jueves, 13 de diciembre de 2012

EL MUNDO DE SOFÍA* de Maruca Zamora




Tiene sesenta años y piensa en su vida pasada.  Hija de militar, recuerda su niñez como una época feliz.  Se casó, tuvo dos hijos –Caren y Miguel- y hasta ahora, su vida ha transcurrido entre su familia y su profesión, el periodismo.  También es aficionada a la escritura.  Tiene varios libros publicados y la fotografía es su hobby preferido.
Ha sido corresponsal en diferentes países y de todos ha traído fotos que ella se ha empeñado en mostrar al mundo.  Algunos bellos paisajes, personajes curiosos de épocas pasadas, algunas escenas tristes o trágicas de sucesos, o donde quedaba patente el hambre o las consecuencias de las guerras y las miserias que hay en el mundo. Ha sido por estas fotografías por las que se ha hecho famosa.
Su vida da un giro de noventa grados al recibir la noticia de la muerte de su hijo, militar de profesión.  Fue destinado a Kósovo en son de paz, como ayuda logística, pero en las guerras las balas no reconocen los cascos azules.  Su hija que ha seguido sus pasos en la profesión, fue la que le dio la fatal noticia porque en esa época estaba de corresponsal en aquel país.
Rememora viejos tiempos que ella ha vivido pero no puede con esto. Poco a poco se ha ido sumiendo en una gran depresión.  Recuerda a retazos su vida pasada pero hoy su mundo se limita a su habitación, sus libros, las fotos de sus seres queridos y papel y lápiz para escribir lo que su mente le permite rescatar, antes de que sus recuerdos se escapen para siempre.


*Libro de Jostein Gaarder



LATIDOS de Lilia Martín Abreu




Tocó el timbre y esperó a que se abriera la puerta.  Ésta empezó a abrirse lentamente.
Ramón, que esperaba cegado por la ira, le dio una patada, con rabia, para acelerar su recorrido y se abalanzó sobre Carmen, su mujer, tomándola desprevenida; sin darle oportunidad de reaccionar para defenderse.
El corazón de ella, acostumbrado a su latir acelerado, impulsado por la maquinaria del miedo, empezó a desampararla, al mismo tiempo que aquella tristeza muda que la perseguía, como una sombra.
Allí se quedó su mirada, perdida en ninguna parte, junto a su corazón que, lentamente, mermaba sus latidos.







CRUELDAD de Juani


Han pasado años y, a pesar de ello, aún se me hiela la sangre en las venas cuando lo recuerdo.  Fue tan cruel, tan injusto…
Un triste día, mi esposo llegó del trabajo con un semblante sombrío, más de lo habitual. Pensé que seguramente había tenido algún contratiempo en el trabajo.
-¡Mejor no le pregunto nada, no sea que se moleste! –me dije.
-Tengo que decirte una cosa, no puedo callar por más tiempo –me comenzó a decir con un gesto de pesadumbre. –He dejado de quererte, es más, te aborrezco, me has decepcionado, no tienes interés para mí.
-¿Qué me estás diciendo? –le pregunté impresionada – No te puedo creer, ¿qué broma cruel es esta?  Dime, por caridad, que me estás mintiendo.
-Lo siento –me confirmó él sin compasión –pero has perdido todo atractivo para mí, no vales nada.
-Por favor, te lo suplico, ¿en qué te he fallado?.  Siempre he hecho lo que tú has querido –le repetía olvidándome de mi dignidad. – Soy prudente en mis actos y con mis palabras, mi atuendo es sobrio y discreto, mi peinado es sencillo y natural, apenas me maquillo.  Lo hago siempre para agradarte,  para que no te sientas avergonzado de mí…
-Todo eso que tú nombras como virtudes, me repele, tu cursilería, tu falta de valor y de personalidad, tu pobreza de espíritu.  Es más…, he conocido a otra mujer que colma todas mis aspiraciones.
Y se largó, dejándome toda la inquina de que él se desprendió, haciéndome vivir en las huellas de su crueldad el resto de mis días.



