso a mi casa. Durante el trayecto de vuelta, vi entrar al
tranvía a un hombre muy elegante, vestido con gabardina y sombreros
negros. Me sorprendió que estuviera
vestido como el protagonista del libro que estaba leyendo.
Al llegar a
casa, la pereza ya se había ido y empecé con muchas ganas mi lista de tareas.
La lectura de aquel libro, el recorrido en el tranvía y la experiencia de haber
visto a aquel hombre que parecía salido de mi libro, me había llenado de
energía.
LECTURA EN EL TREN de Ana R. Benítez
Tenía un
largo recorrido por delante; un viaje en tren de ocho horas. Mientras esperaba en la estación, me acerqué
a un quiosco donde vendían revistas y libros.
Pensé que durante el largo tiempo de viaje podría leerme un libro, así
que busqué entre las ofertas que tenía la tienda hasta que mi atención se fijó
en un título: CUENTOS NEGROS DE TRENES,
del autor ruso Tolstoi. ¡Qué
casualidad!, pensé. Un relato de trenes
y escrito por un autor que, alguna vez leí que los aborrecía y que, por
circunstancias del destino, vino a morir en una improvisada estación de trenes
que, además, inmortalizó en el final de su famosa novela ANA KARENINA. Resultaba del todo interesante. Decido comprarlo, me subo al tren, tomo
asiento y veo que en mi vagón sólo se encontraba una anciana haciendo su labor
de calceta, con una rapidez extraordinaria.
Tanta que más que dos agujas parecían dos espadas que se estaban
enfrentando por el amor de la lana. Tan
enfrascada estaba en su labor que apenas levantó la vista cuando yo entré.
Me dispuse a
empezar la lectura de mi libro: “Vio como
entraba en el vagón un extraño hombre con gabardina y sombrero negros…”. Entonces oí como alguien entraba en el
vagón, después de permanecer unos segundos en la puerta. Levanté la vista y vi un caballero que,
echando una rápida mirada, decide entrar. Cuando lo hace, me doy cuenta de que
tiene las mismas características del personaje descrito en el libro además de
una mirada fúnebre que me hizo apartar la vista. El hombre se sentó en el asiento de enfrente.
¡Vaya! ¡Qué coincidencia!, pensé. El
protagonista del cuento había tenido las mismas sensaciones que yo sobre el
nuevo pasajero.
Seguí
leyendo: “El hombre extraño se ausentó del
vagón unos minutos…”. Con cautela, alcé la vista del libro y la dirigí al
asiento de enfrente y… el hombre no está.
Al comprobarlo, sentí un desasosiego que pronto se convirtió en
miedo. Aquello ya no podía ser mera
coincidencia. La incertidumbre me llevó
otra vez a la lectura: “se oyó un grito
ensordecedor”. ¿Lo había leído, lo
había escuchado? Ya no sabía qué era ficción o realidad. Miré a la anciana que estaba a su lado y
parecía no haber oído nada; ni se había inmutado. ¡Qué alivio!, pensé. ¡Ya estoy paranoico!
¡Tranquilízate que todavía quedan muchas horas de viaje!, me dije. Seguí leyendo: “La viejecita de al lado, dura de oído, no oyó nada”. Me quedé paralizado, el sudor manaba de mis
manos de tal forma que las hojas del libro estaban empapadas. ¿Qué hago? ¿Qué sucederá ahora?, me
pregunté. Tengo que saber qué va a
pasar. Con las manos temblorosas, cogí
el libro y… ¡no puede ser!, esto debe de ser una broma pero… ¿de quién? ¿qué
hago yo ahora?. Abrí el libro otra vez
para buscar respuestas y entonces supe que me había dejado solo ante el destino. Leí:
“Ya el libro no le acompañaría en su largo
viaje porque las páginas siguientes y hasta el final aparecían en blanco…”
EL INTRUSO de Maruca Zamora
Tenía un
bello jardín lleno de flores: rosas, margaritas, narcisos, geranios. También había árboles como el naranjo o el
almendro que en plena época de primavera estaban floridos. Alicia se recreaba en su jardín. Se levantaba bien temprano por las mañanas
para regar las flores, los tomateros, las espinacas y esas hierbas aromáticas
para hacer tisanas que le gustaba cultivar.
Aquella era su afición favorita.
Hacía unos
días que Alicia venía observando que por las noches alguien debía estar
entrando a su jardín a escondidas, pues sus espinacas amanecían pisoteadas y
algunos tomateros habían caído al suelo.
Se propuso, entonces, vigilar para descubrir al autor de aquel
estropicio.
Sentada en
su terraza, a oscuras, Alicia fue testigo de una cita de amor; no una pareja,
un trío que, entre las plantas, realizaba sus ceremonias de cortejo. Él llegaba primero y, en su idioma, llamaba
por ellas: dos gatas muy zalameras que acudían al encuentro y entre carreras
van carreras vienen, enamoraban sobre las plantas del jardín. Así fue como Alicia se enteró de quien era el
intruso.
miércoles, 13 de junio de 2012
CARTA A UNA AMIGA de Esther Morales
En la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la abundancia, en la alegría y en la tristeza, estarán hasta que la muerte los separe. Y así ha sido. Han caminado juntos a lo largo de casi toda una vida, apoyándose el uno en el otro; unas veces para reír y otras para llorar. Han creado una familia y, a través de sus hijos, han madurado y crecido como seres humanos. En comprensión, cariño y amor, les han dado lo mejor de los dos.
Siempre he
admirado a las parejas que han cumplido con ese sacramento del matrimonio
porque me confirman que sí existe esa unión de amor que yo no tuve la suerte de
tener. Por eso, amiga, te digo que
comprendo tu soledad y desamparo. Se fue
tu compañero de camino: hermano, en momentos hijo y padre. Hoy, desde tu soledad, que no es tal,
siéntete apoyada y valorada, no sólo por tus hijos y familiares sino también
por esta amiga que te apoya y comprende, que aunque ambas partimos del mismo
lugar y tenemos muchos puntos en común, tuvimos distinta suerte en la lotería
del matrimonio.
AQUEL EXTRAÑO RUIDO de Maruca Zamora
Eran las
once en punto de una noche de lluvia y mal tiempo. Ella estaba acostada, abrigada con su manta
preferida cuando, de pronto, escuchó un ruido, como si quisieran abrir la
puerta de su casa. La mujer se levantó
de un sobresalto y fue hacia la entrada con el corazón casi paralizado del
miedo. Al comprobar que efectivamente
alguien estaba intentando abrir, intentó pasar la llave pero era tanto el
terror que sentía que no acertaba a trancar.
Le parecía que la puerta se le venía encima, cuando el ruido se detuvo
repentinamente. Empezaba a intentar
tranquilizarse cuando el sonido volvió.
Estrella pensó para buscar una razón convincente que seguramente se
trataba del vecino del segundo que se había equivocado de piso. Necesitaba cerciorarse así que, decidida, lo
llamó por teléfono; nadie contestó. Su
histerismo iba en aumento y sin atreverse a abrir la puerta, intentó llamar por
teléfono a su amiga del tercero. Esta
vez sí contestaron. Su amiga le confirmó
haber escuchado lo mismo. Ambas se
pusieron de acuerdo en abrir sus puertas al mismo tiempo. Cuando lo hicieron dejaron de escuchar los
ruidos. Verificaron que la entrada del edificio estaba cerrada y por más que
buscaron por todas las escaleras y sus recovecos, no vieron a nadie. Todavía hoy no saben qué pasó, ni cuál fue el
origen de aquellos extraños ruidos, motivadores de aquellos minutos de pánico.
LA BODA de Naty Cabrera
El párroco
don Ruperto llegó puntual como siempre.
Preparó todo lo necesario para la celebración del santo sacramento del
matrimonio; una boda con misa que debía oficiar a las dieciocho y treinta. Lo dispuso todo con cuidado y llegado el
momento, se instaló cerca del altar.
Desde allí pudo observar como entre los asistentes que ya habían llegado
al templo, se oían todo tipo de comentarios: el novio no llega, qué le pasará
al novio, la novia lo está esperando, se habrá arrepentido. Don Ruperto, desesperado e impaciente le preguntó
a una invitada de la primera fila qué ocurría.
La señora le contestó que como estaba lloviendo, quizá el mal tiempo
estaba retrasando al novio pero…, los minutos pasaban y pasaban…, mientras los murmullos y la angustia mal
disimulada crecían y crecían, sin que el novio llegara.
LA CARTA de Lilia Martín Abreu
Manuela
espera como agua de mayo la tan deseada carta que, ya por hábito, llega cada
veinte de marzo, día de su cumpleaños.
Hace ya
treinta años que llegó la primera y, en este lapso de tiempo, nunca ha faltado
a su cita aquella hermosa y romántica carta de amor que Manuela recibe cada
cumpleaños, de parte de un anónimo.
Ella se
rompía la cabeza en pensar quién le mandaba esas tiernas cartas de amor que
tanto la motivaban y, por mucho que se esforzaba, no afloraba a su memoria
nadie, que ella conociera, que tuviera tal sensibilidad, como para escribir con
ese sentimiento.
Las iba
guardando con llave, junto con su pena y su pasión, en el más recóndito de su
silencio, por temor a que su marido se enterara.
Su marido
era un hombre bueno pero, un tanto tosco para ella y no contaban con mucha
química entre ellos. Entre los dos
existían diferencias pues uno era la profundidad del mar mientras que el otro
las aguas tranquilas de un arroyo. Eso
hacía mella en Manuela, que vivía con un brillo triste y cansino en la mirada,
sumergida en una eterna melancolía con raíces muy profundas.
El marido de
Manuela, la contemplaba en silencio y ella, intuyendo una sombra de
preocupación en su gesto, por temor a ser descubierta, lo endulzaba con una
sonrisa tierna, de despreocupación, que no había quien se la creyera.
Y pasó el
veinte de marzo y aquella vez la carta no acudió a la cita acostumbrada, como
Manuela esperaba.
Los días
siguieron pasando y la carta no llegaba.
Para cuando la razón la hizo entender lo que pasaba, ya Manuela llevaba
ocho meses de viuda y las heridas en el alma eran demasiado profundas y
difíciles de cicatrizar.
LA INTRUSA de Ana Rosa Benítez Hernández
Entraste en
mi vida en un momento de debilidad, de estrés.
Aprovechaste esto para introducirte en mi cuerpo, en mi alma,
produciéndome un gran dolor; insoportable a veces.
Te agarraste
a mí como un gran cinturón reptante que me abrazaba hasta dejarme sin aliento,
sin la menor intención de abandonarme. Y
yo, sin saber el nombre de esa intrusa que estaba invadiendo mi vida.
Así fue
hasta que don Fulgencio, mi médico, me dijo tu nombre: Herpes Zoster. Cuando lo mencionó, vió mi cara de sorpresa y
sospechó que no te conocía. Entonces me
dijo:
-Su nombre
común es la culebrilla.
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