¡ME ACUERDO! de Zuleima Reyes




Han pasado años y aún se sabe las tablas. Cuando se dio cuenta de ese prodigioso hecho, las lágrimas cayeron de sus ojos como ríos, pues la emoción que sentía ante la idea de que, casi un siglo después, aún se acordara de esas matemáticas tan exhaustivas, era abismal.
Asombrada, comenzó a recitar uno a uno los cálculos que, con fluidez, salieron de su labios.  Todos y cada uno de los presentes estallaron en llanto al oír como aquella señora que tanto conocían, se acordara de algo tan trivial como unas simples tablas de multiplicar.  Sin embargo, era un notable progreso, sin duda.  Aunque…, al llegar al último cálculo de 9 x 9, algo falló.  Los ojos de la anciana, alegres hasta aquel momento, se llenaron de una expresión de dolor, al mismo tiempo que gritaba: ¡Me acuerdo, me acuerdo!.
Las lágrimas de alegría se tornaron desconsoladas y, alrededor de la señora, su familia, que había tratado de ayudarla a recuperar su memoria, quedó petrificada, incrédula ante lo ocurrido.  Estaba mejorando y de pronto, se marchó, se había ido, sin decirles que era aquello que había recordado, haciéndoles vivir en la incertidumbre el resto de sus días.



LOS SECRETOS de Esther Morales Fernández




Han pasado los años y, a pesar de ello, ella aún se acuerda de aquel momento en el que él vino a despedirse, con una claridad total, como si solo hicieran horas de aquello.
-Vengo a despedirme –le dijo Diego.
-No sabía que te ibas –contestó ella.
-Sí, me voy con mis padres y mi familia –le confirmó.
-¿Te vas por mucho tiempo? –le preguntó, muy triste,  Carolina.
-Sí, me voy para siempre –le dijo él.
Carolina apenas podía contener las lágrimas.  Para ella era una desagradable sorpresa.
-No sabía que tus padres se marchaban –insistió ella buscando una explicación.
-Sí, se van al pueblo porque compraron una finca y la van a cultivar.
Diego le ocultó que ya se había enrolado en las filas del ejército, para ir a la guerra y Carolina pensó que mejor no le decía que estaba esperando un hijo de él.
-Espero que me escribas –le suplicó ella
-Te escribiré y recordaré todos los días de mi vida
Y se marchó.  Ambos se habían quedado en compañía de sus secretos.

jueves, 29 de noviembre de 2012

BARQUITOS DE PAPEL de Lilia Martín Abreu





Ella permanecía ausente, mirando un barquito de papel que tenía entre las manos, cuando el pasado entró tímidamente, poblando sus recuerdos y, una pequeña chispa de luz asomó en su  mirada, antes vacía y sin brillo.
-¡Hola, hija!, no te oí llegar –me dijo, al tiempo que sus labrios dibujaban una sonrisa enigmática, dándome un beso de bienvenida, con la misma ternura de siempre.
La contemplé paralizada y, la esperanza abrigó mi confundido corazón, tan sólo por una fracción de segundos, porque ella de nuevo volvía a zozobrar ante su barquito de papel, adentrándose en aquella densa niebla que la convertía en náufraga de recuerdos.
Era evidente que la enfermedad permanecía sólida como una roca, obligándola a cargar un pesado fardo de olvido que estaba, paradójicamente, repleto de recuerdos.
Yo la seguía observando cuando me rozó la certeza de que somos como barquitos de papel ante el destino.


miércoles, 21 de noviembre de 2012

MI COMENTARIO


Estos criterios personales son los que llevé al Jurado del Concurso de Narrativa HERTE 2012.  A ellos uní, los propios criterios establecidos por el Concurso y la consideración, a raja tabla, de las bases del certamen. 



  • El cuento parte  de límites de espacio, exige cierta concreción.  Quien relata debe escoger  una anécdota  que sea capaz de captar el interés del lector, conseguir el tono idóneo, el lenguaje más eficaz, la voz narrativa perfecta.
  • En un buen cuento, existe cierta tensión, que debe manifestarse desde las primeras palabras, si además se logra engañar al lector, tanto mejor. Divagaciones, reflexiones, tan necesarias en la novela, en el relato breve, distraen y  quitan cohesión
Como lector exijo:
  • Que el autor me vaya acercando lentamente a lo que cuenta;  ocultándome  lo que va a ocurrir en el cuento, sin sustraerme de la atmósfera que ha creado, para mi deleite.
  •  Que el autor  despierte mi curiosidad para que mi mirada recorra toda la secuencia narrativa, como un sabueso.
  • Que la historia que se me cuenta esté por encima del autor, para lo cual éste debe ser generoso y olvidarse de su propio lucimiento en beneficio del propio relato.  Menos es más.  En un relato breve,  muchos caminos abiertos, aunque éstos estén llenos de belleza, a veces empobrecen.
Dicho esto, debo añadir que

El fallo del jurado se produjo desconociendo absolutamente el nombre de los autores y fue solo después de conocer los relatos ganadores, cuando se abrieron las plicas correspondientes.

Es por todo ello que no permito que se ponga en tela de juicio mi absoluta imparcialidad ni la de mis compañeras del Jurado y mucho menos, si esto se hace amparado tras la cobardía de un anónimo.

Las críticas -constructivas o no- se aceptan sin subterfugios,  o se rebaten con argumentos en medio de una dialéctica enriquecedora, pero no merece tal regalo quien ofende gratuitamente.

Gracias a nuestra maravillosa presentadora y a nuestro brillante Jurado que trató con sumo respeto cada uno de los trabajos leídos.  
Siento profundamente que se hayan visto envueltos en esta experiencia tan desagradable.

Nos quedaremos con lo positivo y hermoso de la experiencia y desecharemos lo que no aporta nada.

Mi agradecimiento a todos.


Isabel Expósito Morales

martes, 20 de noviembre de 2012

TERCER PREMIO NARRATIVA HERTE 2012


SANGRE, SUDOR Y CEBOLLA  de  Concepción Gonçalves Cobo
Y allí estaba, sentada en el último vagón, mirando por la ventana la rapidez con que pasaban los árboles y las casas, al igual que habían pasado los años. Casas, que a lo lejos, como minúsculas motas de polvo, se esparcían por el aire.  Así me sentía, los años anteriores no habían sido fáciles, quería ser aire.  La inspiración se había marchado, estaría con él.  Me sentía así por alguien que creía conocer y todo fue mentira.  Manuel, así se llamaba, me dio los mejores momentos de mi vida.  Aquellos ochenta, años de movida madrileña, aunque en mi ciudad todo llegaba más tarde, pero aún así me cardaba el pelo y usaba ese maquillaje que, como cantaba Mecano, era para no poderse levantar.  Y ahora que lo necesitaba, no estaba, se agobió.  Me levanté un día y ya no estaba, recorrí los sitios por donde solíamos pasear, el parque que tanto nos gustaba, su césped verde, siempre florecido y bien cortado por el jardinero Juan con quien después de tantos años entablamos amistad y nos contaba cómo cultivar nuestro jardín, era ese amigo que, sin quererlo, nos recetaba la fórmula para cultivar un amor frondoso.  Y así, recorrí la ciudad buscándote, llamé amigos en común.  Pero ni rastro.  Fue entonces cuando por la calle Bartolomé, donde está esa librería tan pequeña con escaleras de caracol que subes peldaño tras peldaño, unos cincuenta y tres llegamos a contar, para llegar a un desván que es la sala de lecturas.  Te vi en el escaparate, no podía creerlo, esa novela, que tú viste nacer, las primeras ideas, mis noches en blanco delante del ordenador y tú amorosamente venías con un té, un beso y volvía mi inspiración.  Mis personajes que luchaban por sobrevivir en este mundo lleno de odio y competitividad y destacar sobre los demás.  Lo habías hecho, te vi en la portada de mi libro, con tu nombre.  Tu inspiración se había esfumado, tus historias de sangre y asesinatos ya no vendían, pero robar mi vida.  Sí, mi vida, era la historia que soñé escribir y cuando al fin, folio a folio, le pongo fin, mi editora se dedica a buscar nuevos talentos y cancela su cita conmigo.  Decidimos darnos tiempo para estar juntos, sin libros, sin ordenador, sin teclas que teclear… Iniciamos el viaje en este mismo tren que ahora me lleva a ningún sitio.  Han pasado los años y aún me duele recordar que en este vagón surgió el título, sangre por tus libros, sudor por las noches que pasamos juntos y sólo sudábamos, cebolla es la última palabra que decidí, seguramente presagiaba este final, por cada piel que poco a poco lograste que me quitara por ti.  Nunca te lo dije, pero temía desnudar mi alma, todo te lo di y estoy sola, quiero encontrarte, saber de ti, aún te quiero y no te lo dije lo suficiente.  Padezco como mis personajes, amores, encuentros, desencuentros, viajes, pasiones, engaños, reconciliaciones.  Deseo encontrarte para reconciliarme pero, no contigo, conmigo, para demostrarme que puedo formar mi cebolla y entregar mi piel a quien lo merezca.

RELATO GANADOR SEGUNDO PREMIO NARRATIVA HERTE 2012


EL REO de  Angélica Camerino Parra
                                                               
Algunas tardes, quizás para matar el tedio o, tal vez, para no sentir tanto su ausencia, cerraba los ojos con mi taza de café en la mano y podía revivir en mi memoria toda la escena:  la luz entrando por la ventana como un manto sedoso, nosotros sentados en la mesa raída y coja jugando al  póker, entre cigarrillos y conversaciones sobre las frugalidades de la cotidianidad…  Él me preguntaba sobre el mundo exterior y yo le respondía, sin mucho entusiasmo, para que mis palabras no aumentaran el peso de los días de presidio.  Nunca me he preguntado cómo percibe la vida  un recluso, sin embargo, se me antoja que muy triste y monótona.
Cuando lo vi por primera vez, se ganó mi simpatía inmediata.  Algún compañero me advirtió que era un reo muy peligroso, con posible condena a muerte o, al menos, a varias cadenas perpetuas.  No hice mucho caso a sus palabras.  Primero, me limité a observarlo: algunas veces estaba solo, leyendo algo de prensa o alguna novela, no muy gorda; otras, lo descubría con la vista perdida en algún punto fijo de su celda, o del patio, fumando un cigarrillo tras otro. Así fue hasta una tarde de verano en la que lo vi sentado en una mesa, barajando unas cartas, mientras en sus labios, un cigarrillo encendido amenazaba con caerse.  Me acerqué y me ofrecí jugar a las cartas con él. Aceptó.  A partir de ese momento, aquello se convirtió en una rutina para nosotros.
Un día de primavera, escapó.  Me enteré al llegar a mi turno del mediodía.   Finalmente, había sido condenado a un par de cadenas perpetuas.  Enseguida concluí que, sin duda, aquello lo había apabullado hasta tal punto de motivar su huída.  A ello ayudó que esta no es una prisión de excesiva seguridad, debo admitirlo.  No supe más de él y, de verdad, por un tiempo me hizo mucha falta su compañía por las tardes.  Él me ayudaba a llevar, con menos sopor, mis tardes al cuidado de delincuentes sosos.  Nunca lo encontraron.  Jamás dieron con su paradero.
Ahora me encuentro aquí; jubilado, ocioso, escribiendo unas memorias algo insulsas sobre mi experiencia como guardia penitenciario, para matar un poco la modorra de tanto tiempo libre.  Suena el timbre de la puerta de mi casa.  Mi hija dijo que vendría a visitarme: debe ser ella.  Abro la puerta.  ¡Sorpresa!.  Su nuevo marido, su tercer matrimonio.  El reo.

martes, 13 de noviembre de 2012

RELATO GANADOR CONCURSO DE NARRATIVA HERTE 2012


TRABAJO SUCIO  de  Maikel Lima Zamora

El teléfono me despertó a las seis de la mañana.  Era el jefe.  Días atrás me había llamado a    su oficina para encargarme, personalmente, una tarea bastante comprometida.  Cada vez que surge algún trabajo complicado, me lo asignan a mí, simplemente porque saben que soy el mejor, modestamente.
Hace quince años que hago el trabajo sucio para el gobierno; lo he hecho bajo distintas administraciones.  Cuando algún político quiere deshacerse de algo sin ensuciarse las manos, entro en acción.  Casi he perdido la cuenta de las limpiezas que llevé a cabo para gente importante; siempre, con total precisión y discreción.  De todos modos, el trabajo de hoy se sale un poco de la rutina.  Viene bien, para variar.  Parece que un senador convocó a ciertos empresarios a su despacho, para tratar un asunto bastante delicado.  El jefe me encomendó la limpieza, sin muchas explicaciones.  Mejor así, prefiero no saber de qué se trata para no decir nada si alguien me presiona.  Es una tarea bastante ardua, ya que el edificio se encuentra repleto de diplomáticos extranjeros.  Tal vez, alguno de ellos ha sido citado por el senador.  Debo pasar desapercibido: es importante que nadie note mi presencia.  Sobre el final de la reunión, los encargados de seguridad ignorarán la vigilancia del despacho durante veinte minutos.  Cuento con ese tiempo para deslizarme dentro de la habitación, hacer mi trabajo y salir sin dejar rastro.  Tras retirarme, no quedará ningún vestigio de mi presencia, de la reunión, ni de quienes participaron en ella.  Un trabajo rápido, efectivo y limpio.  El edificio estará de bote en bote, por eso tengo que hacerlo solo; un grupo llamaría demasiado la atención.  Además, prefiero trabajar sin compañía, controlo mejor la situación.  Faltan cuatro minutos para la hora fijada.  Los pasillos hierven de diplomáticos de los más diversos puntos del planeta pero, por suerte, nadie parece reparar en mi persona.  Tal cual lo planeado, los agentes de seguridad no custodian el lugar.  Es hora de entrar y hacer mi trabajo.  Debo ser precavido desde el primer momento y no pasar por alto ningún detalle, por más insignificante que parezca.  Limpiar meticulosamente las huellas digitales del pomo de la puerta, del teléfono y del cristal del escritorio.  Sé que a muchos les desagrada mi trabajo, pero alguien tiene que hacerlo.  Cuando era novato, sentía un poco de asco pero, he visto cosas tan sorprendentes que ya soy prácticamente inmune.  Por eso soy uno de los mejores, por eso los de arriba confían en mí.
 Acabo de terminar el asuntito del senador.  Nadie sospechó nada.  Tres horas después, el presidente recibía al embajador de Alemania en la misma sala, como si tal cosa.  Otra vez salvé la imagen de nuestra nación.  Como era de prever, la operación resultó un éxito.  Sin embargo, por momentos pensé que no lo lograría, ya que tuve algunas dificultades con mis herramientas de trabajo.  Eso consta en mi informe.  Además se lo dije claramente al jefe.  O los muchachos del departamento técnico me arreglan el cable de la aspiradora o la limpieza la hace otro.  También le pedí otro frasco de Don Limpio, que no me queda.